
«El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos»
William Shakespeare
Jonás acaba de despertarse porque en sueños le ha venido a visitar un recuerdo perdido de su infancia: la mejor amiga de su madre, que fue una bruja buena, un día, pero solo uno, perdió la cabeza y le dio por augurar las muertes de todas las personas que pillaba a su paso. A su propio marido le aventuró que lo mataría ella misma, y a la madre de Jonás solo tuvo que decirle: «cáncer». A él, que todavía era chiquito, cuando se lo cruzó le auguró una muerte novelesca, aterradora y bíblica, en fin: sería devorado por una ballena. Como Jonás nunca había pisado el mar y tampoco tenía intención de hacerlo, por ser de secano y poco dado a las aventuras, ni siquiera se asustó y pronto lo olvidó todo. La bruja volvió a ejercer de bruja buena y jamás volvió a predecirle más muertes ni a él ni a nadie.
Ahora Jonás, en su desvelo, hace balance. Que él sepa, ninguna de las predicciones de la bruja se ha llegado a cumplir: su madre murió hace dos años de un derrame cerebral, el marido de la bruja todavía sigue vivo y él, Jonás, por el momento también. La bruja. Ella sí que murió. Y lo hizo sin desvelarle a nadie que el acceso de locura de aquel día no fue tal. Que solo se dedicó a lanzar falsos augurios, de manera aleatoria aunque con mucha intención, jugando, por qué no decirlo. La bruja sabía que daba igual si a la madre de Jonás le decía «cáncer» o «derrame», si a su marido le pronosticaba un asesinato o un atropello de camión, y si a Jonás, todavía un niño, le desvelaba que sería pasto de ballena o moriría al explotar su cohete rumbo a Marte o se caería de una moto; ella sabía que, sin excepción, todos habrían interpretado como igual de improbables cualquiera de las muertes que les hubiera augurado. Porque no hay nada tan lejano para los seres humanos como la muerte, a pesar de que algunos dioses y todos los animales piensen lo contrario. Pero ese es otro cuento. Lo más importante ahora es que Jonás vuelva a dormirse, que intente descansar, a pesar de los ecos y los goterones que suenan tan fuerte en las tripas de la ballena blanca que se lo ha tragado.
Guillermo Conde