“Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras”
Jorge Luis Borges
—Vamos, Ángel, que llegamos tarde… —escucho su voz desde el salón.
Nieves casi siempre tiene que esperarme. Yo me aseo, yo me peino, y ella se sienta en el sofá con el libro que esté leyendo en ese momento. No la veo pero escucho el rasgueo de las blancas páginas al pasar de una a otra.
—¡Cinco minutos!
La paciencia es para gente fuerte como Nieves. Hace tres años, cuando yo ya me había resignado a morirme de cáncer, ella tenía paciencia y esperaba y esperaba. Y confiaba. Me agarraba de la mano y me transmitía calor. Apenas hablábamos, cosa que mi yo-moribundo agradecía. De morir, no me hubiera disgustado hacerlo así. Pero me salvé. Mejor dicho: me salvaron los médicos. Y claro, también Nieves. Yo no hice mucho, salvo quejarme y cagarme encima. Y llorar y rabiar y patalear. No por cobardía, sino por miedo, que son cosas muy distintas, incluso diría que contrarias. Recuerdo a Nieves ahí, a mi lado, con esa mirada calma que dirigía hacia mí con tanta generosidad. Ella no parecía tener miedo.
Si yo fui cobarde, lo fui antes del diagnóstico. Cuando empecé a notar que algo no marchaba bien dentro de mí. La enfermedad se iba desvistiendo y dejaba prendas por todo mi cuerpo. Yo callaba por eso, creo, por cobarde. Pasaron meses. Hasta que un día el cáncer se quitó la última prenda y apareció con todo su poder. Tan desnudo y tan crudo. Me desmayé delante de Nieves y aún así, tras volver en mí, osé negar la posibilidad de que algo malo se estuviese paseando por mis entrañas. Ella, firme, dijo: «Nos vamos al hospital». «Un sofoco, Nieves, solo eso», respondí. Nieves acercó su cara a la mía, fijó su gesto rocoso en mi visual, y repitió: «Ángel, nos vamos al hospital».
—¡Ya casi estoy! —grito, entre el runrún del secador de pelo.
Hemos quedado para cenar en Bubba’s con mi hermano gemelo y su nueva pareja. Se conocieron gracias a una app de encuentros casuales, de pago; y resulta que conectaron, así que la cosa no quedó en esa única cita. Lo primero que le pregunté a mi hermano al enterarme fue: ¿y por qué ahora? Él siempre ha sido el típico, y risueño, calavera. Mi antítesis. «A esta edad hay un vacío…», comenzó a responder, aunque no acabó la frase. Y yo le entendí. El gemelo loco llega a cierta edad y busca la estabilidad que el gemelo cuerdo siempre ha tenido. Siempre…siempre…Tengo que decirlo: he descubierto hace poco, para mi sorpresa, que el siempre es capaz de diluirse como la témpera en el agua. Y la consecuencia de semejante descubrimiento es que, esta misma noche, voy a dejar a Nieves, mi mujer.
—¿Dónde está la gomina? —pregunto.
—¡Y a mí que me cuentas, muchacho! Yo no uso de eso.
Hace seis meses la doctora me confirmó que estaba limpio de cáncer. Fui, flotando, y encuadrado por una sonrisa como si me hubiera dado un aire, a la cafetería de enfrente del hospital. Me pedí un té con canela. Había sido obsequiado con un nuevo futuro, pero yo sabía que la que en realidad se lo merecía era Nieves. Por esto, los primeros meses de salud me esforcé en que lo que viniera solo fuera bueno. Bueno no: lo mejor. Nieves sonreía más. Charlábamos. Bailábamos. Hacíamos el amor. Yo sentía que estaba en deuda con ella, y disfrutaba tanto de verla así…Desde mi curación sentía una especie de vacío interior, que a mí me parecía un vacío maravilloso porque pensaba que era hijo del hueco que había dejado el cáncer al esfumarse. Y yo ansiaba llenarlo poco a poco de vida limpia, aire fresco, colores…Pero fueron pasando los días, los meses y, hasta el día de hoy, eso no ha ocurrido.
La semana pasada decidí hablar con mi hermano. Le dije que pensaba que había dejado de querer a Nieves. Y que no sabía por qué. Abrió los ojos, sin entender nada al principio. Luego empezó a decir muchas cosas sin sentido y yo desconecté. Pero en cierto momento capté una sentencia inesperadamente sabia. Mi hermano dijo que el amor puede ser de todo, menos una deuda que haya que pagar. Ahí es cuando se produjo el clic.
Qué curioso: el acto más valiente de mi vida va a ser precisamente el más dañino y, muchos dirán, yo diré, Nieves pensará pero conociéndola, no lo dirá, el más injusto de todos. Ella, que estuvo siempre, en todas las historias que la vida me escribió y nos escribió como pareja. Y ahora voy y decido ser yo el que escriba mi propia vida, en vez de que me escriba ella a mí. Y eso es bonito. Pero decido no escribir a Nieves, mi salvadora, en esta nueva historia. Y eso es feo, ¿no? ¿Sí?
—¡Eres un pesado! —oigo que grita Nieves.
Al salir del cuarto de baño veo que ya tiene el abrigo puesto.
—Perdón, cielo. Podemos irnos.
Cojo mi gabardina del perchero y abro la puerta para que salga Nieves. Cuando pasa a mi lado, sin querer, agacho la cabeza.
A Monete Mondongo se lo había dado todo. Primero lo sacó de la selva, donde había pasado los primeros años de su vida trepando, brincando árboles, alimentándose de nueces y lagartijas, y robándole por la noche comida rica a los intrusos durmientes. Un día fue atrapado por Rafael, un mercader ambulante, que se dio cuenta de que Monete Mondongo era muy espabilado y se lo llevó con él a una ciudad rosada y enorme para intentar enseñarle a hablar. Esto es lo que se narra en el primer libro de la heptalogía de Monete Mondongo. En el segundo encontramos a Monete siendo capaz de pronunciar ciertas palabras como “casa”, “comer”, y “vivir”; además, tiene muchos momentos cómicos en la ciudad con Rafael, que se ha convertido en su amigo, y así es como aprende a reír. En el tercer libro ya sabe leer con cierta fluidez y en el cuarto, es un mono que cocina y baila. Al final de este volumen se muere Rafael de una repentina fiebre amarilla, y Monete Mondongo se queda solo. “Muerte” era una de los conceptos que todavía no había aprendido. Decidió el creador que era buen momento para poner a Monete a filosofar, precisamente sobre algo que acababa de descubrir, la muerte. Fue un curioso experimento, y a los fans les gustó. Siguiendo esta línea, la quinta parte de las aventuras de Monete se convirtió en una diatriba contra la soledad desde la completa soledad del protagonista, pero en esta ocasión los seguidores no conectaron, ya que lo vieron todo muy contradictorio y aburrido. En la siguiente entrega, presionado por sus editores y por una gaseosa situación económica, el creador tuvo que ceder a algo que llevaba tiempo pidiendo su público: por fin, el amor. Monete conoció a Laruska, cantante de jazz, y se enamoró en tres segundos. Fue rechazado sucintamente por ella, que lo había visto solo en el club y no le había dado buena impresión, allí de pie y con las manos en los bolsillos, encorvado, nada sexy. Se dio cuenta Monete de que es muy recomendable ser algo sociable, o divertido, o un poco canallita, para conseguir enamorar, y el nudo de la novela cuenta la divertida búsqueda de un grupo de amigos, más bien de atrezzo, para el héroe. La cuadrilla acaba formada por Paco, el de los televisores, el mendigo José Fabián, y una tal Cuqui. Laruska y Monete, tras una noche loca de fiesta y jazz, acaban durmiendo juntos. Así comienza la historia de amor que abarcará toda la séptima parte de la novela-rio, la última. Una aventura por la vida en común de la pareja, los distintos estadios del enamoramiento, los redescubrimientos cotidianos, las crisis, la enfermedad, la muerte que aparece de nuevo, en este caso para llevarse a Laruska, Monete volviendo a quedarse solo…y el épico epílogo, que es un monólogo del mono recitado sobre la rama de un árbol, tras su vuelta a la selva. Mil páginas fueron necesarias para apuntalar un cierre que muchos críticos calificaron como perfecto.
2
El creador se levanta a mear en mitad de la noche. La segunda vez. Ya no puede evitar sentirse viejo. Se mete entre las sabanas, quiere dormirse pronto. Cierra los ojos y se vuelve todo negro. Menos un punto. Le queda un punto blanco entre ojo y ojo. Tras dos horas sin poder dormirse, el punto blanco comienza a convertirse en otra cosa. Ahora es una idea, una idea blanca: Me muero. Pasada otra hora, son dos ideas, no una, las que le rondan. Idea 1: Me muero. Idea 2: A Monete Mondongo se lo he dado todo. La primera idea es completa, y mal que le pese al creador, cierta. Se muere. Pero siente que la segunda no le llena el pensamiento. A Monete le he dado conocimiento, amistad, curiosidad, pasión, amor, vida, muerte, y yo qué sé más. Y aun así siente que le ha faltado algo. Pero, ¿qué? Al creador le entra un ataque de tos y se mea encima. Se intenta levantar y le cruje la espalda como la madera rancia. Decide quedarse sentado unos minutos. Cierra otra vez los ojos. El punto blanco sigue allí, pero enseguida comienza a agrandarse, a comerse el negror que encierran sus pestañas, hasta que todo es de un blanco abierto y que esplende tanto que empieza a doler. De repente, el creador vuelve a abrir los ojos. Acaba de caer. ¡La vejez! ¡Se me olvidó darle la vejez, esa mansa bestia! Y se vuelve a levantar para cambiarse el pijama meado. Efectivamente. En casi cuatro mil páginas de historia, Monete Mondongo acaba viviéndolo todo y sabiéndolo casi todo. Pero a su demiurgo se le olvidó envejecerlo, insuflarle el aliento de una muerte cada vez más cercana, darle canas, achaques. Y por culpa de este olvido es muy probable que el joven Monete tenga que quedarse flotando, inmortal, más allá de las páginas y de los días. Qué despiste.
«Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas»
William Shakespeare
Surgió de la nada, el TSSSSSCH. Con el espasmo del susto, el corredor no vio el tronco caído y acabó tropezando. Ambas rodillas aterrizaron a la vez en el crujiente lecho de ramas. Un impacto seco, que dejaría unas marcas en su cuerpo curiosas de observar cuando fueran mudando de color: primero serían de un rojo fresco; luego púrpuras, durante unos cuántos días, hasta desembocar en tinturas verdes y moribundas; y finalmente las marcas se marcharían, junto con el recuerdo de ese momento, para no dejar nada. Tuvo que usar las dos manos para mantener el equilibrio y no acabar desparramado en mitad del parque. Así se quedó un buen rato, a cuatro patas y con la cabeza gacha, en línea recta con la columna. Estaba echando cuentas antes de la caída. El coche nuevo de Jacobo, el de personal, le había dejado impresionado. No podía evitar desear uno igual o mejor. Nunca desconectaba cuando corría, aunque tampoco es que lo buscara. En la postura en la que estaba su nuca recibía el aliento de los chopos. La mano del sol aterrizaba en su cogote, filtrada según el capricho de las altas copas de los árboles. Las ramitas del suelo no eran capaces de pinchar. Sin duda hoy el parque abrazaba a sus huéspedes. Entreabrió la boca y dejó caer saliva. Ni siquiera estaba cansado, solo había estado corriendo durante veinte minutos. Hacía rutinas anaeróbicas de una hora, doce kilómetros, dos veces por semana. Un ritmo aceptable para un no profesional. Erigió la cabeza para recordar dónde se encontraba. Seguía allí, en una zona ligeramente elevada que lindaba con el lago, justo después de atravesar un repecho que conseguía apretar un poco el aliento si se hacía a buen ritmo. Lo más intrigante de todo es que no había nadie a su alrededor. Alguien le había chistado, como para mandarle callar, mientras iba corriendo, y ahora no había nadie cerca. ¿Podría haberse escondido tras alguno de los troncos cercanos? Concretamente allí, no. Allí los troncos eran tan delgaditos que podrían ser abrazados por un niño. Estaba solo, sí. Pero alguien le había chistado. Eso seguro. TSSSSSCH. Como se chista a los niños traviesos en la sala de cine.Además, lo había escuchado en alta definición, como si hubiese salido de su propia cabeza. Pero eso es imposible, se decía el corredor, demasiado claro, demasiado real. TSSSSSCH. A lo mejor había sido un sonido cualquiera que él había interpretado como un chistido. El vuelo de una libélula pasando cerca de su oreja, por ejemplo. Los sonidos de la naturaleza son interpretables, igual que las nubes, que el cerebro decide que tienen forma de elefante, o de corazón, o en mucha ocasiones, de falo. Eso es. Le había susurrado una libélula o una abeja perdida. Y él, que iba obnubilado pensando en su futuro BMW, se había asustado y había caído al suelo. Algo lógico. Misterio resuelto. Se puso en pie eléctricamente. No quería seguir corriendo. Había decidido ir directamente al banco, a pedir el crédito para el coche, sin pasar por casa para echarse un agüilla. Total, ni siquiera había roto a sudar.
«Mi verdad básica es que todo tiempo es un ahora en expansión «
Severo Ochoa
El aventurero mejicano Séneca Núñez, en este mismo momento, a las 15:30 horas del 29 de Mayo de un año que es o puede ser cualquiera, sale a la calle sabiendo que tiene que llegar hasta una extensa avenida de este barrio humilde de esta sureña ciudad satélite de la capital de España, Madrid. Ha pasado la noche en casa de Alba, una antigua amiga, que vive alquilada en un piso de tres habitaciones en alguna de las muchas calles afluentes que irrigan la avenida, casi todas arterias mal asfaltadas, o pequeñas callejuelas sin salida, oscuras, incluso propicias para la práctica de pecados varios, algunas de ellas. Ayer recorrieron juntos esa misma avenida, que además de larga —siempre relativamente, no se puede comparar, por ejemplo, con la Rivadavia de Buenos Aires, ni aún tampoco con la calle Alcalá de Madrid— se gasta un nombre igual de largo y extraño, poco adecuado para la mnemotecnia de los turistas y de los despistados. Ya que esta narración pide algo de misterio en ciertos datos, solo diremos que el nombre de la avenida lo pusieron en honor a un reputado médico y alcalde del municipio, muerto hace por lo menos un siglo. Alba fue a buscar a Séneca a la salida del metro, y anduvieron un tiempo que se hizo muy corto para ambos, y algo nebuloso, por eso de estar a gusto uno en compañía del otro. El atento sol, sombrero de esta primaveral esfera, les acompañó hasta que llegaron al piso, diez minutos después de abandonar la avenida. Aquí es obligatorio hacer una elipsis temporal porque no sabemos, ni tampoco queremos saber —y quién quiera que lo investigue por su cuenta— lo que ocurrió en las horas que pasaron en la casa, diez, aproximadamente, desde el primer efluvio del crepúsculo hasta el crujido final de los cereales con leche. Esto sí decimos, porque son datos y ciencia, y eso nunca puede callarse: ya por la mañana, hoy, Alba ha aparecido en el portal, cargada con un par de bolsas de basura. Eran las 09:30. En esas horas matutinas en las que parece que solo está permitido ir con prisas a todos lados, la sombra de la joven apenas ha dejado una fugaz impresión en un par de aceras del barrio, las más cercanas a su coche; así que de una manera tan rápida que casi que da pena, Alba, de apellido Montero, desaparece de la historia. Del intrépido mejicano no ha habido noticias hasta hace un rato. Solo sabemos que no ha salido de la casa en toda la mañana.
Ahora ya son las 15:45. Séneca Núñez, natural de Hermosillo, capital del estado de Sonora, lleva un cuarto de hora revolando por entre las mismas tres calles, todas con nombre de ríos peninsulares, que le salen al paso en sus idas y venidas de criatura extraviada, atacada y sudorípara —ya se puede certificar, él no lo sabe pero esos rodales húmedos que salen en las axilas aquí se llaman camachos—. Bien tranquilote que ha bajado las escaleras del edificio y ha salido del portal, antes. A las 17:30 zarpa su avión hacia la Amsterdam heroica, resuelta y misericordiosa. El primer fallo de nuestro diestro peregrino, inconsciente de que un barrio es un mundo, ha sido tener estos pensamientos: Enseguida encuentro la avenida, se me olvidó preguntarle a Alba cómo llegar a ella, pero da igual, a las 15:45 estaré en el metro, a las 16:45 en el aeropuerto, soy mochilero, no necesito mapas, ni móvil con gps, está todito controlado, soy Alexander Supertramp, soy Bear Grylls, y también el doctor Livingstone, supongo. Pues no es por nada, Séneca Nuñez, pero ya son quince minutos de retraso. Vas de una calle a otra, y de otra calle a una, y luego vuelta a empezar, ríos, ríos y más ríos, mentas a la madre de mejor no saber quién, y la verdad es que empiezas a dar un poco de amargura vagando como esos locos rodamundos que se deslizan, casi sin tocar el suelo, por el ocre desierto en el que creciste. Seamos sinceros: no es algo trágico para nadie, salvo para ti, que pierdas el vuelo; pero la gente, entre la que me incluyo, tiene sus menesteres, negocios, eventos, inauguraciones o destrucciones, así que hay que aligerar esto, amigo, no podemos estar así todo el día, por el bien del mundo atrompiconado en el que nos ha tocado vivir, donde están totalmente prohibidos los bucles, la reflexión y el slow motion. La gente quiere que haya un final antes de que empiece cualquier cosa, así que les vamos a hacer un favor a todos, y, ¡sorpresa!, a ti mismo, diciendo que aún tienes alguna posibilidad de coger ese avión, a ver si eso te da energías, a pesar de que ahora mismo ves más probable que otra luna se desprenda de la Tierra; pero no lo conseguirás sin sufrir un poquito, como en todas las buenas aventuras a contrarreloj. Al insólito problema de tu desnortamiento se le va a añadir otro más, nada baladí: dentro de cinco minutos, cuando dobles por cuarta vez la esquina de la calle Río ___ con la Río ___, y tu sudor esté a punto de convertirse en vapores mefíticos, te vas a dar de bruces, con grave peligro de caerte al suelo, con un viejo calvo, desmedidamente barbudo y no, para nada, no muy alto, llamado Guillermo Conde. Qué suerte, pensarás, por fin encuentras a alguien en este mediodía estepario, salvaje, como el de Sonora.
—Disculpe, señor —dirás, educado, como siempre—. Busco la avenida principal. No sé cuál es su nombre, pero sé que es muy larga y llega hasta la estación de metro.
—¡Ah, sí! La avenida de los perrillos —te responderá el viejo, pronunciando densamente, como si le faltaran algunos dientes en la boca.
—Me temo que no es esa. La que busco tiene nombre de un médico, ¿puede ser?
—Claro, claro. Realmente se llama avenida del Doctor ___. Pero yo la llamo la de los perrillos, niño. ¿Sabes por qué?
—Señor, me encantaría saberlo, pero es que tengo mucha prisa. ¿Puede decirme cómo llegar a ella?
—¡Yo también tengo prisa, leches! ¿No ves lo viejo que estoy? Mi reloj es cada vez más enano. La parca me acongoja sobremanera, pero también me insufla vida eléctrica —tras decir esto Guillermo Conde se quedará suspenso durante alrededor de medio minuto, como si una medusa cotilla le hubiese mirado a través de una ventana cercana, y tú ya tendrás los nervios desollados por entonces; luego volverá en sí con un bostezo— Perdona, niño, por este ataque de intensidad poética. Es que soy escritor. Guillermo Conde me llamo, o me llaman, ya no sé. Soy un mal escritor, pero como realizo el acto de escribir con cierta asiduidad, pues me considero escritor, y eso no me lo quita nadie. ¡Tienes suerte! Yo también voy a la avenida. Todos los días paso por allí. Antes lo hacía cuando iba a trabajar, y ahora me pilla de camino cuando voy a pasear al parque de los carrizos. Acompáñame y te cuento lo de los perrillos.
—Gracias, pero prefiero que me indique cómo llegar a la avenida, por favor. Llego tarde a coger mi avión y tengo que ir corriendo. No sé que me ha pasado, perderme así…
— Vale, tú tranquilo que realmente no es nada difícil llegar, pero es que estas calles son todas iguales. Necesitas un buen guía, así que ahora mismo te doy unas buenas indicaciones. Cualquiera diría que fue el mismísimo Dédalo el que construyo este barrio —y se reirá como un burro, y encima rebotará su feliz rebuzno por los cristales de las coches y de las casas, y por las paredes de tu cerebro, mi pobre Séneca—. Solo te pido que te fijes, aunque vayas con prisa, en un piso bajo que está en el lado derecho de la Avenida, el número 32. Seguro que allí los ves, a los perrillos, asomando sus cabecitas por entre los barrotes que protegen la ventana del salón. Son tres, del mismo tamaño, más o menos. Llevo cuarenta años pasando por allí y viéndolos, aunque sé que es imposible que sean los mismos. Pero siempre son tres, y de la misma raza, chihuahuas marrones, y siempre igual de pequeñajos, con las orejas bien…
—Por favor, se lo pido, ¡ayúdeme! —tendrás que interrumpirle. ¡Por tu bien!—.
—¡Claro que sí! Si para eso estamos. Pero verás, esto te va a interesar: lo que más llama la atención de la casa de los perrillos, aparte de esos pobres animalicos, es el olor que sale de ella —pensarás en darte la vuelta y salir corriendo, abandonar las formas y la educación. Total, a ese señor, con suerte, jamás volverás a verlo—. Seguro que sabes lo que es la sinestesia. Pues de esa casa sale un olor amarillo mustio. Sí, ese olor. Imagínate el sol dentro de miles de millones de años, cuando se esté apagando. Ya no brillará como ahora. Estoy seguro de que tendrá el mismo color que el que tiene el olor de la casa donde viven los perrillos. No me gusta nada como huele, es asqueroso, y me da la impresión de que los tienen completamente abandonados —te agarrará el brazo con su huesuda mano, de pianista cadáver, y su contacto frenará un poco tus impulsos de mandarle más allá del carajo—. No tengo ni idea de quién es el dueño de la casa. Antes se podía ver a un anciano viendo la tele cuando las cortinas estaban descorridas, pero debió morir hace unos treinta años. ¿Lo puedes creer? No ha habido un día que no haya pasado por allí y visto a los perrillos, algunas veces llorando, incluso. He preguntado por todos lados si alguien conoce al dueño, para hablar con él y decirle que no está nada bien que los tenga así, para intentar ayudarlos, pero nadie sabe nada. Es inhumano, o incanino, mejor dicho. Tú me entiendes —te guiñara el ojo derecho, justo el mismo que a estas alturas tendrás ganas de arrancarle—. Yo sufro mucho por ellos. Hasta les he puesto nombre: Antonio, Joaquín y Mari Carmen. Algunas veces he visto a gente extraña en la calle hablando con alguien del interior, a través de la ventana que está al lado de la de los perrillos. Pero nunca he visto la cara de la persona con la que hablan. He llegado a pensar que venden drogas, o que comercian con algo ilegal.
—Mire, señor, con todo el respeto, pero yo me voy. Ya le preguntaré a otra persona el camino hacia la avenida…
—¡Pero si está todo el mundo de siesta! Anda, que yo te llevo. Iremos con paso ligero, aunque me descoyunte vivo —e iniciaréis la marcha hombro con hombro, al ritmo desesperante e insuficiente que habías temido. Mientras tanto el anciano no parará de hablar—. Muchas veces me digo que ya que no puedo arreglar la situación de los perrillos, no estaría mal escribir algo sobre ellos, hacerles un digno homenaje, y de paso concienciar a la gente, a ver si hay suerte y lo lee el alcalde, que fue amigo mío en su día. Quiero escribir algo profundo, por ejemplo una fábula sobre el estatismo, o mejor aún sobre lo cíclico, que es habitual confundir estático con cíclico, del tiempo aquí, en este condenado barrio. Siempre los mismos pasos, siempre los mismos perros. Pero es que no me sale nada, estoy como la mojama de seco. A mí lo de obsesionarme con algo nunca me ha valido para escribir nada de provecho. Ni siquiera un triste terceto endecasí…
—¡Oiga, señor! ¡Ya basta! ¿Cuánto nos queda para llegar a la avenida?
—Pues depende, niño, ¿en tu tiempo o en el mío?
Entonces el que te quedarás flotando en el limbo serás tú, durante un par de minutos, mientras el otro estará disertando sobre cosas que te llegarán a los oídos como una sopa con tropezones, y solo podrás ir distinguiendo algunos nombres propios como San Agustín, Einstein, Marcel Proust o Christopher Nolan. Y llegados a este punto crítico, siento decirlo, Séneca, aventurero, buena persona, vas a abandonar tus principios y a salir corriendo como un gamo, dejando al escritor local Guillermo Conde con la palabra en la boca. Volarás a la desesperada y sin saber todavía, después de tanto vaivén, cómo narices llegar a la maldita avenida de los perrillos, perdón, a la maldita avenida del Doctor ___; tu cuerpo romperá ese ritmo cansino que ni siquiera es ritmo aunque te lleve a un sitio concreto, mientras que por lo que optarás tú será por un ritmo frenético, más adecuado a ti y a tu desesperación, pero corriendo el riesgo de no conseguir alcanzar la avenida nunca jamás, y aún así en esta huida inconsciente tendrás tiempo de pensar en el escritor y en sus perrillos, y sentir algo de pena por todos ellos, e incluso, cuando ya estés a unos cincuenta metros de él, podrás escuchar al viejo gritar: «¡Pero niño!¡Entonces qué hago con los perrillos!», y tú, desalentado, con la vista fija hacia delante, serás capaz de responderle algo que, seguro, jamás responderías en circunstancias normales: «¡Pues no pase siempre por allá, pinche pendejo!», y apretarás los dientes para ir aún más rápido, como si tuvieses que salvar a tu familia de ser devorada por una tribu salvaje de una isla perdida del océano Índico.