Ah, sí. La guerra…

“La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”

Alejandra Pizarnik

Dudábamos: ¿hoy el río podrá quitarnos esta capa gorda de lodo seco y polvo? Porque  lo cierto es que terminábamos la instrucción sucios como cerdos. Y siempre, siempre, después de la primera zambullida, y del primer chapoteo, se nos formaba un circulo de agua negro a nuestro alrededor y la piel brillante, lisa, de Jorge por fin se me aparecía. Y a mí en ese instante las aguas del Eresma me parecían benditas, purificadoras; me traían la luz divina de Dios. Luego despertaba y me insultaba a mí mismo: «¡hereje, impío, invertido…!», y desviaba la mirada hacía las montañas o agachaba la cabeza para darme cuenta, con espanto, de que mi entrepierna había medrado. Jorge siempre se ponía divertido cuando se bañaba. «¡Lucio! ¡La guerra! ¡La guerra, Lucio!», gritaba mi amigo, imitando la voz del sargento Castro, mientras daba saltos o me lanzaba agua azotando al río. «Ah sí, la guerra…», le respondía yo en voz baja, mirándolo fijamente, aunque él ni me mirase ni mucho menos me escuchase. Yo ya tenía sumergido el cuerpo hasta el cuello, en aquel Eresma de mi perdición, para evitar que Jorge se diese cuenta de lo mucho que él, sus músculos brillantes, sus guasas… me hacían olvidar que muy pronto nos iríamos allí, a la guerra. 

Guillermo Conde