
«Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado»
Friedrich Nietzsche
«El mayor miedo de un guitarrista de rock no es la guerra, sino que se le rompa una cuerda en mitad de una actuación. El mayor miedo de un cantante de rock, soltar un gallo que le deje en ridículo delante de los fans que tiene entregados en la primera fila. El mayor miedo de un baterista…no, un baterista nunca tiene miedo. O al menos no lo demuestra. Nadie habla de los bajistas porque nadie quiere saber cómo son y a qué se dedican —poco interesantes, mustios, solo saben tocar las tónicas, nunca hablan—. A pesar de esta ensalada de caracteres, los integrantes de una banda de rock tienen algo en común: todos ellos son imbéciles. El rock tiene la verdad siempre a flor de piel. Te da en las narices con ella. ¡Está ahí! ¿No la veis? Qué pena que los rockeros siempre estén demasiado distraídos para encontrarla. Dan vueltas y vueltas. Se mueren —generalmente antes de tiempo— mareados, centrifugados y secados. Lavadoras.
»La música pop es de la gente y para la gente. No de los músicos y para los músicos. Consiste en adaptarse, sin remisión, a lo que un número amplio de personas, pongamos un mínimo de 50.000, tiene ganas de sentir. Lo que les salga de las narices, el músico de pop se lo da, generoso, abnegado. Es un mártir de la música. Y otro pedazo de imbécil. Su carrera consiste en renunciar continuamente al YO, como diría ese maniaco, Freud, dentro de unos años.
»El jazz y el blues: casos peculiares. Son sinceros y auténticos aquellos que lo hacen —no puedo negarlo—, pero piensan muy mucho en pequeño. Cuanto más enano el cubículo que mendigan para actuar, más cachondos se ponen. Cuanto menos haya para elegir, con vistas a practicar el sexo, entre la concurrencia, más cachondos se ponen. Como piensan así lo mejor es que no molesten y se queden en sus antros llenos de ratas, que invierten lo poco que ganan en luces de neón y strippers, no en altavoces o en un piano decente. Otros ya alcanzarán la auténtica grandeza, la que disfrutan los seres humanos y Dios de la misma manera. ¡Infelices pentatónicos!
»¡Ah, los cantautores! Pero si son la nada más absoluta. Miren, este silencio me aporta algo mucho más intenso que su combinación de gorgoritos y acordes mal tirados y vagos:
¿Y a estos mequetrefes quién les ha dicho que les vale con una guitarra y con cuatro tristes versos para emocionar, para llenar una sala, aunque sea pequeña? Pero ¿quién les ha dicho que son poetas? ¡Farsantes! ¡Amorfos! ¡Frusleros! ¡No os deseo la muerte porque jamás habéis vivido!
»Mi consejo para los músicos llamados “cultos”, o “clásicos”, o “académicos”: ¡Quitaos las pelucas! Estáis en el siglo XXI, a ver si os dais cuenta. La anacrónica peluca que portáis, además de hortera, os tapa los ojos y, lo peor de todo, los oídos. Por vuestra culpa lo que hacemos yo y mis amigos, mis antecesores y mis seguidores, solo lo escuchan las viejas y los viejos con los impertinentes que se les caen de las manos por culpa del parkinson. ¡Yo he acercado la música a la gente! ¡A los pobres! Para hacer lo que hacéis con la belleza ancestral, mejor dejad que las sinfonías, las cantatas, los tríos, los conciertos…se sumerjan en el más profundo lago, junto con vosotros mismos, que sois asquerosos, dicho sea de paso…»
Hay alguien voceando en mitad de la noche y no puede ser otro que el tío Ludwig. Karl, su sobrino favorito, ni siquiera hace el amago de levantarse del camastro para ver lo que le pasa. Es otra de tantas, otro de sus vívidos sueños. Aquí se está calentito, para qué moverse, ya se cansará de gritar, piensa el joven Karl. Hoy habla enfadado sobre cosas que cualquier persona cuerda catalogaría de inimaginables, fantásticas, heréticas. Su tono de voz es más terrible que cuando está despierto y se enfada con su sobrino o con su copista. Esta noche no es como cuando le da por soñar con la sinfonía futura, la definitiva; ahí sí que sueña dulce y bonito, y por lo tanto parlamenta como tal, con palabras que parecen el trino de los pájaros que intenta rememorar en sus paseos matutinos. Cuando sueña filosofía sueña templado, como le gustaría a Platón. Al soñar política llora y habla, o habla y llora; pero siempre, siempre, menciona a Bonaparte y después a un tal Adolf, y los menciona, a ambos, con voz de tener los ojos, a pesar de cerrados, llenos de lágrimas. Pero esto que sueña ahora parece una titánica discusión con el mismísimo demonio; y no un diálogo calmo y sibilino como el que tuvo Fausto con Mefistófeles, sino una lucha que parece sin cuartel, pero de igual a igual. ¿Estará peleando, de nuevo, con el Demonio de la Música?
Karl cierra los ojillos. Sin darse cuenta su habitación se ha ido clareando. Debería intentar dormir un par de horas. Maldita sea, me temo que otra vez es el futuro, piensa. Y se lo vuelve a traer este viejo amargado. ¡Su tío!
Guillermo Conde