Los raspones: Creador

«Crear, es vivir dos veces»

Albert Camus

1

A Monete Mondongo se lo había dado todo. Primero lo sacó de la selva, donde había pasado los primeros años de su vida trepando, brincando árboles, alimentándose de nueces y lagartijas, y robándole por la noche comida rica a los intrusos durmientes. Un día fue atrapado por Rafael, un mercader ambulante, que se dio cuenta de que Monete Mondongo era muy espabilado y se lo llevó con él a una ciudad rosada y enorme para intentar enseñarle a hablar. Esto es lo que se narra en el primer libro de la heptalogía de Monete Mondongo. En el segundo encontramos a Monete siendo capaz de pronunciar ciertas palabras como “casa”, “comer”, y “vivir”; además, tiene muchos momentos cómicos en la ciudad con Rafael, que se ha convertido en su amigo, y así es como aprende a reír. En el tercer libro ya sabe leer con cierta fluidez y en el cuarto, es un mono que cocina y baila. Al final de este volumen se muere Rafael de una repentina fiebre amarilla, y Monete Mondongo se queda solo. “Muerte” era una de los conceptos que todavía no había aprendido. Decidió el creador que era buen momento para poner a Monete a filosofar, precisamente sobre algo que acababa de descubrir, la muerte. Fue un curioso experimento, y a los fans les gustó. Siguiendo esta línea, la quinta parte de las aventuras de Monete se convirtió en una diatriba contra la soledad desde la completa soledad del protagonista, pero en esta ocasión los seguidores no conectaron, ya que lo vieron todo muy contradictorio y aburrido. En la siguiente entrega, presionado por sus editores y por una gaseosa situación económica, el creador tuvo que ceder a algo que llevaba tiempo pidiendo su público: por fin, el amor. Monete conoció a Laruska, cantante de jazz, y se enamoró en tres segundos. Fue rechazado sucintamente por ella, que lo había visto solo en el club y no le había dado buena impresión, allí de pie y con las manos en los bolsillos, encorvado, nada sexy. Se dio cuenta Monete de que es muy recomendable ser algo sociable, o divertido, o un poco canallita, para conseguir enamorar, y el nudo de la novela cuenta la divertida búsqueda de un grupo de amigos, más bien de atrezzo, para el héroe. La cuadrilla acaba formada por Paco, el de los televisores, el mendigo José Fabián, y una tal Cuqui. Laruska y Monete, tras una noche loca de fiesta y jazz, acaban durmiendo juntos. Así comienza la historia de amor que abarcará toda la séptima parte de la novela-rio, la última. Una aventura por la vida en común de la pareja, los distintos estadios del enamoramiento, los redescubrimientos cotidianos, las crisis, la enfermedad, la muerte que aparece de nuevo, en este caso para llevarse a Laruska, Monete volviendo a quedarse solo…y el épico epílogo, que es un monólogo del mono recitado sobre la rama de un árbol, tras su vuelta a la selva. Mil páginas fueron necesarias para apuntalar un cierre que muchos críticos calificaron como perfecto.

2

El creador se levanta a mear en mitad de la noche. La segunda vez. Ya no puede evitar sentirse viejo. Se mete entre las sabanas, quiere dormirse pronto. Cierra los ojos y se vuelve todo negro. Menos un punto. Le queda un punto blanco entre ojo y ojo. Tras dos horas sin poder dormirse, el punto blanco comienza a convertirse en otra cosa. Ahora es una idea, una idea blanca: Me muero. Pasada otra hora, son dos ideas, no una, las que le rondan. Idea 1: Me muero. Idea 2: A Monete Mondongo se lo he dado todo. La primera idea es completa, y mal que le pese al creador, cierta. Se muere. Pero siente que la segunda no le llena el pensamiento. A Monete le he dado conocimiento, amistad, curiosidad, pasión, amor, vida, muerte, y yo qué sé más. Y aun así siente que le ha faltado algo. Pero, ¿qué? Al creador le entra un ataque de tos y se mea encima. Se intenta levantar y le cruje la espalda como la madera rancia. Decide quedarse sentado unos minutos. Cierra otra vez los ojos. El punto blanco sigue allí, pero enseguida comienza a agrandarse, a comerse el negror que encierran sus pestañas, hasta que todo es de un blanco abierto y que esplende tanto que empieza a doler. De repente, el creador vuelve a abrir los ojos. Acaba de caer. ¡La vejez! ¡Se me olvidó darle la vejez, esa mansa bestia! Y se vuelve a levantar para cambiarse el pijama meado. Efectivamente. En casi cuatro mil páginas de historia, Monete Mondongo acaba viviéndolo todo y sabiéndolo casi todo. Pero a su demiurgo se le olvidó envejecerlo, insuflarle el aliento de una muerte cada vez más cercana, darle canas, achaques. Y por culpa de este olvido es muy probable que el joven Monete tenga que quedarse flotando, inmortal, más allá de las páginas y de los días. Qué despiste. 

Guillermo Conde

Aerorretrato

“Lo hice por diversión.”

Amelia Earhart

Algunas veces me veo capaz de atracar una floristería y robar 350 orquídeas azules para la mujer a la que amo. De hacerle un puente a un Boeing 747, ponerlo a volar y alzarlo hasta que nace la gravedad cero y yo floto como nadando en un lago perdido de los Alpes. En ocasiones veo posible fundar un estado en el que mi escritor favorito es un dios, y en el que lo primero que hacen los niños al nacer no es llorar, sino entonar perfectas melodías de esperanza. Por las noches imagino que inicio una guerra entre ‘quieros’ y ‘puedos’, fantaseando con que se matan entre ellos para dejarme por fin a solas con mis actos.  Deseo evitar que la depresión pinte de gris las fachadas de los edificios, las frases que pronuncian los seres que me rodean, los semblantes de las esculturas del museo o un amanecer de lunes otoñal. No quiero creer escuchar un acorde desafinado en una sinfonía de Mahler dirigida por Leonard Bernstein. De vez en cuando pienso que soy apto para recordarme a mí mismo que no necesito arrancar ese avión 747, sino que yo mismo puedo mutar y sentirme un avión que planea campos de miedo regados por lágrimas derramadas por ese que está dentro de mí, rodeándome, invadiéndome, molestándome; ese del que reniego, sobre todo, cuando se me pierde la balanza entre facturas y relojes.

Lo haré. Lo haré o seré cobarde -aún me estremezco con un saltamontes, con una mala palabra, con el rechazo-. Lo haré o no seré -esas ausencias, tantos abandonos-. Lo haré o seré mucho de mí mismo -una bañera que se desborda cuando sumerjo en ella mi arrogancia-. Lo haré o moriré -aunque cobarde-.

Y mientras oigo batir las alas de esta duda cada vez que abro una puerta o una ventana, yo sólo espero seguir rechazando el asedio de las respuestas frías con más preguntas calientes. Por el contrario, no me reconozco en el seguir siendo, en el ser, en el haber sido, en el poder ser, en el ojalá ser… aspectos que suponen para mí algo imposible de desglosar, como esos vinos en los que sólo el enólogo más fino puede adivinar el ‘bouquet’ al pasar sus narices por la copa de cristal austriaco. No tengo intención de conocer los misterios del vino, así que prefiero quedarme con la duda mientras intento manejar este avión.

           Guillermo Conde