Aerorretrato

“Lo hice por diversión.”

Amelia Earhart

Algunas veces me veo capaz de atracar una floristería y robar 350 orquídeas azules para la mujer a la que amo. De hacerle un puente a un Boeing 747, ponerlo a volar y alzarlo hasta que nace la gravedad cero y yo floto como nadando en un lago perdido de los Alpes. En ocasiones veo posible fundar un estado en el que mi escritor favorito es un dios, y en el que lo primero que hacen los niños al nacer no es llorar, sino entonar perfectas melodías de esperanza. Por las noches imagino que inicio una guerra entre ‘quieros’ y ‘puedos’, fantaseando con que se matan entre ellos para dejarme por fin a solas con mis actos.  Deseo evitar que la depresión pinte de gris las fachadas de los edificios, las frases que pronuncian los seres que me rodean, los semblantes de las esculturas del museo o un amanecer de lunes otoñal. No quiero creer escuchar un acorde desafinado en una sinfonía de Mahler dirigida por Leonard Bernstein. De vez en cuando pienso que soy apto para recordarme a mí mismo que no necesito arrancar ese avión 747, sino que yo mismo puedo mutar y sentirme un avión que planea campos de miedo regados por lágrimas derramadas por ese que está dentro de mí, rodeándome, invadiéndome, molestándome; ese del que reniego, sobre todo, cuando se me pierde la balanza entre facturas y relojes.

Lo haré. Lo haré o seré cobarde -aún me estremezco con un saltamontes, con una mala palabra, con el rechazo-. Lo haré o no seré -esas ausencias, tantos abandonos-. Lo haré o seré mucho de mí mismo -una bañera que se desborda cuando sumerjo en ella mi arrogancia-. Lo haré o moriré -aunque cobarde-.

Y mientras oigo batir las alas de esta duda cada vez que abro una puerta o una ventana, yo sólo espero seguir rechazando el asedio de las respuestas frías con más preguntas calientes. Por el contrario, no me reconozco en el seguir siendo, en el ser, en el haber sido, en el poder ser, en el ojalá ser… aspectos que suponen para mí algo imposible de desglosar, como esos vinos en los que sólo el enólogo más fino puede adivinar el ‘bouquet’ al pasar sus narices por la copa de cristal austriaco. No tengo intención de conocer los misterios del vino, así que prefiero quedarme con la duda mientras intento manejar este avión.

           Guillermo Conde