Los raspones: Runner

«Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas»

William Shakespeare

Surgió de la nada, el TSSSSSCH. Con el espasmo del susto, el corredor no vio el tronco caído y acabó tropezando. Ambas rodillas aterrizaron a la vez en el crujiente lecho de ramas. Un impacto seco, que dejaría unas marcas en su cuerpo curiosas de observar cuando fueran mudando de color: primero serían de un rojo fresco; luego púrpuras, durante unos cuántos días, hasta desembocar en tinturas verdes y moribundas; y finalmente las marcas se marcharían, junto con el recuerdo de ese momento, para no dejar nada. Tuvo que usar las dos manos para mantener el equilibrio y no acabar desparramado en mitad del parque. Así se quedó un buen rato, a cuatro patas y con la cabeza gacha, en línea recta con la columna. Estaba echando cuentas antes de la caída. El coche nuevo de Jacobo, el de personal, le había dejado impresionado. No podía evitar desear uno igual o mejor. Nunca desconectaba cuando corría, aunque tampoco es que lo buscara. En la postura en la que estaba su nuca recibía el aliento de los chopos. La mano del sol aterrizaba en su cogote, filtrada según el capricho de las altas copas de los árboles. Las ramitas del suelo no eran capaces de pinchar. Sin duda hoy el parque abrazaba a sus huéspedes. Entreabrió la boca y dejó caer saliva. Ni siquiera estaba cansado, solo había estado corriendo durante veinte minutos. Hacía rutinas anaeróbicas de una hora, doce kilómetros, dos veces por semana. Un ritmo aceptable para un no profesional. Erigió la cabeza para recordar dónde se encontraba. Seguía allí, en una zona ligeramente elevada que lindaba con el lago, justo después de atravesar un repecho que conseguía apretar un poco el aliento si se hacía a buen ritmo. Lo más intrigante de todo es que no había nadie a su alrededor. Alguien le había chistado, como para mandarle callar, mientras iba corriendo, y ahora no había nadie cerca. ¿Podría haberse escondido tras alguno de los troncos cercanos?  Concretamente allí, no. Allí los troncos eran tan delgaditos que podrían ser abrazados por un niño. Estaba solo, sí. Pero alguien le había chistado. Eso seguro. TSSSSSCH. Como se chista a los niños traviesos en la sala de cine.Además, lo había escuchado en alta definición, como si hubiese salido de su propia cabeza. Pero eso es imposible, se decía el corredor, demasiado claro, demasiado real. TSSSSSCH. A lo mejor había sido un sonido cualquiera que él había interpretado como un chistido. El vuelo de una libélula pasando cerca de su oreja, por ejemplo. Los sonidos de la naturaleza son interpretables, igual que las nubes, que el cerebro decide que tienen forma de elefante, o de corazón, o en mucha ocasiones, de falo. Eso es. Le había susurrado una libélula o una abeja perdida. Y él, que iba obnubilado pensando en su futuro BMW, se había asustado y había caído al suelo. Algo lógico. Misterio resuelto. Se puso en pie eléctricamente. No quería seguir corriendo. Había decidido ir directamente al banco, a pedir el crédito para el coche, sin pasar por casa para echarse un agüilla. Total, ni siquiera había roto a sudar. 

Guillermo Conde

Los raspones: Martita

«Uno se acerca al final del viaje. Pero el final es un objetivo, no una catástrofe»

George Sand

Martita era una suicida. Así se definía ella misma. Pero una suicida abstracta, eso sí. Para ella lo del suicidismo era más un estado de ánimo o una filosofía de vida que otra cosa, y decía que probablemente nunca fuera a llevarlo a cabo, lo de suicidarse, ni siquiera a intentarlo. Básicamente defendía la posibilidad de ser capaz de terminar algo en el momento exacto en que debe terminarse; intentar empoderarse en todo, hasta en lo más salvaje que hay, que es la muerte. Se lo explicó de todas las maneras posibles a sus padres, porque, objetivamente, bien explicado no era algo tan terrible; pero ellos, acojonados, la vigilaban como búhos porque desconfiaban de que un día Martita no se dejase llevar por una ventolera y se arrojase al río como su heroína, Virginia Woolf. A la mínima fiebre, o que le sangrase la nariz, o al mínimo raspón que se hacía al caerse bailando, pensaban que Martita se estaba autolesionando y que había comenzado a borrarse de la vida, y la querían llevar corriendo al médico de urgencias, al curandero o al exorcista. Que no se preocupasen, les decía ella continuamente, ¡dejadme vivir! Que no se preocupasen, les decían los amigos a los padres, que Martita siempre había sido una chica alegre, estudiosa, se había sacado una carrera difícil, salía por ahí con sus amigos, que no se preocupasen que lo del suicidismo abstracto no era peligroso, que tenía muy buen coco la muchacha y a lo mejor lo de su alrededor se le quedaba corto y tenía que salirse un poquillo de lo convencional. ¿Un poquillo? Gruñían los padres, a coro; y se mostraban agrios el resto de la velada. En una cena de cumpleaños, cuando conocieron al nuevo novio de Martita, guapo y encantador, de nombre Cualquiera, también este les dijo que no se preocupasen, que él se encargaría de esas ideas tan raras de su hija, sabía bien lo que necesitaba, solo un poquito de mano dura, ¡ja, ja, ja! Tenía una sonrisa de verdad que preciosa, Cualquiera. Y los padres: ¡Qué alivio! Por fin alguien, alguien firme, les iba a ayudar a reconducirla, a que no pensase de esa manera. Ojalá te haga caso, Cualquiera, porque nosotros ya no sabemos qué hacer. Todos dirigieron sus miradas a Martita, que agachó la cabeza. Parecía ruborizada, e incluso avergonzada. Y es cierto, muy cierto, que este pavo, Cualquiera, iba a anular de la personalidad de Martita aquello que a sus padres y a él tanto molestaba. Todo comenzaría con comentarios distraídos, del tipo ¡ay, loquilla, qué cosas piensas!, luego algo un poco más serio, ¿de dónde has sacado esas ideas, guapa?, más adelante diría algo como ¡coño, me tienes que hacer caso si quieres curarte!, y casi sin darnos cuenta, nos plantaríamos en el tú estás loca, y al no funcionar esto, en el tú estás jodidamente loca, y después en el eres una loca y una puta, y en el no vales para nada, y finalmente en los estás para encerrarte, no me levantes la voz, no te tapes la cara, tú no vas a ningún sitio, no me dejes, nadie te quiere, solo yo, te juro que si te vas te mato…; y todo esto hubiera ocurrido, con alta probabilidad, si no fuera porque cuando Martita agachó la cabeza en aquella cena no es porque se sintiese avergonzada, ni mucho menos, si no porque su personalidad suicida, abstracta, eso sí, le estaba susurrando que no volviese a ver nunca jamás de los jamases a ese tal Cualquiera; la estaba ayudando en la difícil tarea de terminar las cosas en el momento exacto en que deben terminarse.  

Guillermo Conde

Los perrillos

«Mi verdad básica es que todo tiempo es un ahora en expansión «

Severo Ochoa

El aventurero mejicano Séneca Núñez, en este mismo momento, a las 15:30 horas del 29 de Mayo de un año que es o puede ser cualquiera, sale a la calle sabiendo que tiene que llegar hasta una extensa avenida de este barrio humilde de esta sureña ciudad satélite de la capital de España, Madrid. Ha pasado la noche en casa de Alba, una antigua amiga, que vive alquilada en un piso de tres habitaciones en alguna de las muchas calles afluentes que irrigan la avenida, casi todas arterias mal asfaltadas, o pequeñas callejuelas sin salida, oscuras, incluso propicias para la práctica de pecados varios, algunas de ellas. Ayer recorrieron juntos esa misma avenida, que además de larga —siempre relativamente, no se puede comparar, por ejemplo, con la Rivadavia de Buenos Aires, ni aún tampoco con la calle Alcalá de Madrid— se gasta un nombre igual de largo y extraño, poco adecuado para la mnemotecnia de los turistas y de los despistados. Ya que esta narración pide algo de misterio en ciertos datos, solo diremos que el nombre de la avenida lo pusieron en honor a un reputado médico y alcalde del municipio, muerto hace por lo menos un siglo. Alba fue a buscar a Séneca a la salida del metro, y anduvieron un tiempo que se hizo muy corto para ambos, y algo nebuloso, por eso de estar a gusto uno en compañía del otro. El atento sol, sombrero de esta primaveral esfera, les acompañó hasta que llegaron al piso, diez minutos después de abandonar la avenida.  Aquí es obligatorio hacer una elipsis temporal porque no sabemos, ni tampoco queremos saber —y quién quiera que lo investigue por su cuenta— lo que ocurrió en las horas que pasaron en la casa, diez, aproximadamente, desde el primer efluvio del crepúsculo hasta el crujido final de los cereales con leche. Esto sí decimos, porque son datos y ciencia, y eso nunca puede callarse: ya por la mañana, hoy, Alba ha aparecido en el portal, cargada con un par de bolsas de basura. Eran las 09:30. En esas horas matutinas en las que parece que solo está permitido ir con prisas a todos lados, la sombra de la joven apenas ha dejado una fugaz impresión en un par de aceras del barrio, las más cercanas a su coche; así que de una manera tan rápida que casi que da pena, Alba, de apellido Montero, desaparece de la historia. Del intrépido mejicano no ha habido noticias hasta hace un rato. Solo sabemos que no ha salido de la casa en toda la mañana. 

Ahora ya son las 15:45. Séneca Núñez, natural de Hermosillo, capital del estado de Sonora, lleva un cuarto de hora revolando por entre las mismas tres calles, todas con nombre de ríos peninsulares, que le salen al paso en sus idas y venidas de criatura extraviada, atacada y sudorípara —ya se puede certificar, él no lo sabe pero esos rodales húmedos que salen en las axilas aquí se llaman camachos—. Bien tranquilote que ha bajado las escaleras del edificio y ha salido del portal, antes. A las 17:30 zarpa su avión hacia la Amsterdam heroica, resuelta y misericordiosa. El primer fallo de nuestro diestro peregrino, inconsciente de que un barrio es un mundo, ha sido tener estos pensamientos: Enseguida encuentro la avenida, se me olvidó preguntarle a Alba cómo llegar a ella, pero da igual, a las 15:45 estaré en el metro, a las 16:45 en el aeropuerto, soy mochilero, no necesito mapas, ni móvil con gps, está todito controlado, soy Alexander Supertramp, soy Bear Grylls, y también el doctor Livingstone, supongo. Pues no es por nada, Séneca Nuñez, pero ya son quince minutos de retraso. Vas de una calle a otra, y de otra calle a una, y luego vuelta a empezar, ríos, ríos y más ríos, mentas a la madre de mejor no saber quién, y la verdad es que empiezas a dar un poco de amargura vagando como esos locos rodamundos que se deslizan, casi sin tocar el suelo, por el ocre desierto en el que creciste. Seamos sinceros: no es algo trágico para nadie, salvo para ti, que pierdas el vuelo; pero la gente, entre la que me incluyo, tiene sus menesteres, negocios, eventos, inauguraciones o destrucciones, así que hay que aligerar esto, amigo, no podemos estar así todo el día, por el bien del mundo atrompiconado en el que nos ha tocado vivir, donde están totalmente prohibidos los bucles, la reflexión y el slow motion. La gente quiere que haya un final antes de que empiece cualquier cosa, así que les vamos a hacer un favor a todos, y, ¡sorpresa!, a ti mismo, diciendo que aún tienes alguna posibilidad de coger ese avión, a ver si eso te da energías, a pesar de que ahora mismo ves más probable que otra luna se desprenda de la Tierra; pero no lo conseguirás sin sufrir un poquito, como en todas las buenas aventuras a contrarreloj. Al insólito problema de tu desnortamiento se le va a añadir otro más, nada baladí: dentro de cinco minutos, cuando dobles por cuarta vez la esquina de la calle Río ___ con la Río ___, y tu sudor esté a punto de convertirse en vapores mefíticos, te vas a dar de bruces, con grave peligro de caerte al suelo, con un viejo calvo, desmedidamente barbudo y no, para nada, no muy alto, llamado Guillermo Conde. Qué suerte, pensarás, por fin encuentras a alguien en este mediodía estepario, salvaje, como el de Sonora. 

—Disculpe, señor —dirás, educado, como siempre—. Busco la avenida principal. No sé cuál es su nombre, pero sé que es muy larga y llega hasta la estación de metro.

—¡Ah, sí! La avenida de los perrillos —te responderá el viejo, pronunciando densamente, como si le faltaran algunos dientes en la boca. 

—Me temo que no es esa. La que busco tiene nombre de un médico, ¿puede ser?

—Claro, claro. Realmente se llama avenida del Doctor ___. Pero yo la llamo la de los perrillos, niño. ¿Sabes por qué?

—Señor, me encantaría saberlo, pero es que tengo mucha prisa. ¿Puede decirme cómo llegar a ella? 

—¡Yo también tengo prisa, leches! ¿No ves lo viejo que estoy? Mi reloj es cada vez más enano. La parca me acongoja sobremanera, pero también me insufla vida eléctrica —tras decir esto Guillermo Conde se quedará suspenso durante alrededor de medio minuto, como si una medusa cotilla le hubiese mirado a través de una ventana cercana, y tú ya tendrás los nervios desollados por entonces; luego volverá en sí con un bostezo— Perdona, niño, por este ataque de intensidad poética. Es que soy escritor. Guillermo Conde me llamo, o me llaman, ya no sé. Soy un mal escritor, pero como realizo el acto de escribir con cierta asiduidad, pues me considero escritor, y eso no me lo quita nadie. ¡Tienes suerte! Yo también voy a la avenida. Todos los días paso por allí. Antes lo hacía cuando iba a trabajar, y ahora me pilla de camino cuando voy a pasear al parque de los carrizos. Acompáñame y te cuento lo de los perrillos. 

—Gracias, pero prefiero que me indique cómo llegar a la avenida, por favor. Llego tarde a coger mi avión y tengo que ir corriendo. No sé que me ha pasado, perderme así…

— Vale, tú tranquilo que realmente no es nada difícil llegar, pero es que estas calles son todas iguales. Necesitas un buen guía, así que ahora mismo te doy unas buenas indicaciones. Cualquiera diría que fue el mismísimo Dédalo el que construyo este barrio —y se reirá como un burro, y encima rebotará su feliz rebuzno por los cristales de las coches y de las casas, y por las paredes de tu cerebro, mi pobre Séneca—. Solo te pido que te fijes, aunque vayas con prisa, en un piso bajo que está en el lado derecho de la Avenida, el número 32. Seguro que allí los ves, a los perrillos, asomando sus cabecitas por entre los barrotes que protegen la ventana del salón. Son tres, del mismo tamaño, más o menos. Llevo cuarenta años pasando por allí y viéndolos, aunque sé que es imposible que sean los mismos. Pero siempre son tres, y de la misma raza, chihuahuas marrones, y siempre igual de pequeñajos, con las orejas bien…

—Por favor, se lo pido, ¡ayúdeme! —tendrás que interrumpirle. ¡Por tu bien!—.

—¡Claro que sí! Si para eso estamos. Pero verás, esto te va a interesar: lo que más llama la atención de la casa de los perrillos, aparte de esos pobres animalicos, es el olor que sale de ella —pensarás en darte la vuelta y salir corriendo, abandonar las formas y la educación. Total, a ese señor, con suerte, jamás volverás a verlo—. Seguro que sabes lo que es la sinestesia. Pues de esa casa sale un olor amarillo mustio. Sí, ese olor. Imagínate el sol dentro de miles de millones de años, cuando se esté apagando. Ya no brillará como ahora. Estoy seguro de que tendrá el mismo color que el que tiene el olor de la casa donde viven los perrillos. No me gusta nada como huele, es asqueroso, y me da la impresión de que los tienen completamente abandonados —te agarrará el brazo con su huesuda mano, de pianista cadáver, y su contacto frenará un poco tus impulsos de mandarle más allá del carajo—. No tengo ni idea de quién es el dueño de la casa. Antes se podía ver a un anciano viendo la tele cuando las cortinas estaban descorridas, pero debió morir hace unos treinta años. ¿Lo puedes creer? No ha habido un día que no haya pasado por allí y visto a los perrillos, algunas veces llorando, incluso. He preguntado por todos lados si alguien conoce al dueño, para hablar con él y decirle que no está nada bien que los tenga así, para intentar ayudarlos, pero nadie sabe nada. Es inhumano, o incanino, mejor dicho. Tú me entiendes —te guiñara el ojo derecho, justo el mismo que a estas alturas tendrás ganas de arrancarle—. Yo sufro mucho por ellos. Hasta les he puesto nombre: Antonio, Joaquín y Mari Carmen. Algunas veces he visto a gente extraña en la calle hablando con alguien del interior, a través de la ventana que está al lado de la de los perrillos. Pero nunca he visto la cara de la persona con la que hablan. He llegado a pensar que venden drogas, o  que comercian con algo ilegal.

—Mire, señor, con todo el respeto, pero yo me voy. Ya le preguntaré a otra persona el camino hacia la avenida…

—¡Pero si está todo el mundo de siesta! Anda, que yo te llevo. Iremos con paso ligero, aunque me descoyunte vivo —e iniciaréis la marcha hombro con hombro, al ritmo desesperante e insuficiente que habías temido. Mientras tanto el anciano no parará de hablar—. Muchas veces me digo que ya que no puedo arreglar la situación de los perrillos, no estaría mal escribir algo sobre ellos, hacerles un digno homenaje, y de paso concienciar a la gente, a ver si hay suerte y lo lee el alcalde, que fue amigo mío en su día. Quiero escribir algo profundo, por ejemplo una fábula sobre el estatismo, o mejor aún sobre lo cíclico, que es habitual confundir estático con cíclico, del tiempo aquí, en este condenado barrio. Siempre los mismos pasos, siempre los mismos perros. Pero es que no me sale nada, estoy como la mojama de seco. A mí lo de obsesionarme con algo nunca me ha valido para escribir nada de provecho. Ni siquiera un triste terceto endecasí…

—¡Oiga, señor! ¡Ya basta! ¿Cuánto nos queda para llegar a la avenida? 

—Pues depende, niño, ¿en tu tiempo o en el mío?  

Entonces el que te quedarás flotando en el limbo serás tú, durante un par de minutos, mientras el otro estará disertando sobre cosas que te llegarán a los oídos como una sopa con tropezones, y solo podrás ir distinguiendo algunos nombres propios como San Agustín, Einstein, Marcel Proust o Christopher Nolan. Y llegados a este punto crítico, siento decirlo, Séneca, aventurero, buena persona, vas a abandonar tus principios y a salir corriendo como un gamo, dejando al escritor local Guillermo Conde con la palabra en la boca. Volarás a la desesperada y sin saber todavía, después de tanto vaivén, cómo narices llegar a la maldita avenida de los perrillos, perdón, a la maldita avenida del Doctor ___; tu cuerpo romperá ese ritmo cansino que ni siquiera es ritmo aunque te lleve a un sitio concreto, mientras que por lo que optarás tú será por un ritmo frenético, más adecuado a ti y a tu desesperación, pero corriendo el riesgo de no conseguir alcanzar la avenida nunca jamás, y aún así en esta huida inconsciente tendrás tiempo de pensar en el escritor y en sus perrillos, y sentir algo de pena por todos ellos, e incluso, cuando ya estés a unos cincuenta metros de él, podrás escuchar al viejo gritar: «¡Pero niño!¡Entonces qué hago con los perrillos!», y tú, desalentado, con la vista fija hacia delante, serás capaz de responderle algo que, seguro, jamás responderías en circunstancias normales: «¡Pues no pase siempre por allá, pinche pendejo!», y apretarás los dientes para ir aún más rápido, como si tuvieses que salvar a tu familia de ser devorada por una tribu salvaje de una isla perdida del océano Índico.

Guillermo Conde

Gota

«Todo es ceremonia en el jardín salvaje de la infancia»

Pablo Neruda

Nunca he sido mucho de pedir, no. Calculo que tú tampoco debes de serlo ya. Pedir es un salto, y no me gusta ni saltar ni pedir. Así que no tengo intención de pedirte que seas feliz ni que seas tú misma ni que vivas la vida ni que reces ni otras obviedades, obviedades, obviedades. Pedir no cuesta nada hasta que alguien acepta satisfacer tu petición, a partir de entonces hay que ser correctos y devolver el favor y eso, obviamente, nunca es gratis. Yo no quiero deberte nada porque creo que ya tengo suficiente con pensar en ti constantemente por culpa de esta maldita gota. La gota y tú, la mayor parte del tiempo, sois una. Algunas veces la gota te deja y se une a mí. Y otras, muy raras, nos desprecia a ambas y es solo la gota. Yo te odio a ti y me odio a mí porque odio a la gota. El odio que engendra una obsesión que, en este sitio, es la única manera de pasar el tiempo. De momento las preguntas son mi armadura hasta que acabe por volverme majareta del todo. ¿Ya sabes cuánto pesa una gota de agua? Yo todavía no lo he descubierto. Lo busqué en la biblioteca la última vez que me dejaron salir, hace treinta y pico días. Aquí cuento el tiempo basándome en lo largas que tengo las uñas de las manos: cuando llegan a cierta longitud, sé que han pasado dos semanas, aproximadamente, y luego me las muerdo para que vuelvan a crecer. Me habré mordido las uñas, desde que estoy aquí metida, unas diez veces. Hay muy pocos libros de ciencias naturales en la biblio, y aquel día, a pesar de ojearlos todos rápidamente, no pude encontrar una respuesta concreta a mi pregunta —¿cuánto pesa una gota?, ¿cuánto pesa mi gota?—, pero sí que hallé esta fórmula tan complicada y que no tengo ni idea de lo que hacer con ella: . Creo que la o con tupé es la tensión superficial del agua, y la a se refiere al ángulo de contacto con el tubo. ¿Qué tubo? Supongo que será el tubo desde donde cae la gota. La mía no cae desde ningún tubo, sino desde una grietita pequeña en el techo. Pasó que cuando iba a memorizar lo que significaba cada letra y cada número y cada símbolo raro de esa fórmula, para así intentar hacer el cálculo cuando estuviese en la mazmorra, vino ‘La Cejas’ con su peste a pelo enlacado y me dijo que mi tiempo se había acabado y me echó de allí a empujones. Menos mal que por fin sé que mi gota pesa algo y existe. Ya no pienso que me la he inventado por culpa de la locura, de la oscuridad, del aislamiento, de la suciedad, del dolor. Esta no es una gota literaria y cortazariana, si es que esos dos adjetivos no quieren decir lo mismo, que se desgrana en versos y rimas y no quiere desprenderse de su agarradera. Mi gota quiere caerse y se cae. Sin excepción. Y sé dónde cae exactamente porque exactamente cae siempre donde tiene que caer: en el centro de mi almohada. Es inevitable que caiga ahí. Si ven que coloco la almohada de otra manera para que no reciba la gota, viene ‘La Cejas’ y me zurra. Quieren que la gota caiga en el centro de la almohada y ya está.

Bueno, llamar a eso almohada sí que es un salto. De fe. Las plumas del relleno se han amalgamado en cuatro bloques. Lo demás es vacío y tela suelta. A base de golpes secos, con la palma de mi mano, consigo extender las plumas de una manera más uniforme, pero más pronto que tarde acaban emergiendo de nuevo esas concentraciones picudas tan molestas. En el centro, la mancha de gota. El agua de aquí esta sucia. A la luz, cuando la hay, se puede ver el cráter rugoso y marronáceo que deja en la almohada el goteo machacón que está consiguiendo disolver mi cordura. Un día decidí no pensar en ti y me entretuve contando las gotas que iban rozándome la cara al aterrizar en su destino habitual. Fueron 2.152. Largo rato estuve contando, puede que un día entero, hasta que paró. Son muchas, 2.152, pero para mí solo es una única gota. La gota. Siempre la misma. No hay un patrón para saber cuándo van a liberar a la gota. Sé que lo hacen ellos, y sé que no existe un patrón porque así me fastidia mucho más. Los momentos sin gota también son aleatorios. Intento aprovechar esos ratos para dormir adecuadamente, pero la gota sigue cayéndome en sueños y mojando toda mi existencia pasada y presente. Del futuro no hay por qué preocuparse. Cuando se empapa la almohada es inútil darle la vuelta porque enseguida cala hacia el otro lado. Qué asco de humedad. No hay nada tan irrefrenable y tan molesto en la naturaleza como la humedad.

No conozco el peso de la gota, pero sí el sonido que emana de ella. Ese PLUC. PLUC.  Cuando tengo los ojos abiertos, el PLUC no tiene demasiado poder para destacarse entre la oscuridad. Pero si cierro los ojos, ese sonido se define hasta convertirse en la gota yadquirir el poder de poseerme a mí también, el poder de hacer que yo sea PLUC y PLUC sea yo. PLUC y yo, nosotras, ambas convertidas en la gota, que nacemos en la grieta y caemos pesadamente sobre la almohada, nos quedamos unos segundos devorando la tela y seguimos descendiendo lentamente hasta toparnos con una pluma amarillenta, a la que abrazamos con malicia, e ipso facto abandonamos para seguir ansiosas hasta tocar colchón, que se rebela empleando sus armas, que son las chinches y la mierda, pero nosotras somos pastosas, somos PLUC y no nos damos por vencidas y entramos, el colchón acaba claudicando porque nota que estamos jugando en su sala de maquinas, ambiciosas, imparables, dejando recuerdos de agua entre los muelles ya de por sí oxidados, que se dan cuenta de que su vida se acorta por PLUC, por nosotras, un virus que ya ha atravesado sus entrañas y ha saltado al vacío que separa el camastro del suelo, no sin antes driblar las lonchas de madera transversales, algunas de ellas a punto de partirse, que soportan el colchón mohoso y ya eternamente mojado, del que nos despedimos para vivir en el suelo polvoriento durante unos minutos, y luego morirnos de sed y de pena. PLUC y yo. Y todo esto por tener los ojos cerrados. 

Aunque es mucho peor cuando la gota eres tú. Estoy segura de que es su estado natural. Ser tú. Convertirse en ti para perturbarme aún más y más y más, hasta el infinito. Tú. Tú, saliendo de casa, hace veinticinco años. Tú, con el vestido que te queda dos tallas grande, pero mamá te lo compró así para que te durase al menos un par de años más. Tú, recién alimentada con la merienda habitual de sandwich y batido de chocolate. Tú, siendo advertida por mamá de que está a punto de llover, con cuidado, hija mía. Tú, desoyéndola y queriéndola mucho. Tú, cerrando la puerta y dando cinco pasos guardando las formas para después empezar a correr como un potrillo. Tú, llegando al parque donde no hay ningún niño porque todos le tienen miedo a la encinta nube negra. Tú, ama del parque, todo para ti. Tú, feliz. Tú, celosa del césped tan verde que estás pisando porque acaba de recibir, a tres metros de ti, su primera gota. Tú, elevando el rostro hacia el cielo, ansiosa. Tú, cerrando los ojos para amplificar la sorpresa. Tú, ¿llegará? Tú, ¿cuándo llegará? Tú, ¿cuánto pesará? Tú, PLUC. Tú, carrillo derecho, a dos centímetros del ojo. Tú, verdad, libertad, naturaleza. Tú, ojalá lleguen más.

Por favor, no lo tomes a mal, pero sigue sin apetecerme darte lecciones de vida, ni consejos para esta cosa o la otra. Tampoco quiero revelarte todo tu futuro. Noto que mi cerebro empieza a ser una sopa y cada vez me cuesta más alcanzar con mi cuchara algún pensamiento sano y coherente. Ahora mismo solo querría gritarte: ¡Niña, cuidado con la gota, te hará sufrir! ¡No la ames tanto! ¡Niña, será tu tortura! Ojalá pudieras escucharme, o leerme. Ojalá pudiera llegar a ti y prevenirte contra la gota, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo. Quizá pueda buscarlo en algún libro de la biblioteca, cuando les dé por dejarme salir. 

Guillermo Conde

La red de bronce

No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.

Virginia Woolf

«Fue un auténtico pelotazo —se escucha hablar al showman y ex-actor Gonzo González—. Caballero, imagínese: recibo una llamada de Joaquín, mi productor, que a su vez ha recibido otra llamada del director, que a su vez ha recibido una llamada del pez más gordo del acuario. Me dice: oye Gonzo, tengo algo muy, muy grande. Lo más grande de la historia de la televisión. En nuestro programa. Yo le pregunto que si por fin va a venir Filito Gómez a “Forjadores”. Filito es el mejor forjador de armas antiguas del mundo, por si no lo conoce. Me dice que no. Que más grande. Yo le digo que no hay nadie más grande que Filito. Hay uno más grande. Yo le digo que quien, cojones. Después de una pausa me dice: Hefesto. ¿El actor que hizo de Hefesto en “Guerra de Titanes”, la película esa tan mala? le pregunto. Me responde que no. Hefesto, el de la fragua, el dios, el genuino, dice. No me jodas, Joaquín, pero si lleva encerrado ni se sabe cuánto tiempo por violar a la diosa Atenea. Y ya tenían ganas de trincarle desde antes, por todo el jaleo que hubo con Ares y Afrodita. Pues van a soltarlo, me dice, y su primera aparición pública va a ser en nuestro programa. ¡Me cago en la leche, Joaquín! ¿Quiere que le haga una entrevista? ¿O quiere ser jurado? No, no, me dice Joaquín. Viene a concursar. Es absurdo, Joaquín, Hefesto no tiene rival. Eso pienso yo, me dice, pero está empeñado en demostrar que después de miles de años sigue siendo el mejor maestro forjador del mundo. ¿Y qué dice su padre, o lo que sea? Él mismo ha llamado a Petroni. Por lo visto le ha perdonado y dice que puede concursar, pero que no podemos darle el arma que construya. Tiene vetadas las fraguas y las armas en el mundo exterior. ¿Y a quién le ponemos de contrincante, Joaquín? Pues, habrá que intentar traer también a Filito, me dice. Y en ese momento, si hubiera tenido a Joaquín delante, le hubiera dado un besaco en todos los morros» .

Aquí no termina la cinta, pero deciden pararla y salir al aire libre. El poeta y el detective ya están cansados de esta habitación semioscura, aliñada con una colección de papeles dispersos por la estancia como si fueran copos de nieve aplastados. El gremio detectivesco suele trabajar mejor en ambientes como este. Tras los últimos acontecimientos, se le ha encargado al poeta Julio de Córdoba la importante tarea de actualizar la mitología universal. Van a pagarle muy bien, y conseguirá que su nombre sea recordado para siempre. «Cien versos con lo de Hefesto y Afrodita», le transmitió el heraldo del gobierno. El caso está cerrado y el trabajo a priori no es difícil. A pesar de ello, el poeta cree que le va a costar horrores completar el encargo, si es que lo completa. Tipos como Homero y Hesíodo le pueden servir de inspiración, pero en el fondo piensa que no tiene estómago, o quizá talento, para versar sobre algo tan ajeno a él como una guerra o, como en este caso, un asesinato. De momento prefiere centrarse en saberlo todo de primera mano. Quiere absorber la barbarie y luego, si puede, escribir. Solo escribir.

—Un payaso millonario, ese Gonzo González —dice el detective Sabanés, mientras remueve su té de máquina con un palito de plástico duro—. Yo no le daría demasiado protagonismo en la historia.

—Todo cuenta, detective. Creo que aquí hay muchos protagonistas. Demasiados, demasiados… —Julio de Córdoba levanta la mirada hacia el detective—. ¿Qué le dijo Joaquín Manivella cuando fue a verlo?

—Otro mamarracho…¿se puede creer que tuve que hacerle el interrogatorio mientras estaba en el water? Decía que estaba nervioso y que cuando se pone así se le suelta el estómago. «No lo tenga a mal, señor, pero es que no puedo evitarlo», me dijo. Estaba de un sudoroso que daba asco. Así que me tuvo que hablar sentado en el retrete, mientras hacía sus esfuerzos. La voz le sonaba cavernosa a través de la puerta del baño: «¿Que si me pareció poco ético llevar a alguien como Hefesto a “Forjadores”? Señor, sepa que fue una imposición del director de la cadena. Aunque hubiese tenido reparos, mis manos estaban atadas. Por otro lado, como profesionales del show business que somos, era imposible rechazar una oportunidad así. Un dios en prime time es oro puro, señor. Una historia de redención que iba a encantar a todo el mundo. “El nuevo Hefesto vuelve a forjar”, fue el gancho que elegimos. Y no olvide que ese dios ha inspirado nuestro programa. Es un ídolo para nosotros, perdón, quiero decir, lo era, porque lo que hizo después del programa estuvo muy mal, muy mal, señor…».

—Cree que es un cínico, ¿verdad? —dice Julio de Córdoba. La barbarie comienza con un mal gesto, con un despiste, con la dejadez, piensa. Yo busco absorberla, aunque quizá ya esté dentro de mí, quizá la tengo dentro desde pequeñín.

—Un cínico, sí. Pero qué más da. Solo quería escurrir el bulto, como casi todos en este caso —el detective Sabanés le da una calada a su cigarrillo electrónico—. Basilio Petroni, el director de la cadena, ese sí que es una pedazo de rata asquerosa. Fíjese que cuando fui a verle lo primero que hizo fue enmierdar a uno de sus trabajadores, el tal Donato Lichen, al que mató Hermes, el de los pies alados. No se si usted era fan del programa, pero Lichen era el experto en artes marciales y armas blancas. Un jodido samurai. Petroni me dijo que también era el encargado de depositar las armas fabricadas en el almacén de la productora. En esta ocasión era de vital importancia guardar el arma bajo divina protección. Recuerde que estaba prohibido que Hefesto se llevase el arma que iba a construir durante el programa. Para eso se envió a Hermes. Debía custodiar a Donato Lichen, y sobre todo custodiar el arma, hasta que estuviera a buen recaudo. Además tenía que echar un sortilegio protector con sal negra y una pizquita de romero —aspira, y luego expulsa un humo con olor a arándanos. Parece una vaporeta—. Pero con lo que nadie contaba es con que Lichen estaba completamente obsesionado con Hefesto y se había compinchado con él. Un groupie de Hefesto, tiene narices. De alguna manera se las ingenió para distraer a Hermes y que así Hefesto pudiera robar el arma. Ya sabe usted que estos dioses pueden llegar a ser muy simplones; no me extrañaría que Lichen hubiera entretenido a Hermes contándole un chiste muy largo, o retándole a un pulso chino. Cuando Hermes se dio cuenta del engaño mató a Donato Lichen dándole un puntapié alado que le dejó incrustado en el techo, pero ya era demasiado tarde porque Hefesto había escapado con el arma.

—Es algo tan natural, tan humano, echarle la culpa a los muertos… —añade, casi para sí mismo, Julio de Córdoba. No para de tomar notas en su bloc.

—Y a los que no van a morir —dice el detective Sabanés—, porque Petroni también se quedó bien a gusto señalando al mismísimo Zeus. ¿No le viste aquel día, en uno de los programas estrella de su cadena? “Confesiones de sobremesa”, creo que se llama. Estaba ridículo, con ese traje negro de lunares rojos y verdes. Pero más ridículo hizo diciéndole al presentador tonterías como: «Signorino, usted sabe que sempre  yo me preocupare por los spettatori y por la società en genérale —Sabanés intenta imitar el acento italiano—. Recibí una telefonata del dio supremo pidiendo el concurso de su figlio adottivo para poder pulire su imagen…». Bla, bla, bla —pone los ojos en blanco—. Vamos, básicamente dijo que Zeus le vendió la moto de que su chaval estaba totalmente reformado y que merecía una nueva oportunidad en los tiempos modernos. Y que tuvo que aceptar porque se considera a sí mismo un santo, cuanto menos. Ese es el resumen de todas sus chorradas.  Lo que no dijo en ese programa de máxima audiencia es que Zeus le ofreció pasar una noche con Afrodita si Hefesto concursaba en “Forjadores”. Tampoco debemos extrañarnos, porque Zeus iba ofreciendo, a cualquiera y como si fuese mercancía, a la diosa del amor y la belleza. Al propio Hefesto se la entregó en matrimonio, y mire cómo ha terminado todo —lanza un resoplido como de perro cansado. Su ceño fruncido, algo casi constante en su rictus, se relaja en un arco más armonioso—. Debería marcharse a casa, Julio. Mañana será un día intenso.

Hay una realidad: hace días que el poeta no puede crear poesía. Ya en su estudio, un estudio reducido pero con el tamaño suficiente para que reverberen las ideas y se choquen entre ellas generando nuevos universos, el artista con más hype del momento intenta desangrarse, despeinarse, desorinarse en alguna frase que sirva de comienzo para su aportación a la cultura mitológica, para su legado. Sabía que pasaría esto, piensa. Menos mal que queda lo de mañana. Mañana, sí, después de mañana pasará, saldrá, echará a volar y yo lo atraparé. Soy un cazador. Sólo es escribir, Julio, datos, hechos, pausas, rimas: mezclarlo, que se abracen, que se quieran los elementos, que la cuchillada se dignifique en alejandrino, que el Propontis me robe una tilde y fluya entre garabatos, que Afrodita, la pobre, pobre, pobre Afrodita, reviva. Pobre como Maria, Lorena, Rosario, las dos hermanitas de Sevilla, Jean, Juanita, Joan, y cincuenta o cien o mil mujeres más. Tantas. Solo escribir, Julio. Escribir y llorar, Julio, aunque alguien diga que son cosas prácticamente iguales. Ahora no puedes escribir Julio. Quizá solo debas llorar Julio, Julio, Julio. ¿Qué le dirás mañana?¿Qué te dirá él?

El alguacil les anuncia que solo disponen de una hora. La celda realmente no es una celda, sino una especie de hangar vacío cubierto por una enorme cúpula. Como la del planetario o la del panteón de Agripa. No puede haber ángulos debido a que las centellas inhibidoras tienen que revolotear por la cámara libres, sin chocarse con nada, deslizándose fluidamente a través de la cálida circunferencia de los muros. Huele a ácido y a pollo chamuscado. En el centro del espacio hay una figura tan desnuda como grande. Flota. Los brazos están totalmente extendidos y las piernas forman un ángulo entre ellas de sesenta grados. Cualquiera diría que es un remedo del hombre de Vitruvio.

—¿Se dan cuenta del chiste? Me han amarrado con un hilo finísimo, aunque ustedes no puedan verlo… —dice el dios, nada más advertir su presencia—. ¡Hola detective! ¡Hola poeta!

—Hola, Hefesto —le saluda, con cero entusiasmo, el detective Sabanés—. Julio de Córdoba  quiere hablar con usted unos minutos. Es para su poema.

Ten cuidado, sé audaz, se dice el poeta. Hablar con un dios va más allá de un mero intercambio de palabras. Es un estado múltiple. Convergen lo mental y lo físico, lo espacial y lo temporal. Lo aleatorio es igual de importante que todo lo demás. Es un cruce de caminos. En un momento puedes ver comprometido tu futuro, pero también tu pasado. De repente el presente se convierte en un flan. Su dialéctica es destructora y constructora a la vez. Menos mal que están las centellas, las centellas en teoría protegen. Solo escribir, Julio…

—¿Por qué se entregó?— pregunta directamente Julio de Córdoba. Nada más decirlo se contraría, porque así no había pensado comenzar la conversación. El detective Sabanés se ha sentado en una silla, junto a la puerta.

—Había terminado mi tarea. Igual que cuando usted termine la suya, también se entregará.

—¿A quién me entregaré?

—A sus dueños —Hefesto habla como si proyectase dos voces diferentes, una lejana y otra cercana, pero no hay gravedad en ninguna de ellas—. Piense, compañero. Intente ser original. Dígame algo distinto de que usted no tiene dueño.

—No he venido aquí a hablar de mí.

—Pues qué gran sorpresa, siendo usted humano, y además poeta —los bigotes casi se le meten en la boca al hablar. No es tan feo como se le ha representado durante milenios. Mueve mucho la cabeza, ya que es la única parte móvil de la que dispone.

Quiere jugar conmigo. Yo también puedo jugar. Al fin y al cabo todo en esta vida es juego. Todo menos morirse, que es lo único serio. Amar, odiar, sufrir, todo juego. Hasta el asesinato es juego. Nos han enseñado desde niños a jugar y nosotros, como hacemos con casi todo, lo hemos llevado hasta los límites más terroríficos…

—Hefesto —Julio de Córdoba sale de su reflexión y estira el cuello, como queriendo parecer más alto—, me gustaría saber por qué la mató.

—¿Saber? Saber es algo muy científico, compañero. Eso mejor déjeselo al detective. A él ya le di todos los detalles, él lo sabe todo ¿verdad, detective? Sabe de mis deseos de venganza, que con los años no hicieron otra cosa más que agrandarse. Sabe de la necesidad que tenía de asesinar a mi mujer, de mi frustración por no ser digno de ella, de mi montaña de celos irrefrenables, de mi desesperación al enterarme de que se había marchado con Ares, mi hermano, alguien mejor que yo. Pero usted, Julio de Córdoba, no es un científico. Usted es poeta. A usted se le da mejor sentir ¿No prefiere sentir? Sentir el asesinato de Afrodita, la diosa del amor. Sentir cómo fui a buscarla, con mi flamante cuchillo recién forjado a la vista de todo el planeta, después de haber recibido una gran ovación por mi triunfo en ese programa cutre de televisión, después de haber burlado a todo el mundo, después de engañar a un sistema que está diseñado para dejarse engañar, para que después de una catástrofe como esta el sistema se fortalezca pero no cambie, no cambie porque lleva miles de años siendo muy provechoso para algunos. Querrá sentir cómo la encontré tan fácilmente, sin apenas obstáculos ni humanos ni divinos, sentir su cara de terror, una cara que seguro ya tenía desde que se enteró de que Zeus me soltaba, porque ella sabía que esto iba a pasar, ella lo sabía pero nadie le hizo caso. Quizá sea bueno para su poema que sienta usted mi cuchillo de acero damasquino clavándose en el níveo vientre de la diosa mujer, de la mujer diosa, mientras yo lloraba y ella no, es curioso verdad, el que mata llora y la que muere no llora, pero es que yo la quería tanto, tanto, tanto, tanto, tanto. Soy un asesino y un violador. Soy culpable, y merezco estar aquí. Ustedes están muy contentos porque ya tienen a su culpable bien inmovilizado con una red de bronce que ni siquiera pueden ver. Fíjese en los jefes del detective Sabanés, lo contentos que están. Caso cerrado. No tuvieron que comerse demasiado el coco, total, fui yo el que se entregó. Lo único que necesitan siempre es un culpable, no dos, ni diez, ni todos. Con uno les basta. En esta ocasión soy yo. Mi anterior condena fue de tres mil años, supongo que ahora me caerán treinta mil. Y la maquinaria puede seguir funcionando. Los humanos podrán seguir juzgando a los dioses y los dioses a los humanos. Seguirá habiendo una afrodita muerta cada día. Mi padre seguirá haciendo lo que le dé la gana. Sus mandatarios seguirán haciendo lo que les dé la gana. El detective Sabanés seguirá haciendo lo que le dicen sus jefes. Y usted acabará escribiendo un épico y trágico y bello poema por encargo de los que lo controlan todo, para que la humanidad lo lea y sienta que los crímenes que he cometido son otro cuento de terror más, para que vivan con el miedo dentro pero les sea imposible liberarse de ese miedo por su propia voluntad y por sus propios medios. Porque lo cierto es que les han robado en su puta cara las herramientas para conseguirlo y no quieren dárselas, no están dispuestos a dárselas. ¿Qué van a hacer para recuperarlas?

Julio de Córdoba, el poeta, baja la mirada y se da cuenta de que tiene los cordones de los zapatos desabrochados, mientras una de las centellas, del mismo color gris platino que los muros curvos de la cúpula, comienza a volar en espirales muy cerca de su oreja izquierda.

Guillermo Conde

Aloísio (y familia)

“Yo creía que la ruta pasaba por el hombre, y que de allí tenía que salir el destino.”

Pablo Neruda

Como habrán leído en el informe, yo iba para Héctor Cuadrado, hijo de Rodrigo y Daniela. ¡Qué nombre bueno, Héctor Cuadrado! Capaz hubiera sido de acometer grandes gestas equipado con esa dorada armadura, sin duda: batir algún record mundial, montar un partido político ecologista, no sé, algo tocho, astrónomo, campeón de ajedrez, una startup founded by…pero nada, nada de esto sucedió porque todo se fue al carajo desde el primer momento, cuando a mi madre le dio por morirse de felicidad dos minutos después parirme. Hubo grandes complicaciones durante el parto, que duró veintidós horas: sangró sin medida y sin medida le dolió, quiso morirse, le rompió un dedo a mi padre al agarrárselo durante una contracción, maldijo en castellano y en gallego… pero lo que acabó por matarla fue un infarto al corazón debido a la explosión de emociones que le vino tras soltar por fin a su Hector; rarísimo, le dio el cuqui riéndose a un nivel de decibelios cercano al de las sirenas de la policía municipal, y gritando: ¡Viva, viva, viva mi Héctor!, y expiró mientras mi padre también se animaba a lanzar unos vivas que se mezclaron con los inevitables gérmenes del hospital, e incluso el doctor Ramón Calderé, que sudaba a chorros, lanzó alguno sotto voce. Maldición, es que Hector Cuadrado da gusto pronunciarlo, el resonar que deja, que se te queda la boca con sabor a cordero lechal y con ganas de pelearte por una causa justa. Era un nombre que estaba decidido desde tiempo atrás porque, dejando de lado las evocaciones mitológicas, mi abuelo paterno, que había muerto un año antes, se llamaba así. Héctor. Pero en este punto llega un giro que parece sacado de una película de M. Night Shyamalan: con mi madre recién fallecida, va este señor que tengo a mi izquierda, este gafotas con cuatro pelos mal puestos, y decide cambiar el plan y llamarme Aloísio, el muy imbécil. ¡Oye, chaval! Te pido que no me insultes, por favor. Okey, retiro lo de imbécil. Pero exijo que me expliques a mí y a todos estos señores del comité por qué decidiste pasarte por el forro de los cojones el nombre que habíais elegido mi madre y tu. No hay duda de que te debo una explicación, Aloísio, aunque temo que mis razones se hayan desinflado con el paso de los años; pero antes quiero dejar algo muy, muy claro, y es que casi desde que naciste mi único objetivo fue ser el mejor padre posible, intentar hacerte feliz, a pesar de lo de tu madre y a pesar de tu nombre. Para nada estoy orgulloso de lo del nombre, no, no. Hombre, ya es que sería un chachondeo si lo estuvieras. Lo que dices está muy bien, papá, pero escucha, de todos los sabios que ha habido en la historia de la humanidad, yo que sé, Aristoteles, Confucio, Sartre, todos estos, en mi opinión hubo uno que se acercó a la verdad de las cosas más que ningún otro: Edward A. Murphy. En estos momentos me viene al pelo recordar una frase de Murphy, de las más famosas que pronunció: Todo lo que empieza mal, termina peor. Por cierto, la “A” de su nombre, ¿sabes de dónde viene? De Aloysius. ¿Misterio, o serendipia? Me dejaste tu impronta venenosa y luego intentaste arreglar tu cagada por todos los medios, pero ya me habías jodido. Yo tenía que haber sido Héctor Cuadrado. Héctor el Poderoso, el vigoroso, el ambicioso, el ostentoso, y el todos-los-osos-que-quieras-rimar. Pero no. Soy, fui, Aloísio Cuadrado. En el colegio todo eran risas con el nombrecito, en el instituto muchas más risas, claro, porque en los adolescentes meterse con los demás es una masturbación continua, por descontado que ninguna chica quería tener nada con un pollo llamado Aloísio, y no te creas que no lo entiendo. Me volví un ratón, con el cuerpo agarrotado, siempre con el pelo churretoso y oliendo a madera pocha. Y así fui el resto de mi vida. Hector Cuadrado, ¿tan difícil era mantener ese puto nombre? ¡Coño, joder, si es que tengo que odiarte! ¡Me cago en tu puta calva! ¡Vale, vale, vale! Tranquilízate, hijo. Tranquilízate y deja que tu padre te lo explique. Quizá cuando lo haga tengas una idea distinta de él. Gracias, Daniela, gracias por tu apoyo. Un momento, un momento, mamá, ¿tú de parte de quién estás? ¿Cómo? Yo, de ninguna. A este mequetrefe ya le he echado la bronca por su gran idea, entre comillas, no te me enfades, de llamarte Aloísio. Pero también es verdad que estoy muy contenta por cómo te crió en mi ausencia, y eso se lo agradeceré toda la eternidad. Me gusta mucho lo que me ha contado de cuando eras pequeñín, los dos siempre juntos paseando por el parque de los sauces, jugando al fútbol, lo de enseñarte a cantar y a tocar la guitarra, los sábados de pizza casera y película, la colección de mariposas, las lecturas de Dickens y Gloria Fuertes,…no sé, tendrás que decir tú si fue un buen padre o no, pero a mí me lo parece. ¡Sí, sí! Recuerdo muy bien todos esos momentos, casualmente yo estaba allí, y tú no. Tú estabas bien muerta ¿Qué quieres decir con eso, Aloísio? ¡A ver si voy a tener culpa yo de morirme tan pronto! De la risa, joder, te moriste de la risa. Es ridículo, reconócelo. Lo cierto es que siempre fuiste demasiado risueña, Daniela, jaja. Cállate, Rodrigo. Menuda broma más tonta. Bueno, mejor no te calles, y cuéntale al muchacho por qué te dio por llamarle como un personaje de Mortadelo y Filemón, en vez del homérico Héctor que habíamos elegido. De acuerdo. Pues allá voy. Verás, hijo mío, resulta que yo era un gran seguidor del Fútbol Club Barcelona a finales de los años ochenta. Empezamos de puta madre. Cállate, merluzo, y déjale hablar. El verano de 1988, tras unos años de crisis deportiva y social, se fichó como entrenador a Johann Cruyff, y ya sabéis que esto cambió la historia del Barça. Ese mismo verano llegó al equipo un central brasileño, Aloísio Pires, que incluso fue capitán durante un partido, algo que nadie se explicó en su momento, porque el pobre Aloísio tampoco es que destacara sobremanera. Si afinas el oido cerca de uno de los córneres del Camp Nou, creo que en el fondo norte, aún puedes escuchar ese velado murmullo de inquietud que sobrevenía a los culés cada vez que este hombre tocaba el balón. Estuvo dos años más bien grises en Barcelona, y luego se marchó al Oporto, donde se convirtió en una auténtica leyenda. El peor partido de Aloísio con la camiseta azulgrana fue un cuatro a cero que nos metió el Atletico de Madrid en la vuelta de los cuartos de final de la Copa del Rey. Créeme, no he visto una defensa tan mala en mi vida, parecía que los centrales iban a invitar a unas cañas a Futre y Baltazar cada vez que pisaban el área. Este despropósito se celebró el 12 de abril de 1989. Sí, cuatro días antes de que tú nacieras. Ahora, Aloísio, hazme el favor y mira a esta mujer que tienes al lado. Mira a tu madre. ¿Ves esos ojos, de un color parecido al regolito lunar? Por suerte se han mantenido en almíbar en este sitio, tal como eran cuando algún bromista cruel se los robó al planeta Tierra. Mira sus cabellos, que dan la impresión de ser ingrávidos, y que fueron moteados por hilos dorados en algún momento del verano que pasamos en Tenerife en el 85. Mira su nariz romana, con el mérito de ser más poderosa en la derrota que en la victoria. Mira su aura color berenjena, capaz de embriagar a los grillos. De su boca esculpida para sonreír y de sus mejillas que se arrebolaban con tanta facilidad te hablaré en otro momento, si te parece.  Quiero que entiendas que para amar a esta mujer con una locura inofensiva y artística solo hacía falta seguir la línea de puntos. Pero no pretendo, no lo pretendo, en serio, que comprendas lo que sentí cuando, aunque ya lo sabía porque mi ser lo había presenciado, el Doctor Calderé me confirmó que Daniela estaba muerta. Quizá en la eternidad podamos ser sinceros. En ese momento, hijo, te odié. Sin reservas, sin matices, te odié. Te quise muerto en vez de Daniela. Si hubiera estado a solas contigo, no sé lo que hubiera pasado. Fueron treinta horas de lágrimas corrosivas, de luces rojas que parpadeaban, de susurros demoníacos, de barro vital, hasta que llegó el momento en que tuve que ir al registro civil, a anunciarle al mundo que existía un nuevo heredero. Maldito Héctor, maldito Héctor era lo que me repetía durante todo el camino. Tuve que esperar durante una hora mientras el giradiscos que radiaba mis pensamientos seguía atrincherado en ese bucle extraño. Pero al llegar mi turno llegó también la grieta en la neblina. No sé por qué, en el momento en que la funcionaria me preguntó el nombre del recién nacido, me vino a la mente la imagen de ese brasileño tan malo que jugaba en el equipo de mis amores, y que unos días antes había cometido un auténtico futbolicidio. Inconscientemente, comencé a derivar mi odio feroz de ti a él. Con el río bifurcándose fue llegando, también, el agua limpia a mi consciencia, lo que me permitió tomar una decisión, la que aquí y ahora estamos debatiendo: estaba dispuesto a que eso que iba a hacer fuese el punto más álgido de mi odio hacia ti; que con mi acto, con el acto de llamarte no Héctor, sino Aloísio, como el futbolista, se erigiese una presa que impidiera el paso de cualquier sentimiento negativo hacia ese bebé recién nacido que me iba a necesitar tantísimo a partir de entonces. En definitiva, te llamé Aloísio para no tener que odiarte nunca más. Mi intención era no destrozarte la vida con un odio diario que me daba terror no poder frenar. En esta sala, pintada con unos colores que nadie puede describir porque jamás han existido, me doy cuenta de que probablemente cometí una equivocación y al final terminé destrozándote la vida igualmente. Por todo eso, te pido perdón, hijo. Muy bien, ¿ya has terminado? Sí, ya he terminado. Vale, papá, mamá, señores del comité, ahora necesito estar a solas un rato. 

Guillermo Conde

Míster Saturno

«Justicia sin misericordia es crueldad»

Santo Tomás de Aquino

Todos los domingos iba a al cine con mi amigo el gigante. A decir verdad, tampoco era mi amigo, sino que aquella relación nació fruto de un acuerdo entre nuestras respectivas madres: El gigante, que además era ciego, por fin tenía alguien con quien salir a la calle, ya que su madre, aunque lo quería mucho, estaba siempre en cama con dolores en los huesos. Mi mamá, por otro lado, conseguía que su hijo el canijo, el feo, el solitario, abandonase por unas horas la casa para, de esta manera, poder recibir a alguno de sus romances. Así que a la fuerza nos tuvimos que juntar.

No me cayó bien desde el principio. Apenas hablaba, porque yo creo que apenas sabía hablar, y no conocía ni a Jim Carrey, ni a las Spice Girls, ni Bola de dragón. En el camino al cine nos veían los muchachos del barrio y se reían mucho de nosotros. “La rata y el monstruo”, gritaban, y nos lanzaban unas piedras enormes que siempre daban al gigante por una cuestión puramente física. Él callaba y seguíamos caminando.  Yo le llevaba bien agarrado, porque no podía ver nada, ni siquiera figuras borrosas. Alguna vez estuve tentado de dejar a ese mamotreto en mitad de la calzada para ver si le atropellaban, pero luego pensaba en la bronca que recibiría al volver a casa y que el gigante se hubiese muerto por mi culpa. Era un problema ir al cine con él, porque al ser tan grandote tapaba la pantalla a los de detrás, que se quejaban fuertemente, así que teníamos que sentarnos en la última fila y yo, que era muy miope y siempre me dejaba las gafas en casa, solo veía nubarrones y no podía disfrutar a gusto de las muecas imposibles de Jim Carrey o de los escotes de Cameron Díaz. Al otro le daba igual dónde sentarse, era ciego.

Un domingo cualquiera, en vez de al cine, fuimos a la feria. Había atracciones, parrilladas que impregnaban todo el recinto con olor a gallinejas, y tenderetes con pulseras y colgantes. Nos llamó la atención una pequeña carpa con un letrero de madera que exhibía un escueto “Míster Saturno”. Entramos. Sentado tras una enclenque mesita estaba un hombre gordo con trenzas en la barba, túnica de colores chillones y un sombrero coronado por una bola morada. Nos dijo que por trescientas pesetas nos concedería un deseo. Yo tenía seiscientas y el gigante, como siempre, no tenía ni un duro. Avaro, decidí pedir mi deseo y el resto guardarlo para comprarme un helado de pistacho. Tenía que formular lo deseado en voz alta y después pronunciar un ¡Shazam! A mí, de lo hartito que estaba del gigante, sólo se me ocurrió pedir una cosa: No volver a verlo nunca más. ¡Shazam!

—————-

Han pasado treinta años y aún recuerdo con horror el despertar de la mañana siguiente: La voz de mi madre gritó a través de la puerta que ya era hora de levantarse para ir al colegio. Yo estiré mis extremidades y promulgué un sonoro bostezo, tan propio de un lunes por la mañana. A continuación, rompiendo el muro de las legañas, abrí los ojos muy despacio. El primer pensamiento fue que había tenido un despertar fallido y que seguía soñando. Volví a cerrar los ojos y los volví a abrir. Nada. Quizá tenía demasiadas legañas, así que froté con fuerza ambos ojos con las manos. Tras el quinto intento, empecé a constatar algo que no ha cambiado en las siguientes tres décadas: Estaba ciego.

He recorrido el mundo a oscuras buscando a Míster Saturno, para pedirle cuentas por castigar tan duramente a un niño enfadado, rabioso, y con tanto que aprender en la vida. Sortear caminos empedrados, pueblos malditos y montañas nevadas y tenebrosas no ha sido tarea fácil al carecer de visión. Pero me he dado cuenta, y doy gracias, de la suerte que he tenido al tener siempre a mi lado, guiándome, inquebrantable, compresivo, maestro en las tinieblas y en los contratiempos, a mi buen amigo el gigante.

Guillermo Conde

El «tratrá»

«Quienes no se mueven no notan sus cadenas»

Rosa Luxemburgo

Cuenta la abuela de Virginia que, en el año 2018, se pudo ver al “tratrá” gravitando por toda la península. De norte a sur. Desde Dragonera hasta la antigua Portugal. La abuelita cree que pudo cruzar el Atlántico e incluso regar el Ganges. De repente empieza a balbucear y a contradecirse a sí misma. Se pone a llorar. Virginia se estremece porque parece que su abuela ha olvidado gran parte de su vida de golpe. Pasada media hora, al fin consigue invocar un vago recuerdo del “tratrá” haciéndola saltar más alto y gritar más fuerte. Todo borroso. Menos mal que una vez a la semana va a visitar a la abuela otra vieja que se llama Simona, y así Virginia puede preguntarle por el “tratrá”, porque Simona tiene la cabeza un poco mejor y sabe historias de la época.

La propia Simona, con diecisiete años, queda con Pucho, que estudia derecho. No son novios, pero se acuestan después de ir a los cines Renoir los viernes por la noche. Todo lo que Pucho tiene de estudioso lo aniquila con ser un burro, y mientras es un burro del tipo encantador a Simona le gusta, pero hay veces que ese Pucho no rige, en serio. Simona ha aguantado durante mucho tiempo las estampidas verbales del protoletrado con esperanza de que algún día frenen. Pero resulta que la esperanza a veces lleva una máscara que tapa su verdadero rostro, y la de Simona, debajo del disfraz, esconde una nube de “tratrá” que al liberarse incita a la muchacha a soltar un “ahí te quedas” en su último encuentro con Pucho. 

Luego está la concejala Juana Lobo, de los populares, que siente el “tratrá” en las fiestas de Leganés del 18. Junto a Juana está el alcalde Óscar Medina, que lleva toda la noche preguntándole si quiere ser teniente de alcalde, mientras ella nota el negro aliento del político en su oreja derecha y un dedo dibujando círculos en su espalda. Este individuo lleva seis años en el cargo y gusta de engolar la voz como un locutor de radio. También tiene las manos rápidas y largas, que no duda en utilizar para construir un rascacielos de falsa hombría y dominancia. Esta noche pretende que Juana sea un ladrillo más del edificio. Ella, que ya tiene lo suyo con Paco en casa, sufre un orgasmo de hartazgo y sale corriendo hacia los chiringuitos de las fiestas con la determinación que precede a algo serio. Calmada pero furiosa, la única duda que alberga es si va a usar el palo del churrero contra el alcalde y la escopeta de feria contra Paco, o viceversa. Fácilmente consigue las inesperadas armas y, vaya que sí, está dispuesta a utilizarlas, pero algunas personas neutralizan a Juana Lobo cuando está a punto de arrear a Medina con el palote incandescente. Tras el incidente es expulsada del partido, pero la ya ex concejala habla. Habla del “tratrá”, del rascacielos y de la justicia. Su mensaje cala, y dos años después podemos verla siendo investida alcaldesa de su ciudad.

Es curioso el caso de las hermanas Flora y Rosa Curado, que ocupan las celdas 68 y 77 de Alcalá Meco, respectivamente. Ellas no se encontraron con una turba de personas cuando a ritmo de “tratrá” iban a mutilar a Andrés Obrador, que había violado a María, la tercera hermana. Como en el presidio no tienen mucho que hacer, se dedican a leer y a pensar sobre el “tratrá”, y hasta escriben sobre ello. En Alcalá Meco se rumorea que el editor Pablo Belano está dispuesto a publicar muy pronto el ensayo “Una celda propia”, escrito por Flora.

María Curado pisa poco la calle. No puede evitar sentir que todo el mundo la mira cuando sale a comprar algo, o cuando toma el bus para visitar a sus hermanas en la cárcel. ¿Será que, detrás de todas las muchas palabritas de consuelo que ha recibido tras aquello, hay un telón que cubre una escena en el que la culpan a ella de todo? La duda se inmiscuye en su lectura de “Una celda propia”, pero María siente que, conforme va pasando páginas, el mundo se va haciendo más grande. Gracias al libro comienza a entender. Comienza a sentir el “tratrá”, mientras va deshaciendo lentamente la bolita en la que se había convertido.

Cuando Simona cuenta estas historias la abuela de Virginia muchas veces se desconecta y cae en la trampa del olvido. Simona se medio enfada con ella y le dice: “¡Hay que ver, Rosalía, tú que descubriste el “tratrá”, e incluso fundaste el partido Tratrista, y ahora me vienes con estos lapsus!”. La abuela se sumerge en una especie de trance y solo repite: “Yo…tú…nosotras…”. Virginia le echa una mantita encima. Teme que no le quede mucho en este mundo. 

                Guillermo Conde

Aerorretrato

“Lo hice por diversión.”

Amelia Earhart

Algunas veces me veo capaz de atracar una floristería y robar 350 orquídeas azules para la mujer a la que amo. De hacerle un puente a un Boeing 747, ponerlo a volar y alzarlo hasta que nace la gravedad cero y yo floto como nadando en un lago perdido de los Alpes. En ocasiones veo posible fundar un estado en el que mi escritor favorito es un dios, y en el que lo primero que hacen los niños al nacer no es llorar, sino entonar perfectas melodías de esperanza. Por las noches imagino que inicio una guerra entre ‘quieros’ y ‘puedos’, fantaseando con que se matan entre ellos para dejarme por fin a solas con mis actos.  Deseo evitar que la depresión pinte de gris las fachadas de los edificios, las frases que pronuncian los seres que me rodean, los semblantes de las esculturas del museo o un amanecer de lunes otoñal. No quiero creer escuchar un acorde desafinado en una sinfonía de Mahler dirigida por Leonard Bernstein. De vez en cuando pienso que soy apto para recordarme a mí mismo que no necesito arrancar ese avión 747, sino que yo mismo puedo mutar y sentirme un avión que planea campos de miedo regados por lágrimas derramadas por ese que está dentro de mí, rodeándome, invadiéndome, molestándome; ese del que reniego, sobre todo, cuando se me pierde la balanza entre facturas y relojes.

Lo haré. Lo haré o seré cobarde -aún me estremezco con un saltamontes, con una mala palabra, con el rechazo-. Lo haré o no seré -esas ausencias, tantos abandonos-. Lo haré o seré mucho de mí mismo -una bañera que se desborda cuando sumerjo en ella mi arrogancia-. Lo haré o moriré -aunque cobarde-.

Y mientras oigo batir las alas de esta duda cada vez que abro una puerta o una ventana, yo sólo espero seguir rechazando el asedio de las respuestas frías con más preguntas calientes. Por el contrario, no me reconozco en el seguir siendo, en el ser, en el haber sido, en el poder ser, en el ojalá ser… aspectos que suponen para mí algo imposible de desglosar, como esos vinos en los que sólo el enólogo más fino puede adivinar el ‘bouquet’ al pasar sus narices por la copa de cristal austriaco. No tengo intención de conocer los misterios del vino, así que prefiero quedarme con la duda mientras intento manejar este avión.

           Guillermo Conde