Albanta: Sobre mi guerra con Aute.

Imagen de archivo (EFE)

Intentaba yo caminar con el pecho erguido, con ocho o nueve años, porque me creía el inventor de un mundo llamado Albanta. Vale que el hombre del cassette, ese Aute o Flaute o Flauta, tomaba prestada mi Albanta para sus conciertos y así recibir aplausos y dinero y chicas; cosas que, por entonces, a mí no me interesaban ni un poco. Pero, ¿quién sino yo, niño cagueta, idearía un mundo como aquel, donde no existían los monstruos ni los fantasmas? ¿Quién no necesitaría gente a su alrededor que le mandase y regañase, salvo aquel niño sin travesuras que yo me jactaba de ser? Estaba seguro de que nadie más, aparte de mí, era capaz de bañarse en aquel mar que no era azul, volar tan rápido como las palomas de escarcha, o imaginar como yo, también niño algo pedante, era capaz de imaginar. Campeaba Albanta a mi antojo, y solo una pequeña parcelita, casi en los límites de Albanta y que nunca había querido visitar, se la dejaba al cantautor. 

No conocía el aspecto del tal Aute. Sabía que era muy viejo porque toda la humanidad, menos yo, lo era; pero más allá de ese detalle, nunca me preocupé de ponerle cara. Le cedía un poco de mi Albanta y ya está. A pesar de esta indiferencia, que creía mutua, en el fondo tampoco me desagradaba del todo escuchar, en aquella cassette que tanto y tan alto cantaba mi bella madre, la manera en que Aute sacaba provecho de mi mundo. Empleaba una guitarra melodiosa, sencilla y ágil, y con ella mecía una voz que, al templarla tan cálidamente, parecía dispuesta a dar ánimos o algún consejo de utilidad, como si fuera un colega cualquiera del barrio. A Aute no le veía con ganas de tratarme como un niño y aquello, más allá de nuestra relación estrictamente profesional, fría y distante, a mí me molaba mucho. 

Decidí que yo también merecía ser famoso con Albanta, así que un día aparecí en el colegio con mi walkman y la cinta de cassette que, con mil condiciones y alguna que otra amenaza, me había dejado mi madre. Pensaba que ipso facto me convertiría en el rey del patio. Fui directamente al chaval más popular de la clase, le puse la canción de Aute y le dije que ese mundo tan chulo lo había creado yo y se llamaba Albanta; se asombró, ciertamente, pero luego cometí el error de asegurarle que Albanta era mucho mejor que el planeta Namek de Bola de Dragón, y el popular de la clase, que además era un matón, me arreó un puñetazo. A partir de entonces ya nadie me hizo caso. Aute triunfaba con mi Albanta y yo empecé a cogerle mucha tirria porque quería sacar tajada de aquel éxito y me era imposible. 

Mi enfado llegó al extremo cuando me enteré, por medio de una amiga de mi madre que era la mayor fan de Aute, y además la mejor vidente de todos los tiempos, de que había otra persona que se atribuía la invención de Albanta. ¿Su nombre? Pablo. Pablo Aute. Al principio pensé que era una pamplina, que aquella bruja buena y poderosa me estaba chinchando. Pero al poco no lo juzgué tan descabellado y me dije: ¡qué casualidad! El hijito de Aute quería subirse al carro del éxito que me pertenecía, y seguro que su papá cantor le apoyaba en la batalla que él y yo estábamos destinados a tener. Me preparé. Escudo romo, yelmo, venablo y espadón. Tendría que atacar yo: obligar por la fuerza a los Aute a que me devolvieran mi Albanta, todo mía, solo para mí. Por entonces no sabía que era niño hecho para sufrir la guerra, no para hacerla. Demasiado pronto expiró mi sueño de batallar y tuve miedo, sobre todo de perder, ya que la muerte no existió para mí hasta mucho tiempo después; miedo de hacer el ridículo y de lastimarme y tener que ir al hospital, que para los niños es peor que la tumba para los mayores; miedo de que mis padres se enterasen de que estaba en un buen lío. Así que decidí, con los lagrimones cayendo sobre el colacao de la tarde, abandonar Albanta a una suerte que, tenía la sensación, iba a ser como la mía, o sea nefasta. 

El periódico de los domingos era mi favorito porque traía el suplemento. Y en el suplemento no había noticias malas, cosa que agradecía tras el disgusto de tener que abandonar Albanta; si acaso, se encontraban noticias aburridas o de pensar mucho o directamente de no entender yo ni papa de lo que decían. Pero malas, nunca. Salvo aquel día. Recién desayunado miré la portada del suplemento que mi padre había traído y me encontré, en portada y a todo color, el retrato de un señor que, gracias a las cuatro letras que lo acompañaban, supe que era aquel que me caía peor que el mismísimo demonio: Aute. Así que así era. Qué poco amenazador, pensé. Tenía la boca metida para dentro y una nariz redonda como la de un dibujo animado; destacaban sus gafas enormes, el pelo cayéndose por las orejas y unas arrugas que le recorrían, en transversal, toda la cara. Cuánta rabia me dio ver que llevaba barba, algo que creía exclusivo de mi padre. A pesar de este aspecto nada impresionante, yo seguía teniendo miedo: niño cagueta pensó tirar bien lejos el suplemento y salir al parque a jugar, que es lo que debería estar haciendo en aquel momento. Era un abril de los soleados y nada, ni nadie, me impedía salir de casa. ¿Por qué no tiré el suplemento a la basura? La razón principal es que, al ser un niño muy enemigo de las travesuras, aburridillo, ¿cómo iba yo a tirar algo nuevo, recién comprado? Vaya bronca me echarían. Segundo: tenía los dedos pegados a la revista igual que, por lo manazas que era, me ocurría cuando hacía recortables. Lo de abrirla debió ser algo instintivo. Traspasé el umbral de la portada sin darme cuenta de nada; obvié el sumario, el editorial, el primer reportaje, que era sobre algo entonces desconocido para mí como Filipinas; luego una entrevista a un político con una mancha en la calva y cara seria, Gorbachov, un par de páginas con recomendaciones literarias, y una página entera de publi de unos grandes almacenes. Y así me planté en el mismo corazón del suplemento, y vi que me encontraba a las puertas de las cuatro o cinco páginas que estaban dedicadas al que creía yo mi peor enemigo. «Vuelve Aute», rezaba el título. La introducción, que parafraseaba a una escritora llamada Rosa Montero, le presentaba como el cantautor más guapo de su generación. Escritor, compositor, cantante y pintor. Explorador de nuevos límites, un verdadero artista a la búsqueda de ese algo fugitivo, de la belleza que siempre se nos escapa. Un glorioso culo inquieto. Eso decía Rosa Montero. Después venía la entrevista, a propósito de la presentación del nuevo disco y el nuevo libro de Aute. Demasiadas letras juntas, otra foto suya, esta vez tocando la guitarra, y una frase resaltada que decía: «El sexo es el motor del mundo. El amor, un invento para huir de la muerte». No entendí nada. Siguiente página. Más preguntas y respuestas, largas por lo general, que no me paré a leer. Al menos estaba aguantando el tirón con cierta valentía, y tuve ligeras ganas, incluso, de retomar mis planes guerreros. Hasta que, de la mitad inferior de la página 36, me llegó a los ojos una pregunta que destacaba sobre todas las demás, y que acabó desarmándome. Esta pregunta era: «¿Señor Aute, qué significa Albanta?» 

Fue imposible ignorar la respuesta de Aute, aunque yo ya estuviera conquistado por el miedo. Era una parrafada larga que comencé a leer, para mi sorpresa, con la cautela del soldado experimentado: «Albanta no quiere decir nada —pude leer—. Surge de un pequeño poemita escrito por mi hijo, que ahora es mayor pero entonces tenía ocho años. Decía lo siguiente: “Las alas del agua vuelan por los ríos de Albanta…”. Y entonces le pregunté que qué significaba “Albanta”, y me dijo que no significaba nada, que era una palabra inventada. En todo caso, era como un paisaje. Entonces a partir de esa palabra, escribí la canción. Empecé a darle vueltas a la palabra y pensé que Albanta podía ser un tiempo, un espacio, una situación totalmente en sentido contrario de la realidad que se estaba viviendo. Albanta era donde uno podía poner en práctica los sueños, de alguna manera.» Remataba Aute su respuesta diciendo que la infancia es crear el universo. Cerré el suplemento y me eché a llorar.

Lo primero que sentí fue el peso de la derrota. Lloraba porque pensaba que cuando te derrotan por primera vez nunca más dejas de estar derrotado. Eso de que yo no había inventado Albanta iba tomando cada vez una forma más concreta, tanto que hasta parecía cierto. Después, cuando se me pasó un poco el soponcio, me puse a echar cuentas: Pablito, según su padre, era ya mayor, pero cuando inventó Albanta tenía ocho años. Yo tenía entonces ocho o nueve años. Eso quería decir que si era cierto lo que decían los Aute, Albanta había sido erigida incluso antes de nacer yo. La matemáticas se me daban muy bien, para mi desgracia en este caso.

Si, por lo visto, yo no era el inventor de Albanta, por lógica esta tampoco me pertenecía. Pero me encontraba en ese estado de furia en el que pensamos que tenemos derecho a tomarlo todo de cualquier manera, ajeno a las propiedades y los derechos. Así que, con una negra valentía, decidí ir a la guerra. Estaba dispuesto a emplear cualquier táctica  conocida, aunque fuese falsa, sucia, cobarde, innoble. Aquel niño, tan templado hasta entonces, hervía de venganza y de celos. Me armé y tomé rumbo a Albanta decidido a reconquistarla por todos los medios. 

Cuando llegué no me fue difícil entrar y me sorprendió lo tranquilo que estaba todo; es más, parecía exactamente igual que como la había dejado. Por lo menos Aute no lo había puesto todo patas arriba en mi ausencia. Mis montañas de arenas roja, mis ríos de flash, mis cromos de futbolistas gigantes, mi arboles de caramelos toffee; todo eso seguía allí. Recorrí entera Albanta para comprobarlo. Sin duda era mi Albanta. Pero tras mucho caminar, de pronto llegué a un lugar en el que jamás había estado. En una esquinita, chocando con las paredes turquesa de Albanta, se alzaba una cabaña. Vi como de la chimenea no salía humo, sino música. Reconocí la voz que cantaba y me encolericé, porque sabía que era la de mi enemigo, Aute. Aquella era su parcelita, la que en su día le había cedido. Llegué al portón corriendo y le di de golpetazos con ambos puños. Oí unos pasos acercarse rápido y el chirriar de la puerta que sonó a un acorde mayor de guitarra. Y enseguida me encontré ante el rostro, ahora sonriente, que había descubierto hacía nada en el suplemento del domingo. Me saludó cantando: 

—Hola Guille, amigo.

—No soy tu amigo. Guille solo me llaman mis amigos —dije, intentando agravar mi voz de pito con el deseo de infundirle temor.

—¡Vaya! Eso podríamos arreglarlo. —siguió cantando él. No se le iba aquella sonrisa que a mí ya me estaba poniendo de los nervios.

—¡Nunca seré tu amigo! —grité—. He venido a echarte de Albanta.

—Pero Guille, si aquí hay sitio para todos. Mira, yo solo ocupo este espacio pequeño.  —El humo de la chimenea acompañaba sus palabras cantadas—. Verás que mi cabañita está apartada y no molesta a nadie. Un poco más allá está el jardín de Pablo, pero él dice que tampoco necesita mucho espacio…

—¿Cómo? ¿También está Pablo por aquí?

—Sí, compañero. Pablo, y también Laura, Miguel, y muchos más… Por ejemplo, allá a lo lejos, en el norte, puedes encontrar el campo donde mi amigo Silvio corre con un unicornio muy raro. Esto está lleno de gente. Lo que pasa es que nunca antes habías querido, ni necesitado, encontrártela.

—¡Pues quiero que os larguéis todos! ¡Vamos! —ordené—. ¡Ya sé que yo no inventé Albanta, pero ahora  la quiero y es mía!

Aute se silenció unos segundos, pensativo. Luego entonó:

—Guille, creo que te equivocas, pero no del todo, en una cosa y aciertas, pero no del todo, en otra.

—¡No entiendo lo que cantas, viejo! —Le hablaba como jamás me hubiera atrevido a hablarle a un mayor. Y por ello me sentía poderoso.

—Te pido que me escuches solo un momento. Luego me callo y si sigues pensando lo mismo, recojo mi cabañita y te dejo en paz. 

De una de las ventanas salió volando un arpegio de piano. Me pareció tan delicado que tuve que alzar la mirada para asegurarme de que no se disolviese con el viento. Esto me hizo bajar la guardia y perdí la fuerza que sentía hacía un instante. No pude replicar a Aute, que continuó con su canto:

—Para empezar: dices que no has inventado Albanta. Podría darte la razón porque es cierto que el nombre de Albanta se le ocurrió a mi hijo Pablo. Pero, como puedes ver a tu alrededor, todo menos esta cabaña, que hasta el día de hoy no habías descubierto, ha salido de ti mismo. ¿Sabes por qué puede ser eso? 

—Repito: no comprendo nada de lo que me hablas, o me cantas, tío raro… —respondí.

—¡Je, je, je…es fácil si lo intentas! Verás, es normal que a tu edad lo quieras todo para ti. ¿Sabes cómo se puso mi hijo Pablo cuando le dije que había compuesto una canción sobre Albanta? Lejos de alegrarse, ¡me prohibió que la cantase! Al principio me sorprendí, pero luego comprendí su enfado: tenía miedo de que, al conocerla mucha gente, dejase de poder jugar en ella, inventar cosas, o simplemente poder pasar en Albanta las horas muertas. Le dije que no se preocupase, que iba a poder seguir como antes, siendo Albanta solo suya, si es lo que él quería. Pero le ofrecí otra posibilidad: compartir Albanta con los demás. Podría ser divertido. Él, a pesar de no estar del todo convencido, fue aceptando poco a poco. Invitó a una persona, luego a otra, a un grupo de chavales, a unas ancianas…; también nos dedicamos a preparar Albanta para que niños y niñas como tú la descubriesen, y la hiciesen suya. Guille, a la pregunta de si inventaste Albanta es difícil responder, pero sí que estoy seguro de una cosa: tú la descubriste.

Durante todo ese rato no había podido apartar los ojos de mis pies, que en Albanta siempre estaban descalzos. Intenté decir algo, pero notaba que cualquier idea o reproche que intentaba sacar de la boca, mi cuerpo quería hacerlo cantando. Así que por miedo a que Aute se riese de mí, seguí callado.

—Respecto a si Albanta es tuya… —continuó Aute—. Te diría que tampoco lo sé. En el mundo real parece que solo importa si algo es tuyo o es mío o de nadie. Aquí no importa nada eso. Puedes decir que esta es tu Albanta, por qué no. Pero hay muchas más. Millones. Está la de Pablo, la del unicornio, la tuya, la mía, y la de todos… Tú, sin ni siquiera desearlo, incluso aborreciéndolo, me cediste esta parcela de tu Albanta. No sabías por qué, pero lo hiciste. Me gustaría que dejases enseñarte que no pasa nada por haberlo hecho y por seguir haciéndolo, porque aquí hay sitio para millones de parcelas como esta. Y puedes, en cada momento, ceder a los demás la porción que quieras; esa es tu decisión. Pero si lo haces, te repito lo que le dije a mi hijo: ¡Compartir Albanta puede ser muy divertido! ¿Qué hay más importante que eso?

Ahora sí quería hablar, aunque no tenía ni pajolera idea de lo que decir; pero estaba seguro de una cosa: ya no había reproches, ni enfado, en mi boca. Ni siquiera me importaba que tuviera que hablar cantando, como parecía que solo podía hacer. Para no aturullarme, me centré en la última pregunta que Aute me había formulado: ¿qué hay más importante que eso? Y me dispuse a responder: nada. Un “nada” cantado. Un nada lleno de “síes”, de “adelantes”, de “por qué no”. Abrí el pico para cantar como la paloma de escarcha que estaba sobrevolando mi cabeza cuando, ante mis propios ojos, el cantautor Luis Eduardo Aute expandió aún más su sonrisa y se desvaneció. Y yo también me desvanecí, de Albanta. Desperté. 

Me había quedado dormido sentado, tendido sobre la mesa del cuarto de estar. Noté que tenía algo pegado en la cara, levanté la cabeza y me lo despegué: era el suplemento. Mi mirada difusa, de sueño todavía fresco, no podía enfocar ninguna palabra de las culpables de aquella siesta. Volví a dejar el suplemento sobre la mesa y fui al baño a mear. Al entrar y mirarme en el espejo, a pesar de que mi vista no estaba del todo aclarada, observé que tenía una especie de manchurrón negro en la cara. Me acerqué. Parecía tinta. Me acerqué otro poco más. Un momento, no era una mancha. Eran letras pequeñitas. Me acerqué tanto que mi nariz casi chocó con el espejo, deseando leer. Lo conseguí después de cerrar uno de los ojos. Mi cara manchada, que había sudado durante el sueño y había obligado al suplemento a desprenderse de aquellas letras, que formaban palabras, que formaban una frase que gracias al espejo podía leer, decía: La infancia es crear el universo.

Puede que yo no inventara Albanta, pero sí que la descubrí. La he seguido visitando desde entonces y he tenido muchos encuentros con Aute; cierto que cada vez con menor frecuencia, con menor imaginación, menos colores, menos pájaros en la cabeza y más preocupaciones y dolores en las articulaciones; pero siempre han sido viajes de la misma intensidad que cuando solo era un niño egoísta. La infancia es intensa y poco más, el resto se va construyendo en armonía con el tiempo. Yo fui aceptando, poco a poco, gente en mi Albanta. Primero, cómo no, a Aute;  luego a Pablo, que se hizo buen amigo mío; después a Silvio y al unicornio azul, y tras estos a los niños y niñas de mi cole, a mis padres, a la bruja poderosa, a la gente que escuchaba las canciones que yo mismo componía, a la que leía mis cuentos, a mis amadas, a mi familia y a mis enemigos también, a los desvalidos, a los necesitados… Acabé intentando invitar a todo el mundo. Aute y su hijo Pablo dejaron Albanta allí, en mitad del camino que lleva al futuro, para que yo la fuera descubriendo a mi ritmo, no solo de niño, sino a lo largo de toda mi vida; incluso, después de mi muerte. Y en esto Eduardo se nos ha adelantado a Pablo y a mí. Si me leyera, cosa que dudo porque, ¿para qué leer en un lugar como Albanta, donde las letras son nubes y batidos de chocolate?; pero si por algún casual Eduardo lo hace, me lee, yo solo quiero decirle: Oye, ya me contarás qué tal se está por allí, ahora que puedes recorrer durante todo el santo día los campos de esa Albanta tuya, y de Pablo, y mía, y de toda la humanidad y de todo el universo; ¡por fin!, por fin puedes hacerlo con la plenitud de tus sentidos y la cantidad infinita de tu tiempo.

Guillermo Conde

Apuntes sobre Korvia I

Korvia, el país de los cerros, regala a vuelo de halcón una topografía realmente curiosa. Las principales ciudades del país se asientan sobre cuatro de los cinco eminentes cerros, de origen volcánico, que se erigieron en el actual territorio korvo a mediados del periodo cenozoico. Las regiones que se encuentran entre los cerros, algunas incluso por debajo del nivel del mar y en su mayoría yermas o inundadas desde tiempos remotos, están pobladas por diminutas aldeas donde sus habitantes están desprovistos de cualquier tipo de recurso para alcanzar una manera digna de vivir. La capital de Korvia es Ordo, cuyo sobrenombre es “La sublime”. Fue establecida en el siglo V sobre el cerro Granda, el más amplio del país, que ocupa un espacio de unos 8.000 kilómetros cuadrados. Le sigue en extensión el cerro Lasta, eternamente bañado por el sol, que lleva cientos de años deshabitado por razones zoológicas, y también religiosas. Durante los últimos nueve siglos la fe predominante en Korvia, a pesar de su localización en el centro de Europa, ha sido el hinduismo. Esto se debe a la figura de Jozefo “el Explorador”, que fue el primer korvo de la historia en llegar a la India. Se desconoce a ciencia cierta de qué manera lo consiguió. La filosofa jozefista Esperanta Junior asegura que la mitad de los 6400 kilómetros del trayecto entre Korvia e India los realizó Jozefo a pie, descalzo; cuando al parecer ya estaba extenuado por lo penoso del camino, surgieron del cielo siete águilas calvas que le transportaron en volandas a su destino final. Al poco de llegar a la sagrada Benarés, Jozefo tuvo una epifanía e inmediatamente abandonó el judaísmo y se convirtió a la fe hinduista. Se le cayó el pelo y perdió un ojo, y aunque esto último no se sabe a ciencia cierta cómo se produjo, hay rumores que dicen que Jozefo, a pesar de estar ya en la senda sin retorno del misticismo, todavía en sus primeros años en India solía frecuentar antros, burdeles y tabernas inmundas, y fue en una de estas donde pudo perder el ojo en una reyerta con algún malhechor o con cualquier marido celoso. Regresó a Korvia tras veinte años de ausencia, y cuentan que tras su paso por la frontera del país, esta ardió en llamas color escarlata. Nada más llegar pudo ver, con una mezcla de espanto y excitación mística, que la antaño próspera ciudad de Gardenova, establecida en el cerro Lasta, había sido primero atacada, luego invadida y finalmente abandonada a causa de una interminable plaga de peligrosas cobras Naja-naja. Jozefo vio en esto una señal manifiesta de que el hinduismo debía dirigir el palpitar de los melancólicos corazones korvos, ya que la cobra, por su poderosa conexión con el dios Shiva, es un animal sagrado para los fieles de esta religión. Comenzó a predicar en su ciudad natal, Mezopolis, el Sanatana Dharma o “camino eterno”, inteligentemente mezclado con cosmogonías y folclore korvo, soflamas populistas, e incluso trucos de magia. En sus emocionados discursos predicaba que el pueblo de Korvia había sido elegido y que el “milagro” de Gardenova era el primero de los muchos mensajes que Brahma iba a dirigirles a ellos, los hasta entonces grises habitantes del ignorado país de los cerros. Así comenzó la conversión al hinduismo de Korvia. Fue una conquista, por lo general, pacífica y florida; solo algunas vergonzosas excepciones le quitan a la hinduización de Korvia la etiqueta de ejemplar, como el episodio de las batallas campales del barrio cátaro de la ciudad minera de Hefaestia, donde murieron quince muchachos y muchachas conversos, todos ellos menores de veinte años; o el extraño asesinato del sobrino predilecto del rabí Simeón a manos, según se ha especulado, de discípulos del guruo Jozefo. En menos de cuatro años brotaron por todo el país de los cerros multitud de templos dedicados a Brahma, a Vishnu, a Ganesha e incluso a Kali. El cerro Lasta, como no podía ser de otra manera, se consagró a Shiva y se amuralló para que nadie pudiese molestar o hacer daño a las sagradas y temibles sierpes, las Naja-naja.

Guillermo Conde

#figuradelanoche

«Encuentra el éxtasis de la vida; la mera sensación de vivir es alegría suficiente»

Emily Dickinson

Debes de tener el tabique algo torcido. Me gustaría decírtelo a la mañana, aunque me temo que voy a aprovechar esta acompasada respiración tuya, que algo disfrazará mis pasos, para recoger mi ropa, ponérmela, largarme. Adiós. Nada personal. ¡No! Ahora no me eches el brazo encima, #figuradelanoche. Vale que nos hemos compartido durante un rato, y tras invocar a la Lunesta nos hemos dormido a la vez. Mmm…lo nuestro, hasta ahora, parece ser cosa de sincronía: de miradas, de orgasmos, de dormitares…Seguro que hemos soñado cosas hermanadas, aunque a mí, al poco, me haya arreado el despertar. Uno como tantos otros. Pero no te enfades. Decidido estaba ya de irme cuando de repente tu brazo se me ha derramado por el pecho como un virus, hendiéndose directamente hacia el músculo que intento, intento, intento alejar del timón de mis acciones en ocasiones como esta. Porque has de saber que mi corazón no se roza, #figuradelanoche. Y por si acaso, me voy. ¿Será la madrugada púrpura la que me convierte en fugitivo? No, no. Lo decido yo todo. Mira: ahora estoy decidiendo, en tiempo real, que me gusta como roncas. Tienes un ronquido ligero, superficial, pero con sus matices salvajes —ve a mirarte el tabique, anda—. Algo así como tu sexo. Quizá anoche te elegí por eso. Yo me digo que te elegí y el duende de tus sueños seguro que te está dictando en lenguaje REM que, cómo no, fuiste tú quien me eligió a mí. Pero acordemos lo siguiente, confiando en que mi frecuencia de pensar y la tuya de soñar sean la misma o estén en un espectro cercano, casi mínimo, como ese transistor tan antiguo al que, con un ligero toque de ruleta, transformamos de vocero de malas nuevas a divulgador de violines, trompetas…en fin, de música; decía, acordemos algo sencillo: ahora la cosa no está para peleas, #figuradelanoche. Se discute a cierta distancia, no como estamos tú y yo ahora mismo; pegados. ¿Qué más da quién eligió a quién? Ale, dame la razón, respóndeme un sí en ronquidos, que seguro que será el triple de sincero que el discurso de cualquier politicucho de esos. Venga, dime: Sí. Y a lo mejor me quedo un poquito más. Así como estamos. De todas formas, nunca vas a saber si me quedé lo que dura una breve siesta, un polvo, o me quedé toda la eternidad que engloban las noches de verano limpias como la de hoy. Mierda, me he confundido de brazo. Me picaba el mío y he rascado el tuyo, sin querer. Qué despiste. Menos mal, no te has dado cuenta. Aquí no se ve un carajo, y ahora que lo pienso…¡ni siquiera sé si tienes lo que se dice una cara! Lo curioso es que no me pesas más que mi propio cuerpo; por eso todavía no estoy montado en un veloz VTC rumbo a mi casa. Creo que estoy a gusto, no tengo prisa, aunque siga sin tener ni puta idea de quién eres, quién puedes ser y, mucho menos, quién quieres ser. Por eso te llamaré #figuradelanoche, e intentaré amarte al menos durante unos minutos, hasta que me vea capaz de ponerme los calcetines, y marche. Por fin.

Guillermo Conde

Té con canela

“Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras”

Jorge Luis Borges

—Vamos, Ángel, que llegamos tarde… —escucho su voz desde el salón.

Nieves casi siempre tiene que esperarme. Yo me aseo, yo me peino, y ella se sienta en el sofá con el libro que esté leyendo en ese momento. No la veo pero escucho el rasgueo de las blancas páginas al pasar de una a otra.

—¡Cinco minutos!

La paciencia es para gente fuerte como Nieves. Hace tres años, cuando yo ya me había resignado a morirme de cáncer, ella tenía paciencia y esperaba y esperaba. Y confiaba. Me agarraba de la mano y me transmitía calor. Apenas hablábamos, cosa que mi yo-moribundo agradecía. De morir, no me hubiera disgustado hacerlo así. Pero me salvé. Mejor dicho: me salvaron los médicos. Y claro, también Nieves. Yo no hice mucho, salvo quejarme y cagarme encima. Y llorar y rabiar y patalear. No por cobardía, sino por miedo, que son cosas muy distintas, incluso diría que contrarias. Recuerdo a Nieves ahí, a mi lado, con esa mirada calma que dirigía hacia mí con tanta generosidad. Ella no parecía tener miedo.

Si yo fui cobarde, lo fui antes del diagnóstico. Cuando empecé a notar que algo no marchaba bien dentro de mí. La enfermedad se iba desvistiendo y dejaba prendas por todo mi cuerpo. Yo callaba por eso, creo, por cobarde. Pasaron meses. Hasta que un día el cáncer se quitó la última prenda y apareció con todo su poder. Tan desnudo y tan crudo. Me desmayé delante de Nieves y aún así, tras volver en mí, osé negar la posibilidad de que algo malo se estuviese paseando por mis entrañas. Ella, firme, dijo: «Nos vamos al hospital». «Un sofoco, Nieves, solo eso», respondí. Nieves acercó su cara a la mía, fijó su gesto rocoso en mi visual, y repitió: «Ángel, nos vamos al hospital».

—¡Ya casi estoy! —grito, entre el runrún del secador de pelo. 

Hemos quedado para cenar en Bubba’s con mi hermano gemelo y su nueva pareja. Se conocieron gracias a una app de encuentros casuales, de pago; y resulta que conectaron, así que la cosa no quedó en esa única cita. Lo primero que le pregunté a mi hermano al enterarme fue: ¿y por qué ahora? Él siempre ha sido el típico, y risueño, calavera. Mi antítesis. «A esta edad hay un vacío…», comenzó a responder, aunque no acabó la frase. Y yo le entendí. El gemelo loco llega a cierta edad y busca la estabilidad que el gemelo cuerdo siempre ha tenido. Siempre…siempre…Tengo que decirlo: he descubierto hace poco, para mi sorpresa, que el siempre es capaz de diluirse como la témpera en el agua. Y la consecuencia de semejante descubrimiento es que, esta misma noche, voy a dejar a Nieves, mi mujer. 

—¿Dónde está la gomina? —pregunto. 

—¡Y a mí que me cuentas, muchacho! Yo no uso de eso. 

Hace seis meses la doctora me confirmó que estaba limpio de cáncer. Fui, flotando, y encuadrado por una sonrisa como si me hubiera dado un aire, a la cafetería de enfrente del hospital. Me pedí un té con canela. Había sido obsequiado con un nuevo futuro, pero yo sabía que la que en realidad se lo merecía era Nieves. Por esto, los primeros meses de salud me esforcé en que lo que viniera solo fuera bueno. Bueno no: lo mejor. Nieves sonreía más. Charlábamos. Bailábamos. Hacíamos el amor. Yo sentía que estaba en deuda con ella, y disfrutaba tanto de verla así…Desde mi curación sentía una especie de vacío interior, que a mí me parecía un vacío maravilloso porque pensaba que era hijo del hueco que había dejado el cáncer al esfumarse. Y yo ansiaba llenarlo poco a poco de vida limpia, aire fresco, colores…Pero fueron pasando los días, los meses y, hasta el día de hoy, eso no ha ocurrido. 

La semana pasada decidí hablar con mi hermano. Le dije que pensaba que había dejado de querer a Nieves. Y que no sabía por qué. Abrió los ojos, sin entender nada al principio. Luego empezó a decir muchas cosas sin sentido y yo desconecté. Pero en cierto momento capté una sentencia inesperadamente sabia. Mi hermano dijo que el amor puede ser de todo, menos una deuda que haya que pagar. Ahí es cuando se produjo el clic.

Qué curioso: el acto más valiente de mi vida va a ser precisamente el más dañino y, muchos dirán, yo diré, Nieves pensará pero conociéndola, no lo dirá, el más injusto de todos. Ella, que estuvo siempre, en todas las historias que la vida me escribió y nos escribió como pareja. Y ahora voy y decido ser yo el que escriba mi propia vida, en vez de que me escriba ella a mí. Y eso es bonito. Pero decido no escribir a Nieves, mi salvadora, en esta nueva historia. Y eso es feo, ¿no? ¿Sí?

—¡Eres un pesado! —oigo que grita Nieves. 

Al salir del cuarto de baño veo que ya tiene el abrigo puesto.

—Perdón, cielo. Podemos irnos.

Cojo mi gabardina del perchero y abro la puerta para que salga Nieves. Cuando pasa a mi lado, sin querer, agacho la cabeza. 

Guillermo Conde

Teorema De Descomposición Espectral

«La salvación del pueblo es la suprema ley, a la que deben responder todas las demás, tanto humanas como divinas»

Baruch Spinoza

Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina’s:

EL MUDO

Hoy son cinco huérfanos, dos menos que ayer. Todos colocaditos en hilera frente a la puerta. El Mudo Pacheta los mira; aguarda al timbre que sonará enseguida desde el interior del despacho. No permite que los niños hablen, que se miren entre ellos, ni siquiera que tosan. El más pequeño tiene nueve años y el mayor, ocho más. Cuando suene el tintineo irán pasando de uno en uno, de izquierda a derecha, por orden de El Mudo. Hace unos cuantos, muchos años, él estaba en la misma situación que esos muchachos y, en su lugar, era Patarringue el que les hacía pasar al despacho del jefe. Patarringue era mucho más burro que El Mudo con los chicos, o eso se cree, hoy, el propio Mudo. Ese viejo se entretenía, en la larga espera hasta que Burton le daba al timbre, de otras maneras: le gustaba pasearse por entre la hilera de huérfanos y les daba tobitas en la cara, les arrancaba algún pelo de la cabeza, o pegaba un moco en la frente de alguno de ellos. Los niños, entre los que se incluía El Mudo, no debían decir ni pío.

BURTON

Firma con la mano izquierda, aunque sea diestro. Por eso algunos investigadores y grafólogos se creen que está más loco de lo que realmente está. A Burton esto le interesa porque mantiene a esos cerdos con la esperanza de que llegue a realizar cualquier maniobra inesperada que eche por la borda el Imperio. Pero tal cosa nunca pasará. El vértice de la pirámide, él, Burton, se sustenta sobre una base de indestructible mármol. Empezando por los huérfanos. Les ha hecho versátiles. Prefiere que se curtan, por igual, en cualquiera de las tareas sobre las que descansa la pirámide. Niños rateros, niños extorsionadores, niños matones, niños recaderos. Un buen ejército. Todos cobran lo mismo, poco, y todos hacen de todo, mucho. Lo único que difiere en ellos, ciertamente, es la edad. 

JUANÍN, EL HERMANO DE TEODORO

Nueve años. Por fin. Hay que ver la de veces que ha deseado tener la edad suficiente para poder acompañar a su hermano y sus amigos en las tareas conjuntas, o de embarcarse en una peligrosa misión en solitario para el jefe Burton. Ahora ya puede hacerlo y le encanta. Solo lleva un par de semanas, pero ya ha roto cinco cristales del barrio, ha apaleado dos mendigos y, lo mejor de todo, se ha comido todos los pasteles que le ha dado la gana. ¡Gratis! Piensa que Burton está muy contento con él, aunque el resto de huérfanos lo insulten y se rían a su costa. Todos menos su hermano, claro; aunque tampoco es que lo defienda ante ellos. Dice que es algo por lo que Juanín tiene que pasar: en cuanto llegue otro novato, a ese es al que le tocará recibir. 

TEODORO

Y ahora también su hermanito pequeño. Debería sentirse contento; al menos lo tiene a su lado, y no en ese infierno de orfanato. Pero ya le ha visto hacer cosas arriesgadas, las mismas que él hizo en su día y que a día de hoy sigue haciendo, que al llegar allí le parecieron divertidas, emocionantes, un regalo de su héroe, del héroe del barrio, de Burton. Escucha a Juanín contarle con ese entusiasmo inocente las tareas del día pasado, y las que vendrán y está ansioso por realizar, y Teodoro no puede evitar sentir repugnancia. Sobre todo, por él mismo. Algo no camina como debiera en sus adentros. ¿Será por las chicas, recién alumbradas? ¿Por su estirón súbito? ¿O será por esa pila de libros que se llevó de la casa de aquel moroso, y que a trompicones ha ido leyendo y disfrutando? Sea gracias a los libros o no, lo cierto es que últimamente Teodoro fantasea mucho. Dormido y despierto. Y tiene claro que su fantasía favorita, y la más pródiga, es desarrollar una forma perfecta de matar a Burton. 

Suena el timbre. Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina´s.

Guillermo Conde

Que yo recuerde

«La única patria que tiene el hombre es su infancia»

Rainer Maria Rilke

Cogía yo a esa muñeca pepona, más bien fea, y la mecía con mucha suavidad. Ay, Tinina…ay, Tinina… no te me vayas… Mi Tinina, moribunda, y yo, intentando salvarla por todos los medios. Cerraba los ojos fuerte y me mojaba los carrillos con saliva si acaso no me salían las lágrimas. Oraba. Le echaba ungüentos. Ay mi Tinina…ay… Al final siempre se me moría, Tinina. Moría ahogada. De pena. Por escarlatina, peste, o por suicidio… cada día expiraba de una manera distinta y monstruosa. El drama. Yo pasaba toda la tarde triste por no poder ayudarla. La enterraba debajo de mi cama, para que al menos me protegiese desde el otro mundo. ¡Y, vaya, lo hacía! Conseguía dormirme pronto, y soñaba con otras cosas con más colores que mi vida, a lo mejor con una playa y muchas sombrillas, con manadas de ciervos, globos, caramelos, un camino largo y verde… Al amanecer, con los pies muy fríos, rebuscaba en el cajón de los calcetines y allí, sepultada entre unos cuantos pares, me encontraba a Tinina, rediviva. ¡Milagro! Aparecía bien feliz en la cocina con mi muñeca, para desayunar con mi familia. Pero mi padre, al verme con Tinina en los brazos, ni buenos días ni nada: directamente me arreaba un guantazo sin levantarse siquiera de la silla, y algunas veces sin soltar la taza de café que pendía de esos dedos que ya eran todo sabañones. Yo sentía que se me descolocaban las cejas y me temblaban los dientes, de aquellos golpes. Me caía. Desde el suelo lloraba. Mi padre, al que observaba gigante en su silla, decía: «Niño imbécil. En esta casa no quiero lloros ni muñecas». Cuando podía levantarme ya todos habían terminado su desayuno, y a mí no me quedaba nada que comer. Salía corriendo de la casa hacia la montaña de basura que había enfrente de ella. Quería deshacerme de Tinina. Para siempre. Pero nunca podía abandonarla, aunque ya no la quería como al despertar: por su culpa me zurraban, me quedaba sin desayuno, lloraba. Así que me la escondía debajo del suéter y regresaba a casa.  Luego, enseguida, pensaba que, por otro lado, gracias a ella y a su magia yo era capaz de soñar. Y la volvía a querer mucho. 

Poco antes de comer es cuando comenzaba a morírseme. 

Ay, Tinina…ay, mi Tinina

Y así durante toda mi infancia, que yo recuerde. 

Guillermo Conde

Ah, sí. La guerra…

“La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”

Alejandra Pizarnik

Dudábamos: ¿hoy el río podrá quitarnos esta capa gorda de lodo seco y polvo? Porque  lo cierto es que terminábamos la instrucción sucios como cerdos. Y siempre, siempre, después de la primera zambullida, y del primer chapoteo, se nos formaba un circulo de agua negro a nuestro alrededor y la piel brillante, lisa, de Jorge por fin se me aparecía. Y a mí en ese instante las aguas del Eresma me parecían benditas, purificadoras; me traían la luz divina de Dios. Luego despertaba y me insultaba a mí mismo: «¡hereje, impío, invertido…!», y desviaba la mirada hacía las montañas o agachaba la cabeza para darme cuenta, con espanto, de que mi entrepierna había medrado. Jorge siempre se ponía divertido cuando se bañaba. «¡Lucio! ¡La guerra! ¡La guerra, Lucio!», gritaba mi amigo, imitando la voz del sargento Castro, mientras daba saltos o me lanzaba agua azotando al río. «Ah sí, la guerra…», le respondía yo en voz baja, mirándolo fijamente, aunque él ni me mirase ni mucho menos me escuchase. Yo ya tenía sumergido el cuerpo hasta el cuello, en aquel Eresma de mi perdición, para evitar que Jorge se diese cuenta de lo mucho que él, sus músculos brillantes, sus guasas… me hacían olvidar que muy pronto nos iríamos allí, a la guerra. 

Guillermo Conde

Castamere

«Todo lo que empieza mal termina peor»

Edward Aloysius Murphy

Iba a pronunciar los votos nupciales cuando Penélope, la novia, escuchó a su padre jadear. Lo miró y vio que estaba colorado, con los pómulos hinchados. Y corrió hacia él con angustia. Dos minutos después, en el justo momento en que Roberto, el novio, hubiera tenido que leer sus votos, este vio, mientras abrigaba a Penélope con el brazo izquierdo, a su suegro dejar de respirar y perder la consciencia. Una ambulancia se lo llevó a la media hora. Cuando estaba programado que el baile nupcial, a ritmo de Perfect de Ed Sheeran, se celebrase, veinticinco personas se encontraban en la sala de espera del hospital aguardando a que alguien les certificase oficialmente lo que sus ojos, y los de muchas otras personas, unos ciento cincuenta pares de ojos presentes en la boda, ya habían certificado: que aquel amado hombre estaba muerto. Algunos se habían quedado en la finca “El Mago” comiendo y bebiendo, con la mirada perdida, mientras caía en saco roto todo lo que ingerían y sin hablar nada salvo para pedirle algo a los del catering. Hubo quien se emborrachó, con la idea de que no existen mejores ocasiones para beber sin mesura que las bodas y tras la muerte de un ser querido; así que como tristemente se habían conjugado ambos factores, nadie necesitaba disculparse por ello. A las 2:30 cuatro granujas tendrían que haber estado cortándole la corbata a Roberto y, sus amigas de la infancia, el liguero a Penélope, pero en vez de eso ella ahora firmaba un papel del seguro que ni siquiera había leído y él estaba en la puerta del hospital fumando un cigarrillo. El día anterior la pareja había acordado no emborracharse demasiado en el convite y la fiesta: querían estar en unas condiciones aceptables para poder hacer el amor salvajemente en su noche de bodas, acto que se hubiera producido alrededor de las 4:30 en una de las habitaciones más bonitas de la finca “El Mago”; sin embargo, a esta hora, y a pesar de encontrarse por fin solos, Penélope y Roberto estaban muy lejos de orgasmizarse por primera vez como marido y mujer. Se abrazaban, eso sí, en la barra de la cafetería del tanatorio, con sendos cafés a su lado que todavía no habían probado, temiendo lo insoportable que resultaría el día siguiente, que iba a llegar demasiado pronto, sin noche de bodas y sexo salvaje, sin dormir, sin distinguirse este nuevo día del anterior porque la tristeza no lo iba a permitir. Ya casi no pensaban en aquella boda arrebatada apenas unas horas antes, una boda que estaba abocada a perderse finalmente en lo oscuro del tiempo porque, cuanto más fueran, Penelope y Roberto, día tras día, recordando al padre/suegro muriéndose en mitad de sus votos nupciales, más rápidamente se irían evaporando la razones y los sentimientos por los que habían deseado casarse. 

Guillermo Conde

Jonás en su desvelo

«El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos»

William Shakespeare

Jonás acaba de despertarse porque en sueños le ha venido a visitar un recuerdo perdido de su infancia: la mejor amiga de su madre, que fue una bruja buena, un día, pero solo uno, perdió la cabeza y le dio por augurar las muertes de todas las personas que pillaba a su paso. A su propio marido le aventuró que lo mataría ella misma, y a la madre de Jonás solo tuvo que decirle: «cáncer». A él, que todavía era chiquito, cuando se lo cruzó le auguró una muerte novelesca, aterradora y bíblica, en fin: sería devorado por una ballena. Como Jonás nunca había pisado el mar y tampoco tenía intención de hacerlo, por ser de secano y poco dado a las aventuras, ni siquiera se asustó y pronto lo olvidó todo. La bruja volvió a ejercer de bruja buena y jamás volvió a predecirle más muertes ni a él ni a nadie. 

Ahora Jonás, en su desvelo, hace balance. Que él sepa, ninguna de las predicciones de la bruja se ha llegado a cumplir: su madre murió hace dos años de un derrame cerebral, el marido de la bruja todavía sigue vivo y él, Jonás, por el momento también. La bruja. Ella sí que murió. Y lo hizo sin desvelarle a nadie que el acceso de locura de aquel día no fue tal. Que solo se dedicó a lanzar falsos augurios, de manera aleatoria aunque con mucha intención, jugando, por qué no decirlo. La bruja sabía que daba igual si a la madre de Jonás le decía «cáncer» o «derrame», si a su marido le pronosticaba un asesinato o un atropello de camión, y si a Jonás, todavía un niño, le desvelaba que sería pasto de ballena o moriría al explotar su cohete rumbo a Marte o se caería de una moto; ella sabía que, sin excepción, todos habrían interpretado como igual de improbables cualquiera de las muertes que les hubiera augurado.  Porque no hay nada tan lejano para los seres humanos como la muerte, a pesar de que algunos dioses y todos los animales piensen lo contrario. Pero ese es otro cuento. Lo más importante ahora es que Jonás vuelva a dormirse, que intente descansar, a pesar de los ecos y los goterones que suenan tan fuerte en las tripas de la ballena blanca que se lo ha tragado. 

Guillermo Conde

El futuro

«Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado»

Friedrich Nietzsche

«El mayor miedo de un guitarrista de rock no es la guerra, sino que se le rompa una cuerda en mitad de una actuación. El mayor miedo de un cantante de rock, soltar un gallo que le deje en ridículo delante de los fans que tiene entregados en la primera fila. El mayor miedo de un baterista…no, un baterista nunca tiene miedo. O al menos no lo demuestra. Nadie habla de los bajistas porque nadie quiere saber cómo son y a qué se dedican —poco interesantes, mustios, solo saben tocar las tónicas, nunca hablan—. A pesar de esta ensalada de caracteres, los integrantes de una banda de rock tienen algo en común: todos ellos son imbéciles. El rock tiene la verdad siempre a flor de piel. Te da en las narices con ella. ¡Está ahí! ¿No la veis? Qué pena que los rockeros siempre estén demasiado distraídos para encontrarla. Dan vueltas y vueltas. Se mueren —generalmente antes de tiempo— mareados, centrifugados y secados. Lavadoras.  

»La música pop es de la gente y para la gente. No de los músicos y para los músicos. Consiste en adaptarse, sin remisión, a lo que un número amplio de personas, pongamos un mínimo de 50.000, tiene ganas de sentir. Lo que les salga de las narices, el músico de pop se lo da, generoso, abnegado. Es un mártir de la música. Y otro pedazo de imbécil. Su carrera consiste en renunciar continuamente al YO, como diría ese maniaco, Freud, dentro de unos años.

»El jazz y el blues: casos peculiares. Son sinceros y auténticos aquellos que lo hacen —no puedo negarlo—, pero piensan muy mucho en pequeño. Cuanto más enano el cubículo que mendigan para actuar, más cachondos se ponen. Cuanto menos haya para elegir, con vistas a practicar el sexo, entre la concurrencia, más cachondos se ponen. Como piensan así lo mejor es que no molesten y se queden en sus antros llenos de ratas, que invierten lo poco que ganan en luces de neón y strippers, no en altavoces o en un piano decente. Otros ya alcanzarán la auténtica grandeza, la que disfrutan los seres humanos y Dios de la misma manera. ¡Infelices pentatónicos!

»¡Ah, los cantautores! Pero si son la nada más absoluta. Miren, este silencio me aporta algo mucho más intenso que su combinación de gorgoritos y acordes mal tirados y vagos:

¿Y a estos mequetrefes quién les ha dicho que les vale con una guitarra y con cuatro tristes versos para emocionar, para llenar una sala, aunque sea pequeña? Pero ¿quién les ha dicho que son poetas? ¡Farsantes! ¡Amorfos! ¡Frusleros! ¡No os deseo la muerte porque jamás habéis vivido!

»Mi consejo para los músicos llamados “cultos”, o “clásicos”, o “académicos”: ¡Quitaos las pelucas! Estáis en el siglo XXI, a ver si os dais cuenta. La anacrónica peluca que portáis, además de hortera, os tapa los ojos y, lo peor de todo, los oídos. Por vuestra culpa lo que hacemos yo y mis amigos, mis antecesores y mis seguidores, solo lo escuchan las viejas y los viejos con los impertinentes que se les caen de las manos por culpa del parkinson. ¡Yo he acercado la música a la gente! ¡A los pobres! Para hacer lo que hacéis con la belleza ancestral, mejor dejad que las sinfonías, las cantatas, los tríos, los conciertos…se sumerjan en el más profundo lago, junto con vosotros mismos, que sois asquerosos, dicho sea de paso…»

Hay alguien voceando en mitad de la noche y no puede ser otro que el tío Ludwig. Karl, su sobrino favorito, ni siquiera hace el amago de levantarse del camastro para ver lo que le pasa. Es otra de tantas, otro de sus vívidos sueños. Aquí se está calentito, para qué moverse, ya se cansará de gritar, piensa el joven Karl. Hoy habla enfadado sobre cosas que cualquier persona cuerda catalogaría de inimaginables, fantásticas, heréticas. Su tono de voz es más terrible que cuando está despierto y se enfada con su sobrino o con su copista. Esta noche no es como cuando le da por soñar con la sinfonía futura, la definitiva; ahí sí que sueña dulce y bonito, y por lo tanto parlamenta como tal, con palabras que parecen el trino de los pájaros que intenta rememorar en sus paseos matutinos. Cuando sueña filosofía sueña templado, como le gustaría a Platón. Al soñar política llora y habla, o habla y llora; pero siempre, siempre, menciona a Bonaparte y después a un tal Adolf, y los menciona, a ambos, con voz de tener los ojos, a pesar de cerrados, llenos de lágrimas. Pero esto que sueña ahora parece una titánica discusión con el mismísimo demonio; y no un diálogo calmo y sibilino como el que tuvo Fausto con Mefistófeles, sino una lucha que parece sin cuartel, pero de igual a igual. ¿Estará peleando, de nuevo, con el Demonio de la Música?

Karl cierra los ojillos. Sin darse cuenta su habitación se ha ido clareando. Debería intentar dormir un par de horas. Maldita sea, me temo que otra vez es el futuro, piensa. Y se lo vuelve a traer este viejo amargado. ¡Su tío!

Guillermo Conde