Teorema De Descomposición Espectral

«La salvación del pueblo es la suprema ley, a la que deben responder todas las demás, tanto humanas como divinas»

Baruch Spinoza

Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina’s:

EL MUDO

Hoy son cinco huérfanos, dos menos que ayer. Todos colocaditos en hilera frente a la puerta. El Mudo Pacheta los mira; aguarda al timbre que sonará enseguida desde el interior del despacho. No permite que los niños hablen, que se miren entre ellos, ni siquiera que tosan. El más pequeño tiene nueve años y el mayor, ocho más. Cuando suene el tintineo irán pasando de uno en uno, de izquierda a derecha, por orden de El Mudo. Hace unos cuantos, muchos años, él estaba en la misma situación que esos muchachos y, en su lugar, era Patarringue el que les hacía pasar al despacho del jefe. Patarringue era mucho más burro que El Mudo con los chicos, o eso se cree, hoy, el propio Mudo. Ese viejo se entretenía, en la larga espera hasta que Burton le daba al timbre, de otras maneras: le gustaba pasearse por entre la hilera de huérfanos y les daba tobitas en la cara, les arrancaba algún pelo de la cabeza, o pegaba un moco en la frente de alguno de ellos. Los niños, entre los que se incluía El Mudo, no debían decir ni pío.

BURTON

Firma con la mano izquierda, aunque sea diestro. Por eso algunos investigadores y grafólogos se creen que está más loco de lo que realmente está. A Burton esto le interesa porque mantiene a esos cerdos con la esperanza de que llegue a realizar cualquier maniobra inesperada que eche por la borda el Imperio. Pero tal cosa nunca pasará. El vértice de la pirámide, él, Burton, se sustenta sobre una base de indestructible mármol. Empezando por los huérfanos. Les ha hecho versátiles. Prefiere que se curtan, por igual, en cualquiera de las tareas sobre las que descansa la pirámide. Niños rateros, niños extorsionadores, niños matones, niños recaderos. Un buen ejército. Todos cobran lo mismo, poco, y todos hacen de todo, mucho. Lo único que difiere en ellos, ciertamente, es la edad. 

JUANÍN, EL HERMANO DE TEODORO

Nueve años. Por fin. Hay que ver la de veces que ha deseado tener la edad suficiente para poder acompañar a su hermano y sus amigos en las tareas conjuntas, o de embarcarse en una peligrosa misión en solitario para el jefe Burton. Ahora ya puede hacerlo y le encanta. Solo lleva un par de semanas, pero ya ha roto cinco cristales del barrio, ha apaleado dos mendigos y, lo mejor de todo, se ha comido todos los pasteles que le ha dado la gana. ¡Gratis! Piensa que Burton está muy contento con él, aunque el resto de huérfanos lo insulten y se rían a su costa. Todos menos su hermano, claro; aunque tampoco es que lo defienda ante ellos. Dice que es algo por lo que Juanín tiene que pasar: en cuanto llegue otro novato, a ese es al que le tocará recibir. 

TEODORO

Y ahora también su hermanito pequeño. Debería sentirse contento; al menos lo tiene a su lado, y no en ese infierno de orfanato. Pero ya le ha visto hacer cosas arriesgadas, las mismas que él hizo en su día y que a día de hoy sigue haciendo, que al llegar allí le parecieron divertidas, emocionantes, un regalo de su héroe, del héroe del barrio, de Burton. Escucha a Juanín contarle con ese entusiasmo inocente las tareas del día pasado, y las que vendrán y está ansioso por realizar, y Teodoro no puede evitar sentir repugnancia. Sobre todo, por él mismo. Algo no camina como debiera en sus adentros. ¿Será por las chicas, recién alumbradas? ¿Por su estirón súbito? ¿O será por esa pila de libros que se llevó de la casa de aquel moroso, y que a trompicones ha ido leyendo y disfrutando? Sea gracias a los libros o no, lo cierto es que últimamente Teodoro fantasea mucho. Dormido y despierto. Y tiene claro que su fantasía favorita, y la más pródiga, es desarrollar una forma perfecta de matar a Burton. 

Suena el timbre. Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina´s.

Guillermo Conde