
Intentaba yo caminar con el pecho erguido, con ocho o nueve años, porque me creía el inventor de un mundo llamado Albanta. Vale que el hombre del cassette, ese Aute o Flaute o Flauta, tomaba prestada mi Albanta para sus conciertos y así recibir aplausos y dinero y chicas; cosas que, por entonces, a mí no me interesaban ni un poco. Pero, ¿quién sino yo, niño cagueta, idearía un mundo como aquel, donde no existían los monstruos ni los fantasmas? ¿Quién no necesitaría gente a su alrededor que le mandase y regañase, salvo aquel niño sin travesuras que yo me jactaba de ser? Estaba seguro de que nadie más, aparte de mí, era capaz de bañarse en aquel mar que no era azul, volar tan rápido como las palomas de escarcha, o imaginar como yo, también niño algo pedante, era capaz de imaginar. Campeaba Albanta a mi antojo, y solo una pequeña parcelita, casi en los límites de Albanta y que nunca había querido visitar, se la dejaba al cantautor.
No conocía el aspecto del tal Aute. Sabía que era muy viejo porque toda la humanidad, menos yo, lo era; pero más allá de ese detalle, nunca me preocupé de ponerle cara. Le cedía un poco de mi Albanta y ya está. A pesar de esta indiferencia, que creía mutua, en el fondo tampoco me desagradaba del todo escuchar, en aquella cassette que tanto y tan alto cantaba mi bella madre, la manera en que Aute sacaba provecho de mi mundo. Empleaba una guitarra melodiosa, sencilla y ágil, y con ella mecía una voz que, al templarla tan cálidamente, parecía dispuesta a dar ánimos o algún consejo de utilidad, como si fuera un colega cualquiera del barrio. A Aute no le veía con ganas de tratarme como un niño y aquello, más allá de nuestra relación estrictamente profesional, fría y distante, a mí me molaba mucho.
Decidí que yo también merecía ser famoso con Albanta, así que un día aparecí en el colegio con mi walkman y la cinta de cassette que, con mil condiciones y alguna que otra amenaza, me había dejado mi madre. Pensaba que ipso facto me convertiría en el rey del patio. Fui directamente al chaval más popular de la clase, le puse la canción de Aute y le dije que ese mundo tan chulo lo había creado yo y se llamaba Albanta; se asombró, ciertamente, pero luego cometí el error de asegurarle que Albanta era mucho mejor que el planeta Namek de Bola de Dragón, y el popular de la clase, que además era un matón, me arreó un puñetazo. A partir de entonces ya nadie me hizo caso. Aute triunfaba con mi Albanta y yo empecé a cogerle mucha tirria porque quería sacar tajada de aquel éxito y me era imposible.
Mi enfado llegó al extremo cuando me enteré, por medio de una amiga de mi madre que era la mayor fan de Aute, y además la mejor vidente de todos los tiempos, de que había otra persona que se atribuía la invención de Albanta. ¿Su nombre? Pablo. Pablo Aute. Al principio pensé que era una pamplina, que aquella bruja buena y poderosa me estaba chinchando. Pero al poco no lo juzgué tan descabellado y me dije: ¡qué casualidad! El hijito de Aute quería subirse al carro del éxito que me pertenecía, y seguro que su papá cantor le apoyaba en la batalla que él y yo estábamos destinados a tener. Me preparé. Escudo romo, yelmo, venablo y espadón. Tendría que atacar yo: obligar por la fuerza a los Aute a que me devolvieran mi Albanta, todo mía, solo para mí. Por entonces no sabía que era niño hecho para sufrir la guerra, no para hacerla. Demasiado pronto expiró mi sueño de batallar y tuve miedo, sobre todo de perder, ya que la muerte no existió para mí hasta mucho tiempo después; miedo de hacer el ridículo y de lastimarme y tener que ir al hospital, que para los niños es peor que la tumba para los mayores; miedo de que mis padres se enterasen de que estaba en un buen lío. Así que decidí, con los lagrimones cayendo sobre el colacao de la tarde, abandonar Albanta a una suerte que, tenía la sensación, iba a ser como la mía, o sea nefasta.
El periódico de los domingos era mi favorito porque traía el suplemento. Y en el suplemento no había noticias malas, cosa que agradecía tras el disgusto de tener que abandonar Albanta; si acaso, se encontraban noticias aburridas o de pensar mucho o directamente de no entender yo ni papa de lo que decían. Pero malas, nunca. Salvo aquel día. Recién desayunado miré la portada del suplemento que mi padre había traído y me encontré, en portada y a todo color, el retrato de un señor que, gracias a las cuatro letras que lo acompañaban, supe que era aquel que me caía peor que el mismísimo demonio: Aute. Así que así era. Qué poco amenazador, pensé. Tenía la boca metida para dentro y una nariz redonda como la de un dibujo animado; destacaban sus gafas enormes, el pelo cayéndose por las orejas y unas arrugas que le recorrían, en transversal, toda la cara. Cuánta rabia me dio ver que llevaba barba, algo que creía exclusivo de mi padre. A pesar de este aspecto nada impresionante, yo seguía teniendo miedo: niño cagueta pensó tirar bien lejos el suplemento y salir al parque a jugar, que es lo que debería estar haciendo en aquel momento. Era un abril de los soleados y nada, ni nadie, me impedía salir de casa. ¿Por qué no tiré el suplemento a la basura? La razón principal es que, al ser un niño muy enemigo de las travesuras, aburridillo, ¿cómo iba yo a tirar algo nuevo, recién comprado? Vaya bronca me echarían. Segundo: tenía los dedos pegados a la revista igual que, por lo manazas que era, me ocurría cuando hacía recortables. Lo de abrirla debió ser algo instintivo. Traspasé el umbral de la portada sin darme cuenta de nada; obvié el sumario, el editorial, el primer reportaje, que era sobre algo entonces desconocido para mí como Filipinas; luego una entrevista a un político con una mancha en la calva y cara seria, Gorbachov, un par de páginas con recomendaciones literarias, y una página entera de publi de unos grandes almacenes. Y así me planté en el mismo corazón del suplemento, y vi que me encontraba a las puertas de las cuatro o cinco páginas que estaban dedicadas al que creía yo mi peor enemigo. «Vuelve Aute», rezaba el título. La introducción, que parafraseaba a una escritora llamada Rosa Montero, le presentaba como el cantautor más guapo de su generación. Escritor, compositor, cantante y pintor. Explorador de nuevos límites, un verdadero artista a la búsqueda de ese algo fugitivo, de la belleza que siempre se nos escapa. Un glorioso culo inquieto. Eso decía Rosa Montero. Después venía la entrevista, a propósito de la presentación del nuevo disco y el nuevo libro de Aute. Demasiadas letras juntas, otra foto suya, esta vez tocando la guitarra, y una frase resaltada que decía: «El sexo es el motor del mundo. El amor, un invento para huir de la muerte». No entendí nada. Siguiente página. Más preguntas y respuestas, largas por lo general, que no me paré a leer. Al menos estaba aguantando el tirón con cierta valentía, y tuve ligeras ganas, incluso, de retomar mis planes guerreros. Hasta que, de la mitad inferior de la página 36, me llegó a los ojos una pregunta que destacaba sobre todas las demás, y que acabó desarmándome. Esta pregunta era: «¿Señor Aute, qué significa Albanta?»
Fue imposible ignorar la respuesta de Aute, aunque yo ya estuviera conquistado por el miedo. Era una parrafada larga que comencé a leer, para mi sorpresa, con la cautela del soldado experimentado: «Albanta no quiere decir nada —pude leer—. Surge de un pequeño poemita escrito por mi hijo, que ahora es mayor pero entonces tenía ocho años. Decía lo siguiente: “Las alas del agua vuelan por los ríos de Albanta…”. Y entonces le pregunté que qué significaba “Albanta”, y me dijo que no significaba nada, que era una palabra inventada. En todo caso, era como un paisaje. Entonces a partir de esa palabra, escribí la canción. Empecé a darle vueltas a la palabra y pensé que Albanta podía ser un tiempo, un espacio, una situación totalmente en sentido contrario de la realidad que se estaba viviendo. Albanta era donde uno podía poner en práctica los sueños, de alguna manera.» Remataba Aute su respuesta diciendo que la infancia es crear el universo. Cerré el suplemento y me eché a llorar.
Lo primero que sentí fue el peso de la derrota. Lloraba porque pensaba que cuando te derrotan por primera vez nunca más dejas de estar derrotado. Eso de que yo no había inventado Albanta iba tomando cada vez una forma más concreta, tanto que hasta parecía cierto. Después, cuando se me pasó un poco el soponcio, me puse a echar cuentas: Pablito, según su padre, era ya mayor, pero cuando inventó Albanta tenía ocho años. Yo tenía entonces ocho o nueve años. Eso quería decir que si era cierto lo que decían los Aute, Albanta había sido erigida incluso antes de nacer yo. La matemáticas se me daban muy bien, para mi desgracia en este caso.
Si, por lo visto, yo no era el inventor de Albanta, por lógica esta tampoco me pertenecía. Pero me encontraba en ese estado de furia en el que pensamos que tenemos derecho a tomarlo todo de cualquier manera, ajeno a las propiedades y los derechos. Así que, con una negra valentía, decidí ir a la guerra. Estaba dispuesto a emplear cualquier táctica conocida, aunque fuese falsa, sucia, cobarde, innoble. Aquel niño, tan templado hasta entonces, hervía de venganza y de celos. Me armé y tomé rumbo a Albanta decidido a reconquistarla por todos los medios.
Cuando llegué no me fue difícil entrar y me sorprendió lo tranquilo que estaba todo; es más, parecía exactamente igual que como la había dejado. Por lo menos Aute no lo había puesto todo patas arriba en mi ausencia. Mis montañas de arenas roja, mis ríos de flash, mis cromos de futbolistas gigantes, mi arboles de caramelos toffee; todo eso seguía allí. Recorrí entera Albanta para comprobarlo. Sin duda era mi Albanta. Pero tras mucho caminar, de pronto llegué a un lugar en el que jamás había estado. En una esquinita, chocando con las paredes turquesa de Albanta, se alzaba una cabaña. Vi como de la chimenea no salía humo, sino música. Reconocí la voz que cantaba y me encolericé, porque sabía que era la de mi enemigo, Aute. Aquella era su parcelita, la que en su día le había cedido. Llegué al portón corriendo y le di de golpetazos con ambos puños. Oí unos pasos acercarse rápido y el chirriar de la puerta que sonó a un acorde mayor de guitarra. Y enseguida me encontré ante el rostro, ahora sonriente, que había descubierto hacía nada en el suplemento del domingo. Me saludó cantando:
—Hola Guille, amigo.
—No soy tu amigo. Guille solo me llaman mis amigos —dije, intentando agravar mi voz de pito con el deseo de infundirle temor.
—¡Vaya! Eso podríamos arreglarlo. —siguió cantando él. No se le iba aquella sonrisa que a mí ya me estaba poniendo de los nervios.
—¡Nunca seré tu amigo! —grité—. He venido a echarte de Albanta.
—Pero Guille, si aquí hay sitio para todos. Mira, yo solo ocupo este espacio pequeño. —El humo de la chimenea acompañaba sus palabras cantadas—. Verás que mi cabañita está apartada y no molesta a nadie. Un poco más allá está el jardín de Pablo, pero él dice que tampoco necesita mucho espacio…
—¿Cómo? ¿También está Pablo por aquí?
—Sí, compañero. Pablo, y también Laura, Miguel, y muchos más… Por ejemplo, allá a lo lejos, en el norte, puedes encontrar el campo donde mi amigo Silvio corre con un unicornio muy raro. Esto está lleno de gente. Lo que pasa es que nunca antes habías querido, ni necesitado, encontrártela.
—¡Pues quiero que os larguéis todos! ¡Vamos! —ordené—. ¡Ya sé que yo no inventé Albanta, pero ahora la quiero y es mía!
Aute se silenció unos segundos, pensativo. Luego entonó:
—Guille, creo que te equivocas, pero no del todo, en una cosa y aciertas, pero no del todo, en otra.
—¡No entiendo lo que cantas, viejo! —Le hablaba como jamás me hubiera atrevido a hablarle a un mayor. Y por ello me sentía poderoso.
—Te pido que me escuches solo un momento. Luego me callo y si sigues pensando lo mismo, recojo mi cabañita y te dejo en paz.
De una de las ventanas salió volando un arpegio de piano. Me pareció tan delicado que tuve que alzar la mirada para asegurarme de que no se disolviese con el viento. Esto me hizo bajar la guardia y perdí la fuerza que sentía hacía un instante. No pude replicar a Aute, que continuó con su canto:
—Para empezar: dices que no has inventado Albanta. Podría darte la razón porque es cierto que el nombre de Albanta se le ocurrió a mi hijo Pablo. Pero, como puedes ver a tu alrededor, todo menos esta cabaña, que hasta el día de hoy no habías descubierto, ha salido de ti mismo. ¿Sabes por qué puede ser eso?
—Repito: no comprendo nada de lo que me hablas, o me cantas, tío raro… —respondí.
—¡Je, je, je…es fácil si lo intentas! Verás, es normal que a tu edad lo quieras todo para ti. ¿Sabes cómo se puso mi hijo Pablo cuando le dije que había compuesto una canción sobre Albanta? Lejos de alegrarse, ¡me prohibió que la cantase! Al principio me sorprendí, pero luego comprendí su enfado: tenía miedo de que, al conocerla mucha gente, dejase de poder jugar en ella, inventar cosas, o simplemente poder pasar en Albanta las horas muertas. Le dije que no se preocupase, que iba a poder seguir como antes, siendo Albanta solo suya, si es lo que él quería. Pero le ofrecí otra posibilidad: compartir Albanta con los demás. Podría ser divertido. Él, a pesar de no estar del todo convencido, fue aceptando poco a poco. Invitó a una persona, luego a otra, a un grupo de chavales, a unas ancianas…; también nos dedicamos a preparar Albanta para que niños y niñas como tú la descubriesen, y la hiciesen suya. Guille, a la pregunta de si inventaste Albanta es difícil responder, pero sí que estoy seguro de una cosa: tú la descubriste.
Durante todo ese rato no había podido apartar los ojos de mis pies, que en Albanta siempre estaban descalzos. Intenté decir algo, pero notaba que cualquier idea o reproche que intentaba sacar de la boca, mi cuerpo quería hacerlo cantando. Así que por miedo a que Aute se riese de mí, seguí callado.
—Respecto a si Albanta es tuya… —continuó Aute—. Te diría que tampoco lo sé. En el mundo real parece que solo importa si algo es tuyo o es mío o de nadie. Aquí no importa nada eso. Puedes decir que esta es tu Albanta, por qué no. Pero hay muchas más. Millones. Está la de Pablo, la del unicornio, la tuya, la mía, y la de todos… Tú, sin ni siquiera desearlo, incluso aborreciéndolo, me cediste esta parcela de tu Albanta. No sabías por qué, pero lo hiciste. Me gustaría que dejases enseñarte que no pasa nada por haberlo hecho y por seguir haciéndolo, porque aquí hay sitio para millones de parcelas como esta. Y puedes, en cada momento, ceder a los demás la porción que quieras; esa es tu decisión. Pero si lo haces, te repito lo que le dije a mi hijo: ¡Compartir Albanta puede ser muy divertido! ¿Qué hay más importante que eso?
Ahora sí quería hablar, aunque no tenía ni pajolera idea de lo que decir; pero estaba seguro de una cosa: ya no había reproches, ni enfado, en mi boca. Ni siquiera me importaba que tuviera que hablar cantando, como parecía que solo podía hacer. Para no aturullarme, me centré en la última pregunta que Aute me había formulado: ¿qué hay más importante que eso? Y me dispuse a responder: nada. Un “nada” cantado. Un nada lleno de “síes”, de “adelantes”, de “por qué no”. Abrí el pico para cantar como la paloma de escarcha que estaba sobrevolando mi cabeza cuando, ante mis propios ojos, el cantautor Luis Eduardo Aute expandió aún más su sonrisa y se desvaneció. Y yo también me desvanecí, de Albanta. Desperté.
Me había quedado dormido sentado, tendido sobre la mesa del cuarto de estar. Noté que tenía algo pegado en la cara, levanté la cabeza y me lo despegué: era el suplemento. Mi mirada difusa, de sueño todavía fresco, no podía enfocar ninguna palabra de las culpables de aquella siesta. Volví a dejar el suplemento sobre la mesa y fui al baño a mear. Al entrar y mirarme en el espejo, a pesar de que mi vista no estaba del todo aclarada, observé que tenía una especie de manchurrón negro en la cara. Me acerqué. Parecía tinta. Me acerqué otro poco más. Un momento, no era una mancha. Eran letras pequeñitas. Me acerqué tanto que mi nariz casi chocó con el espejo, deseando leer. Lo conseguí después de cerrar uno de los ojos. Mi cara manchada, que había sudado durante el sueño y había obligado al suplemento a desprenderse de aquellas letras, que formaban palabras, que formaban una frase que gracias al espejo podía leer, decía: La infancia es crear el universo.
Puede que yo no inventara Albanta, pero sí que la descubrí. La he seguido visitando desde entonces y he tenido muchos encuentros con Aute; cierto que cada vez con menor frecuencia, con menor imaginación, menos colores, menos pájaros en la cabeza y más preocupaciones y dolores en las articulaciones; pero siempre han sido viajes de la misma intensidad que cuando solo era un niño egoísta. La infancia es intensa y poco más, el resto se va construyendo en armonía con el tiempo. Yo fui aceptando, poco a poco, gente en mi Albanta. Primero, cómo no, a Aute; luego a Pablo, que se hizo buen amigo mío; después a Silvio y al unicornio azul, y tras estos a los niños y niñas de mi cole, a mis padres, a la bruja poderosa, a la gente que escuchaba las canciones que yo mismo componía, a la que leía mis cuentos, a mis amadas, a mi familia y a mis enemigos también, a los desvalidos, a los necesitados… Acabé intentando invitar a todo el mundo. Aute y su hijo Pablo dejaron Albanta allí, en mitad del camino que lleva al futuro, para que yo la fuera descubriendo a mi ritmo, no solo de niño, sino a lo largo de toda mi vida; incluso, después de mi muerte. Y en esto Eduardo se nos ha adelantado a Pablo y a mí. Si me leyera, cosa que dudo porque, ¿para qué leer en un lugar como Albanta, donde las letras son nubes y batidos de chocolate?; pero si por algún casual Eduardo lo hace, me lee, yo solo quiero decirle: Oye, ya me contarás qué tal se está por allí, ahora que puedes recorrer durante todo el santo día los campos de esa Albanta tuya, y de Pablo, y mía, y de toda la humanidad y de todo el universo; ¡por fin!, por fin puedes hacerlo con la plenitud de tus sentidos y la cantidad infinita de tu tiempo.
Guillermo Conde