Té con canela

“Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras”

Jorge Luis Borges

—Vamos, Ángel, que llegamos tarde… —escucho su voz desde el salón.

Nieves casi siempre tiene que esperarme. Yo me aseo, yo me peino, y ella se sienta en el sofá con el libro que esté leyendo en ese momento. No la veo pero escucho el rasgueo de las blancas páginas al pasar de una a otra.

—¡Cinco minutos!

La paciencia es para gente fuerte como Nieves. Hace tres años, cuando yo ya me había resignado a morirme de cáncer, ella tenía paciencia y esperaba y esperaba. Y confiaba. Me agarraba de la mano y me transmitía calor. Apenas hablábamos, cosa que mi yo-moribundo agradecía. De morir, no me hubiera disgustado hacerlo así. Pero me salvé. Mejor dicho: me salvaron los médicos. Y claro, también Nieves. Yo no hice mucho, salvo quejarme y cagarme encima. Y llorar y rabiar y patalear. No por cobardía, sino por miedo, que son cosas muy distintas, incluso diría que contrarias. Recuerdo a Nieves ahí, a mi lado, con esa mirada calma que dirigía hacia mí con tanta generosidad. Ella no parecía tener miedo.

Si yo fui cobarde, lo fui antes del diagnóstico. Cuando empecé a notar que algo no marchaba bien dentro de mí. La enfermedad se iba desvistiendo y dejaba prendas por todo mi cuerpo. Yo callaba por eso, creo, por cobarde. Pasaron meses. Hasta que un día el cáncer se quitó la última prenda y apareció con todo su poder. Tan desnudo y tan crudo. Me desmayé delante de Nieves y aún así, tras volver en mí, osé negar la posibilidad de que algo malo se estuviese paseando por mis entrañas. Ella, firme, dijo: «Nos vamos al hospital». «Un sofoco, Nieves, solo eso», respondí. Nieves acercó su cara a la mía, fijó su gesto rocoso en mi visual, y repitió: «Ángel, nos vamos al hospital».

—¡Ya casi estoy! —grito, entre el runrún del secador de pelo. 

Hemos quedado para cenar en Bubba’s con mi hermano gemelo y su nueva pareja. Se conocieron gracias a una app de encuentros casuales, de pago; y resulta que conectaron, así que la cosa no quedó en esa única cita. Lo primero que le pregunté a mi hermano al enterarme fue: ¿y por qué ahora? Él siempre ha sido el típico, y risueño, calavera. Mi antítesis. «A esta edad hay un vacío…», comenzó a responder, aunque no acabó la frase. Y yo le entendí. El gemelo loco llega a cierta edad y busca la estabilidad que el gemelo cuerdo siempre ha tenido. Siempre…siempre…Tengo que decirlo: he descubierto hace poco, para mi sorpresa, que el siempre es capaz de diluirse como la témpera en el agua. Y la consecuencia de semejante descubrimiento es que, esta misma noche, voy a dejar a Nieves, mi mujer. 

—¿Dónde está la gomina? —pregunto. 

—¡Y a mí que me cuentas, muchacho! Yo no uso de eso. 

Hace seis meses la doctora me confirmó que estaba limpio de cáncer. Fui, flotando, y encuadrado por una sonrisa como si me hubiera dado un aire, a la cafetería de enfrente del hospital. Me pedí un té con canela. Había sido obsequiado con un nuevo futuro, pero yo sabía que la que en realidad se lo merecía era Nieves. Por esto, los primeros meses de salud me esforcé en que lo que viniera solo fuera bueno. Bueno no: lo mejor. Nieves sonreía más. Charlábamos. Bailábamos. Hacíamos el amor. Yo sentía que estaba en deuda con ella, y disfrutaba tanto de verla así…Desde mi curación sentía una especie de vacío interior, que a mí me parecía un vacío maravilloso porque pensaba que era hijo del hueco que había dejado el cáncer al esfumarse. Y yo ansiaba llenarlo poco a poco de vida limpia, aire fresco, colores…Pero fueron pasando los días, los meses y, hasta el día de hoy, eso no ha ocurrido. 

La semana pasada decidí hablar con mi hermano. Le dije que pensaba que había dejado de querer a Nieves. Y que no sabía por qué. Abrió los ojos, sin entender nada al principio. Luego empezó a decir muchas cosas sin sentido y yo desconecté. Pero en cierto momento capté una sentencia inesperadamente sabia. Mi hermano dijo que el amor puede ser de todo, menos una deuda que haya que pagar. Ahí es cuando se produjo el clic.

Qué curioso: el acto más valiente de mi vida va a ser precisamente el más dañino y, muchos dirán, yo diré, Nieves pensará pero conociéndola, no lo dirá, el más injusto de todos. Ella, que estuvo siempre, en todas las historias que la vida me escribió y nos escribió como pareja. Y ahora voy y decido ser yo el que escriba mi propia vida, en vez de que me escriba ella a mí. Y eso es bonito. Pero decido no escribir a Nieves, mi salvadora, en esta nueva historia. Y eso es feo, ¿no? ¿Sí?

—¡Eres un pesado! —oigo que grita Nieves. 

Al salir del cuarto de baño veo que ya tiene el abrigo puesto.

—Perdón, cielo. Podemos irnos.

Cojo mi gabardina del perchero y abro la puerta para que salga Nieves. Cuando pasa a mi lado, sin querer, agacho la cabeza. 

Guillermo Conde

Teorema De Descomposición Espectral

«La salvación del pueblo es la suprema ley, a la que deben responder todas las demás, tanto humanas como divinas»

Baruch Spinoza

Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina’s:

EL MUDO

Hoy son cinco huérfanos, dos menos que ayer. Todos colocaditos en hilera frente a la puerta. El Mudo Pacheta los mira; aguarda al timbre que sonará enseguida desde el interior del despacho. No permite que los niños hablen, que se miren entre ellos, ni siquiera que tosan. El más pequeño tiene nueve años y el mayor, ocho más. Cuando suene el tintineo irán pasando de uno en uno, de izquierda a derecha, por orden de El Mudo. Hace unos cuantos, muchos años, él estaba en la misma situación que esos muchachos y, en su lugar, era Patarringue el que les hacía pasar al despacho del jefe. Patarringue era mucho más burro que El Mudo con los chicos, o eso se cree, hoy, el propio Mudo. Ese viejo se entretenía, en la larga espera hasta que Burton le daba al timbre, de otras maneras: le gustaba pasearse por entre la hilera de huérfanos y les daba tobitas en la cara, les arrancaba algún pelo de la cabeza, o pegaba un moco en la frente de alguno de ellos. Los niños, entre los que se incluía El Mudo, no debían decir ni pío.

BURTON

Firma con la mano izquierda, aunque sea diestro. Por eso algunos investigadores y grafólogos se creen que está más loco de lo que realmente está. A Burton esto le interesa porque mantiene a esos cerdos con la esperanza de que llegue a realizar cualquier maniobra inesperada que eche por la borda el Imperio. Pero tal cosa nunca pasará. El vértice de la pirámide, él, Burton, se sustenta sobre una base de indestructible mármol. Empezando por los huérfanos. Les ha hecho versátiles. Prefiere que se curtan, por igual, en cualquiera de las tareas sobre las que descansa la pirámide. Niños rateros, niños extorsionadores, niños matones, niños recaderos. Un buen ejército. Todos cobran lo mismo, poco, y todos hacen de todo, mucho. Lo único que difiere en ellos, ciertamente, es la edad. 

JUANÍN, EL HERMANO DE TEODORO

Nueve años. Por fin. Hay que ver la de veces que ha deseado tener la edad suficiente para poder acompañar a su hermano y sus amigos en las tareas conjuntas, o de embarcarse en una peligrosa misión en solitario para el jefe Burton. Ahora ya puede hacerlo y le encanta. Solo lleva un par de semanas, pero ya ha roto cinco cristales del barrio, ha apaleado dos mendigos y, lo mejor de todo, se ha comido todos los pasteles que le ha dado la gana. ¡Gratis! Piensa que Burton está muy contento con él, aunque el resto de huérfanos lo insulten y se rían a su costa. Todos menos su hermano, claro; aunque tampoco es que lo defienda ante ellos. Dice que es algo por lo que Juanín tiene que pasar: en cuanto llegue otro novato, a ese es al que le tocará recibir. 

TEODORO

Y ahora también su hermanito pequeño. Debería sentirse contento; al menos lo tiene a su lado, y no en ese infierno de orfanato. Pero ya le ha visto hacer cosas arriesgadas, las mismas que él hizo en su día y que a día de hoy sigue haciendo, que al llegar allí le parecieron divertidas, emocionantes, un regalo de su héroe, del héroe del barrio, de Burton. Escucha a Juanín contarle con ese entusiasmo inocente las tareas del día pasado, y las que vendrán y está ansioso por realizar, y Teodoro no puede evitar sentir repugnancia. Sobre todo, por él mismo. Algo no camina como debiera en sus adentros. ¿Será por las chicas, recién alumbradas? ¿Por su estirón súbito? ¿O será por esa pila de libros que se llevó de la casa de aquel moroso, y que a trompicones ha ido leyendo y disfrutando? Sea gracias a los libros o no, lo cierto es que últimamente Teodoro fantasea mucho. Dormido y despierto. Y tiene claro que su fantasía favorita, y la más pródiga, es desarrollar una forma perfecta de matar a Burton. 

Suena el timbre. Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina´s.

Guillermo Conde

Ah, sí. La guerra…

“La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”

Alejandra Pizarnik

Dudábamos: ¿hoy el río podrá quitarnos esta capa gorda de lodo seco y polvo? Porque  lo cierto es que terminábamos la instrucción sucios como cerdos. Y siempre, siempre, después de la primera zambullida, y del primer chapoteo, se nos formaba un circulo de agua negro a nuestro alrededor y la piel brillante, lisa, de Jorge por fin se me aparecía. Y a mí en ese instante las aguas del Eresma me parecían benditas, purificadoras; me traían la luz divina de Dios. Luego despertaba y me insultaba a mí mismo: «¡hereje, impío, invertido…!», y desviaba la mirada hacía las montañas o agachaba la cabeza para darme cuenta, con espanto, de que mi entrepierna había medrado. Jorge siempre se ponía divertido cuando se bañaba. «¡Lucio! ¡La guerra! ¡La guerra, Lucio!», gritaba mi amigo, imitando la voz del sargento Castro, mientras daba saltos o me lanzaba agua azotando al río. «Ah sí, la guerra…», le respondía yo en voz baja, mirándolo fijamente, aunque él ni me mirase ni mucho menos me escuchase. Yo ya tenía sumergido el cuerpo hasta el cuello, en aquel Eresma de mi perdición, para evitar que Jorge se diese cuenta de lo mucho que él, sus músculos brillantes, sus guasas… me hacían olvidar que muy pronto nos iríamos allí, a la guerra. 

Guillermo Conde

Los raspones: Runner

«Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas»

William Shakespeare

Surgió de la nada, el TSSSSSCH. Con el espasmo del susto, el corredor no vio el tronco caído y acabó tropezando. Ambas rodillas aterrizaron a la vez en el crujiente lecho de ramas. Un impacto seco, que dejaría unas marcas en su cuerpo curiosas de observar cuando fueran mudando de color: primero serían de un rojo fresco; luego púrpuras, durante unos cuántos días, hasta desembocar en tinturas verdes y moribundas; y finalmente las marcas se marcharían, junto con el recuerdo de ese momento, para no dejar nada. Tuvo que usar las dos manos para mantener el equilibrio y no acabar desparramado en mitad del parque. Así se quedó un buen rato, a cuatro patas y con la cabeza gacha, en línea recta con la columna. Estaba echando cuentas antes de la caída. El coche nuevo de Jacobo, el de personal, le había dejado impresionado. No podía evitar desear uno igual o mejor. Nunca desconectaba cuando corría, aunque tampoco es que lo buscara. En la postura en la que estaba su nuca recibía el aliento de los chopos. La mano del sol aterrizaba en su cogote, filtrada según el capricho de las altas copas de los árboles. Las ramitas del suelo no eran capaces de pinchar. Sin duda hoy el parque abrazaba a sus huéspedes. Entreabrió la boca y dejó caer saliva. Ni siquiera estaba cansado, solo había estado corriendo durante veinte minutos. Hacía rutinas anaeróbicas de una hora, doce kilómetros, dos veces por semana. Un ritmo aceptable para un no profesional. Erigió la cabeza para recordar dónde se encontraba. Seguía allí, en una zona ligeramente elevada que lindaba con el lago, justo después de atravesar un repecho que conseguía apretar un poco el aliento si se hacía a buen ritmo. Lo más intrigante de todo es que no había nadie a su alrededor. Alguien le había chistado, como para mandarle callar, mientras iba corriendo, y ahora no había nadie cerca. ¿Podría haberse escondido tras alguno de los troncos cercanos?  Concretamente allí, no. Allí los troncos eran tan delgaditos que podrían ser abrazados por un niño. Estaba solo, sí. Pero alguien le había chistado. Eso seguro. TSSSSSCH. Como se chista a los niños traviesos en la sala de cine.Además, lo había escuchado en alta definición, como si hubiese salido de su propia cabeza. Pero eso es imposible, se decía el corredor, demasiado claro, demasiado real. TSSSSSCH. A lo mejor había sido un sonido cualquiera que él había interpretado como un chistido. El vuelo de una libélula pasando cerca de su oreja, por ejemplo. Los sonidos de la naturaleza son interpretables, igual que las nubes, que el cerebro decide que tienen forma de elefante, o de corazón, o en mucha ocasiones, de falo. Eso es. Le había susurrado una libélula o una abeja perdida. Y él, que iba obnubilado pensando en su futuro BMW, se había asustado y había caído al suelo. Algo lógico. Misterio resuelto. Se puso en pie eléctricamente. No quería seguir corriendo. Había decidido ir directamente al banco, a pedir el crédito para el coche, sin pasar por casa para echarse un agüilla. Total, ni siquiera había roto a sudar. 

Guillermo Conde