«Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas»
William Shakespeare
Surgió de la nada, el TSSSSSCH. Con el espasmo del susto, el corredor no vio el tronco caído y acabó tropezando. Ambas rodillas aterrizaron a la vez en el crujiente lecho de ramas. Un impacto seco, que dejaría unas marcas en su cuerpo curiosas de observar cuando fueran mudando de color: primero serían de un rojo fresco; luego púrpuras, durante unos cuántos días, hasta desembocar en tinturas verdes y moribundas; y finalmente las marcas se marcharían, junto con el recuerdo de ese momento, para no dejar nada. Tuvo que usar las dos manos para mantener el equilibrio y no acabar desparramado en mitad del parque. Así se quedó un buen rato, a cuatro patas y con la cabeza gacha, en línea recta con la columna. Estaba echando cuentas antes de la caída. El coche nuevo de Jacobo, el de personal, le había dejado impresionado. No podía evitar desear uno igual o mejor. Nunca desconectaba cuando corría, aunque tampoco es que lo buscara. En la postura en la que estaba su nuca recibía el aliento de los chopos. La mano del sol aterrizaba en su cogote, filtrada según el capricho de las altas copas de los árboles. Las ramitas del suelo no eran capaces de pinchar. Sin duda hoy el parque abrazaba a sus huéspedes. Entreabrió la boca y dejó caer saliva. Ni siquiera estaba cansado, solo había estado corriendo durante veinte minutos. Hacía rutinas anaeróbicas de una hora, doce kilómetros, dos veces por semana. Un ritmo aceptable para un no profesional. Erigió la cabeza para recordar dónde se encontraba. Seguía allí, en una zona ligeramente elevada que lindaba con el lago, justo después de atravesar un repecho que conseguía apretar un poco el aliento si se hacía a buen ritmo. Lo más intrigante de todo es que no había nadie a su alrededor. Alguien le había chistado, como para mandarle callar, mientras iba corriendo, y ahora no había nadie cerca. ¿Podría haberse escondido tras alguno de los troncos cercanos? Concretamente allí, no. Allí los troncos eran tan delgaditos que podrían ser abrazados por un niño. Estaba solo, sí. Pero alguien le había chistado. Eso seguro. TSSSSSCH. Como se chista a los niños traviesos en la sala de cine.Además, lo había escuchado en alta definición, como si hubiese salido de su propia cabeza. Pero eso es imposible, se decía el corredor, demasiado claro, demasiado real. TSSSSSCH. A lo mejor había sido un sonido cualquiera que él había interpretado como un chistido. El vuelo de una libélula pasando cerca de su oreja, por ejemplo. Los sonidos de la naturaleza son interpretables, igual que las nubes, que el cerebro decide que tienen forma de elefante, o de corazón, o en mucha ocasiones, de falo. Eso es. Le había susurrado una libélula o una abeja perdida. Y él, que iba obnubilado pensando en su futuro BMW, se había asustado y había caído al suelo. Algo lógico. Misterio resuelto. Se puso en pie eléctricamente. No quería seguir corriendo. Había decidido ir directamente al banco, a pedir el crédito para el coche, sin pasar por casa para echarse un agüilla. Total, ni siquiera había roto a sudar.
«Uno se acerca al final del viaje. Pero el final es un objetivo, no una catástrofe»
George Sand
Martita era una suicida. Así se definía ella misma. Pero una suicida abstracta, eso sí. Para ella lo del suicidismo era más un estado de ánimo o una filosofía de vida que otra cosa, y decía que probablemente nunca fuera a llevarlo a cabo, lo de suicidarse, ni siquiera a intentarlo. Básicamente defendía la posibilidad de ser capaz de terminar algo en el momento exacto en que debe terminarse; intentar empoderarse en todo, hasta en lo más salvaje que hay, que es la muerte. Se lo explicó de todas las maneras posibles a sus padres, porque, objetivamente, bien explicado no era algo tan terrible; pero ellos, acojonados, la vigilaban como búhos porque desconfiaban de que un día Martita no se dejase llevar por una ventolera y se arrojase al río como su heroína, Virginia Woolf. A la mínima fiebre, o que le sangrase la nariz, o al mínimo raspón que se hacía al caerse bailando, pensaban que Martita se estaba autolesionando y que había comenzado a borrarse de la vida, y la querían llevar corriendo al médico de urgencias, al curandero o al exorcista. Que no se preocupasen, les decía ella continuamente, ¡dejadme vivir! Que no se preocupasen, les decían los amigos a los padres, que Martita siempre había sido una chica alegre, estudiosa, se había sacado una carrera difícil, salía por ahí con sus amigos, que no se preocupasen que lo del suicidismo abstracto no era peligroso, que tenía muy buen coco la muchacha y a lo mejor lo de su alrededor se le quedaba corto y tenía que salirse un poquillo de lo convencional. ¿Un poquillo? Gruñían los padres, a coro; y se mostraban agrios el resto de la velada. En una cena de cumpleaños, cuando conocieron al nuevo novio de Martita, guapo y encantador, de nombre Cualquiera, también este les dijo que no se preocupasen, que él se encargaría de esas ideas tan raras de su hija, sabía bien lo que necesitaba, solo un poquito de mano dura, ¡ja, ja, ja! Tenía una sonrisa de verdad que preciosa, Cualquiera. Y los padres: ¡Qué alivio! Por fin alguien, alguien firme, les iba a ayudar a reconducirla, a que no pensase de esa manera. Ojalá te haga caso, Cualquiera, porque nosotros ya no sabemos qué hacer. Todos dirigieron sus miradas a Martita, que agachó la cabeza. Parecía ruborizada, e incluso avergonzada. Y es cierto, muy cierto, que este pavo, Cualquiera, iba a anular de la personalidad de Martita aquello que a sus padres y a él tanto molestaba. Todo comenzaría con comentarios distraídos, del tipo ¡ay, loquilla, qué cosas piensas!, luego algo un poco más serio, ¿de dónde has sacado esas ideas, guapa?, más adelante diría algo como ¡coño, me tienes que hacer caso si quieres curarte!, y casi sin darnos cuenta, nos plantaríamos en el tú estás loca, y al no funcionar esto, en el tú estás jodidamente loca, y después en el eres una loca y una puta, y en el no vales para nada, y finalmente en los estás para encerrarte, no me levantes la voz, no te tapes la cara, tú no vas a ningún sitio, no me dejes, nadie te quiere, solo yo, te juro que si te vas te mato…; y todo esto hubiera ocurrido, con alta probabilidad, si no fuera porque cuando Martita agachó la cabeza en aquella cena no es porque se sintiese avergonzada, ni mucho menos, si no porque su personalidad suicida, abstracta, eso sí, le estaba susurrando que no volviese a ver nunca jamás de los jamases a ese tal Cualquiera; la estaba ayudando en la difícil tarea de terminar las cosas en el momento exacto en que deben terminarse.
«Todo es ceremonia en el jardín salvaje de la infancia»
Pablo Neruda
Nunca he sido mucho de pedir, no. Calculo que tú tampoco debes de serlo ya. Pedir es un salto, y no me gusta ni saltar ni pedir. Así que no tengo intención de pedirte que seas feliz ni que seas tú misma ni que vivas la vida ni que reces ni otras obviedades, obviedades, obviedades. Pedir no cuesta nada hasta que alguien acepta satisfacer tu petición, a partir de entonces hay que ser correctos y devolver el favor y eso, obviamente, nunca es gratis. Yo no quiero deberte nada porque creo que ya tengo suficiente con pensar en ti constantemente por culpa de esta maldita gota. La gota y tú, la mayor parte del tiempo, sois una. Algunas veces la gota te deja y se une a mí. Y otras, muy raras, nos desprecia a ambas y es solo la gota. Yo te odio a ti y me odio a mí porque odio a la gota. El odio que engendra una obsesión que, en este sitio, es la única manera de pasar el tiempo. De momento las preguntas son mi armadura hasta que acabe por volverme majareta del todo. ¿Ya sabes cuánto pesa una gota de agua? Yo todavía no lo he descubierto. Lo busqué en la biblioteca la última vez que me dejaron salir, hace treinta y pico días. Aquí cuento el tiempo basándome en lo largas que tengo las uñas de las manos: cuando llegan a cierta longitud, sé que han pasado dos semanas, aproximadamente, y luego me las muerdo para que vuelvan a crecer. Me habré mordido las uñas, desde que estoy aquí metida, unas diez veces. Hay muy pocos libros de ciencias naturales en la biblio, y aquel día, a pesar de ojearlos todos rápidamente, no pude encontrar una respuesta concreta a mi pregunta —¿cuánto pesa una gota?, ¿cuánto pesa mi gota?—, pero sí que hallé esta fórmula tan complicada y que no tengo ni idea de lo que hacer con ella: . Creo que la o con tupé es la tensión superficial del agua, y la a se refiere al ángulo de contacto con el tubo. ¿Qué tubo? Supongo que será el tubo desde donde cae la gota. La mía no cae desde ningún tubo, sino desde una grietita pequeña en el techo. Pasó que cuando iba a memorizar lo que significaba cada letra y cada número y cada símbolo raro de esa fórmula, para así intentar hacer el cálculo cuando estuviese en la mazmorra, vino ‘La Cejas’ con su peste a pelo enlacado y me dijo que mi tiempo se había acabado y me echó de allí a empujones. Menos mal que por fin sé que mi gota pesa algo y existe. Ya no pienso que me la he inventado por culpa de la locura, de la oscuridad, del aislamiento, de la suciedad, del dolor. Esta no es una gota literaria y cortazariana, si es que esos dos adjetivos no quieren decir lo mismo, que se desgrana en versos y rimas y no quiere desprenderse de su agarradera. Mi gota quiere caerse y se cae. Sin excepción. Y sé dónde cae exactamente porque exactamente cae siempre donde tiene que caer: en el centro de mi almohada. Es inevitable que caiga ahí. Si ven que coloco la almohada de otra manera para que no reciba la gota, viene ‘La Cejas’ y me zurra. Quieren que la gota caiga en el centro de la almohada y ya está.
Bueno, llamar a eso almohada sí que es un salto. De fe. Las plumas del relleno se han amalgamado en cuatro bloques. Lo demás es vacío y tela suelta. A base de golpes secos, con la palma de mi mano, consigo extender las plumas de una manera más uniforme, pero más pronto que tarde acaban emergiendo de nuevo esas concentraciones picudas tan molestas. En el centro, la mancha de gota. El agua de aquí esta sucia. A la luz, cuando la hay, se puede ver el cráter rugoso y marronáceo que deja en la almohada el goteo machacón que está consiguiendo disolver mi cordura. Un día decidí no pensar en ti y me entretuve contando las gotas que iban rozándome la cara al aterrizar en su destino habitual. Fueron 2.152. Largo rato estuve contando, puede que un día entero, hasta que paró. Son muchas, 2.152, pero para mí solo es una única gota. La gota. Siempre la misma. No hay un patrón para saber cuándo van a liberar a la gota. Sé que lo hacen ellos, y sé que no existe un patrón porque así me fastidia mucho más. Los momentos sin gota también son aleatorios. Intento aprovechar esos ratos para dormir adecuadamente, pero la gota sigue cayéndome en sueños y mojando toda mi existencia pasada y presente. Del futuro no hay por qué preocuparse. Cuando se empapa la almohada es inútil darle la vuelta porque enseguida cala hacia el otro lado. Qué asco de humedad. No hay nada tan irrefrenable y tan molesto en la naturaleza como la humedad.
No conozco el peso de la gota, pero sí el sonido que emana de ella. Ese PLUC. PLUC. Cuando tengo los ojos abiertos, el PLUC no tiene demasiado poder para destacarse entre la oscuridad. Pero si cierro los ojos, ese sonido se define hasta convertirse en la gota yadquirir el poder de poseerme a mí también, el poder de hacer que yo sea PLUC y PLUC sea yo. PLUC y yo, nosotras, ambas convertidas en la gota, que nacemos en la grieta y caemos pesadamente sobre la almohada, nos quedamos unos segundos devorando la tela y seguimos descendiendo lentamente hasta toparnos con una pluma amarillenta, a la que abrazamos con malicia, e ipso facto abandonamos para seguir ansiosas hasta tocar colchón, que se rebela empleando sus armas, que son las chinches y la mierda, pero nosotras somos pastosas, somos PLUC y no nos damos por vencidas y entramos, el colchón acaba claudicando porque nota que estamos jugando en su sala de maquinas, ambiciosas, imparables, dejando recuerdos de agua entre los muelles ya de por sí oxidados, que se dan cuenta de que su vida se acorta por PLUC, por nosotras, un virus que ya ha atravesado sus entrañas y ha saltado al vacío que separa el camastro del suelo, no sin antes driblar las lonchas de madera transversales, algunas de ellas a punto de partirse, que soportan el colchón mohoso y ya eternamente mojado, del que nos despedimos para vivir en el suelo polvoriento durante unos minutos, y luego morirnos de sed y de pena. PLUC y yo. Y todo esto por tener los ojos cerrados.
Aunque es mucho peor cuando la gota eres tú. Estoy segura de que es su estado natural. Ser tú. Convertirse en ti para perturbarme aún más y más y más, hasta el infinito. Tú. Tú, saliendo de casa, hace veinticinco años. Tú, con el vestido que te queda dos tallas grande, pero mamá te lo compró así para que te durase al menos un par de años más. Tú, recién alimentada con la merienda habitual de sandwich y batido de chocolate. Tú, siendo advertida por mamá de que está a punto de llover, con cuidado, hija mía. Tú, desoyéndola y queriéndola mucho. Tú, cerrando la puerta y dando cinco pasos guardando las formas para después empezar a correr como un potrillo. Tú, llegando al parque donde no hay ningún niño porque todos le tienen miedo a la encinta nube negra. Tú, ama del parque, todo para ti. Tú, feliz. Tú, celosa del césped tan verde que estás pisando porque acaba de recibir, a tres metros de ti, su primera gota. Tú, elevando el rostro hacia el cielo, ansiosa. Tú, cerrando los ojos para amplificar la sorpresa. Tú, ¿llegará? Tú, ¿cuándo llegará? Tú, ¿cuánto pesará? Tú, PLUC. Tú, carrillo derecho, a dos centímetros del ojo. Tú, verdad, libertad, naturaleza. Tú, ojalá lleguen más.
Por favor, no lo tomes a mal, pero sigue sin apetecerme darte lecciones de vida, ni consejos para esta cosa o la otra. Tampoco quiero revelarte todo tu futuro. Noto que mi cerebro empieza a ser una sopa y cada vez me cuesta más alcanzar con mi cuchara algún pensamiento sano y coherente. Ahora mismo solo querría gritarte: ¡Niña, cuidado con la gota, te hará sufrir! ¡No la ames tanto! ¡Niña, será tu tortura! Ojalá pudieras escucharme, o leerme. Ojalá pudiera llegar a ti y prevenirte contra la gota, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo. Quizá pueda buscarlo en algún libro de la biblioteca, cuando les dé por dejarme salir.