#figuradelanoche

«Encuentra el éxtasis de la vida; la mera sensación de vivir es alegría suficiente»

Emily Dickinson

Debes de tener el tabique algo torcido. Me gustaría decírtelo a la mañana, aunque me temo que voy a aprovechar esta acompasada respiración tuya, que algo disfrazará mis pasos, para recoger mi ropa, ponérmela, largarme. Adiós. Nada personal. ¡No! Ahora no me eches el brazo encima, #figuradelanoche. Vale que nos hemos compartido durante un rato, y tras invocar a la Lunesta nos hemos dormido a la vez. Mmm…lo nuestro, hasta ahora, parece ser cosa de sincronía: de miradas, de orgasmos, de dormitares…Seguro que hemos soñado cosas hermanadas, aunque a mí, al poco, me haya arreado el despertar. Uno como tantos otros. Pero no te enfades. Decidido estaba ya de irme cuando de repente tu brazo se me ha derramado por el pecho como un virus, hendiéndose directamente hacia el músculo que intento, intento, intento alejar del timón de mis acciones en ocasiones como esta. Porque has de saber que mi corazón no se roza, #figuradelanoche. Y por si acaso, me voy. ¿Será la madrugada púrpura la que me convierte en fugitivo? No, no. Lo decido yo todo. Mira: ahora estoy decidiendo, en tiempo real, que me gusta como roncas. Tienes un ronquido ligero, superficial, pero con sus matices salvajes —ve a mirarte el tabique, anda—. Algo así como tu sexo. Quizá anoche te elegí por eso. Yo me digo que te elegí y el duende de tus sueños seguro que te está dictando en lenguaje REM que, cómo no, fuiste tú quien me eligió a mí. Pero acordemos lo siguiente, confiando en que mi frecuencia de pensar y la tuya de soñar sean la misma o estén en un espectro cercano, casi mínimo, como ese transistor tan antiguo al que, con un ligero toque de ruleta, transformamos de vocero de malas nuevas a divulgador de violines, trompetas…en fin, de música; decía, acordemos algo sencillo: ahora la cosa no está para peleas, #figuradelanoche. Se discute a cierta distancia, no como estamos tú y yo ahora mismo; pegados. ¿Qué más da quién eligió a quién? Ale, dame la razón, respóndeme un sí en ronquidos, que seguro que será el triple de sincero que el discurso de cualquier politicucho de esos. Venga, dime: Sí. Y a lo mejor me quedo un poquito más. Así como estamos. De todas formas, nunca vas a saber si me quedé lo que dura una breve siesta, un polvo, o me quedé toda la eternidad que engloban las noches de verano limpias como la de hoy. Mierda, me he confundido de brazo. Me picaba el mío y he rascado el tuyo, sin querer. Qué despiste. Menos mal, no te has dado cuenta. Aquí no se ve un carajo, y ahora que lo pienso…¡ni siquiera sé si tienes lo que se dice una cara! Lo curioso es que no me pesas más que mi propio cuerpo; por eso todavía no estoy montado en un veloz VTC rumbo a mi casa. Creo que estoy a gusto, no tengo prisa, aunque siga sin tener ni puta idea de quién eres, quién puedes ser y, mucho menos, quién quieres ser. Por eso te llamaré #figuradelanoche, e intentaré amarte al menos durante unos minutos, hasta que me vea capaz de ponerme los calcetines, y marche. Por fin.

Guillermo Conde

Té con canela

“Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras”

Jorge Luis Borges

—Vamos, Ángel, que llegamos tarde… —escucho su voz desde el salón.

Nieves casi siempre tiene que esperarme. Yo me aseo, yo me peino, y ella se sienta en el sofá con el libro que esté leyendo en ese momento. No la veo pero escucho el rasgueo de las blancas páginas al pasar de una a otra.

—¡Cinco minutos!

La paciencia es para gente fuerte como Nieves. Hace tres años, cuando yo ya me había resignado a morirme de cáncer, ella tenía paciencia y esperaba y esperaba. Y confiaba. Me agarraba de la mano y me transmitía calor. Apenas hablábamos, cosa que mi yo-moribundo agradecía. De morir, no me hubiera disgustado hacerlo así. Pero me salvé. Mejor dicho: me salvaron los médicos. Y claro, también Nieves. Yo no hice mucho, salvo quejarme y cagarme encima. Y llorar y rabiar y patalear. No por cobardía, sino por miedo, que son cosas muy distintas, incluso diría que contrarias. Recuerdo a Nieves ahí, a mi lado, con esa mirada calma que dirigía hacia mí con tanta generosidad. Ella no parecía tener miedo.

Si yo fui cobarde, lo fui antes del diagnóstico. Cuando empecé a notar que algo no marchaba bien dentro de mí. La enfermedad se iba desvistiendo y dejaba prendas por todo mi cuerpo. Yo callaba por eso, creo, por cobarde. Pasaron meses. Hasta que un día el cáncer se quitó la última prenda y apareció con todo su poder. Tan desnudo y tan crudo. Me desmayé delante de Nieves y aún así, tras volver en mí, osé negar la posibilidad de que algo malo se estuviese paseando por mis entrañas. Ella, firme, dijo: «Nos vamos al hospital». «Un sofoco, Nieves, solo eso», respondí. Nieves acercó su cara a la mía, fijó su gesto rocoso en mi visual, y repitió: «Ángel, nos vamos al hospital».

—¡Ya casi estoy! —grito, entre el runrún del secador de pelo. 

Hemos quedado para cenar en Bubba’s con mi hermano gemelo y su nueva pareja. Se conocieron gracias a una app de encuentros casuales, de pago; y resulta que conectaron, así que la cosa no quedó en esa única cita. Lo primero que le pregunté a mi hermano al enterarme fue: ¿y por qué ahora? Él siempre ha sido el típico, y risueño, calavera. Mi antítesis. «A esta edad hay un vacío…», comenzó a responder, aunque no acabó la frase. Y yo le entendí. El gemelo loco llega a cierta edad y busca la estabilidad que el gemelo cuerdo siempre ha tenido. Siempre…siempre…Tengo que decirlo: he descubierto hace poco, para mi sorpresa, que el siempre es capaz de diluirse como la témpera en el agua. Y la consecuencia de semejante descubrimiento es que, esta misma noche, voy a dejar a Nieves, mi mujer. 

—¿Dónde está la gomina? —pregunto. 

—¡Y a mí que me cuentas, muchacho! Yo no uso de eso. 

Hace seis meses la doctora me confirmó que estaba limpio de cáncer. Fui, flotando, y encuadrado por una sonrisa como si me hubiera dado un aire, a la cafetería de enfrente del hospital. Me pedí un té con canela. Había sido obsequiado con un nuevo futuro, pero yo sabía que la que en realidad se lo merecía era Nieves. Por esto, los primeros meses de salud me esforcé en que lo que viniera solo fuera bueno. Bueno no: lo mejor. Nieves sonreía más. Charlábamos. Bailábamos. Hacíamos el amor. Yo sentía que estaba en deuda con ella, y disfrutaba tanto de verla así…Desde mi curación sentía una especie de vacío interior, que a mí me parecía un vacío maravilloso porque pensaba que era hijo del hueco que había dejado el cáncer al esfumarse. Y yo ansiaba llenarlo poco a poco de vida limpia, aire fresco, colores…Pero fueron pasando los días, los meses y, hasta el día de hoy, eso no ha ocurrido. 

La semana pasada decidí hablar con mi hermano. Le dije que pensaba que había dejado de querer a Nieves. Y que no sabía por qué. Abrió los ojos, sin entender nada al principio. Luego empezó a decir muchas cosas sin sentido y yo desconecté. Pero en cierto momento capté una sentencia inesperadamente sabia. Mi hermano dijo que el amor puede ser de todo, menos una deuda que haya que pagar. Ahí es cuando se produjo el clic.

Qué curioso: el acto más valiente de mi vida va a ser precisamente el más dañino y, muchos dirán, yo diré, Nieves pensará pero conociéndola, no lo dirá, el más injusto de todos. Ella, que estuvo siempre, en todas las historias que la vida me escribió y nos escribió como pareja. Y ahora voy y decido ser yo el que escriba mi propia vida, en vez de que me escriba ella a mí. Y eso es bonito. Pero decido no escribir a Nieves, mi salvadora, en esta nueva historia. Y eso es feo, ¿no? ¿Sí?

—¡Eres un pesado! —oigo que grita Nieves. 

Al salir del cuarto de baño veo que ya tiene el abrigo puesto.

—Perdón, cielo. Podemos irnos.

Cojo mi gabardina del perchero y abro la puerta para que salga Nieves. Cuando pasa a mi lado, sin querer, agacho la cabeza. 

Guillermo Conde

Teorema De Descomposición Espectral

«La salvación del pueblo es la suprema ley, a la que deben responder todas las demás, tanto humanas como divinas»

Baruch Spinoza

Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina’s:

EL MUDO

Hoy son cinco huérfanos, dos menos que ayer. Todos colocaditos en hilera frente a la puerta. El Mudo Pacheta los mira; aguarda al timbre que sonará enseguida desde el interior del despacho. No permite que los niños hablen, que se miren entre ellos, ni siquiera que tosan. El más pequeño tiene nueve años y el mayor, ocho más. Cuando suene el tintineo irán pasando de uno en uno, de izquierda a derecha, por orden de El Mudo. Hace unos cuantos, muchos años, él estaba en la misma situación que esos muchachos y, en su lugar, era Patarringue el que les hacía pasar al despacho del jefe. Patarringue era mucho más burro que El Mudo con los chicos, o eso se cree, hoy, el propio Mudo. Ese viejo se entretenía, en la larga espera hasta que Burton le daba al timbre, de otras maneras: le gustaba pasearse por entre la hilera de huérfanos y les daba tobitas en la cara, les arrancaba algún pelo de la cabeza, o pegaba un moco en la frente de alguno de ellos. Los niños, entre los que se incluía El Mudo, no debían decir ni pío.

BURTON

Firma con la mano izquierda, aunque sea diestro. Por eso algunos investigadores y grafólogos se creen que está más loco de lo que realmente está. A Burton esto le interesa porque mantiene a esos cerdos con la esperanza de que llegue a realizar cualquier maniobra inesperada que eche por la borda el Imperio. Pero tal cosa nunca pasará. El vértice de la pirámide, él, Burton, se sustenta sobre una base de indestructible mármol. Empezando por los huérfanos. Les ha hecho versátiles. Prefiere que se curtan, por igual, en cualquiera de las tareas sobre las que descansa la pirámide. Niños rateros, niños extorsionadores, niños matones, niños recaderos. Un buen ejército. Todos cobran lo mismo, poco, y todos hacen de todo, mucho. Lo único que difiere en ellos, ciertamente, es la edad. 

JUANÍN, EL HERMANO DE TEODORO

Nueve años. Por fin. Hay que ver la de veces que ha deseado tener la edad suficiente para poder acompañar a su hermano y sus amigos en las tareas conjuntas, o de embarcarse en una peligrosa misión en solitario para el jefe Burton. Ahora ya puede hacerlo y le encanta. Solo lleva un par de semanas, pero ya ha roto cinco cristales del barrio, ha apaleado dos mendigos y, lo mejor de todo, se ha comido todos los pasteles que le ha dado la gana. ¡Gratis! Piensa que Burton está muy contento con él, aunque el resto de huérfanos lo insulten y se rían a su costa. Todos menos su hermano, claro; aunque tampoco es que lo defienda ante ellos. Dice que es algo por lo que Juanín tiene que pasar: en cuanto llegue otro novato, a ese es al que le tocará recibir. 

TEODORO

Y ahora también su hermanito pequeño. Debería sentirse contento; al menos lo tiene a su lado, y no en ese infierno de orfanato. Pero ya le ha visto hacer cosas arriesgadas, las mismas que él hizo en su día y que a día de hoy sigue haciendo, que al llegar allí le parecieron divertidas, emocionantes, un regalo de su héroe, del héroe del barrio, de Burton. Escucha a Juanín contarle con ese entusiasmo inocente las tareas del día pasado, y las que vendrán y está ansioso por realizar, y Teodoro no puede evitar sentir repugnancia. Sobre todo, por él mismo. Algo no camina como debiera en sus adentros. ¿Será por las chicas, recién alumbradas? ¿Por su estirón súbito? ¿O será por esa pila de libros que se llevó de la casa de aquel moroso, y que a trompicones ha ido leyendo y disfrutando? Sea gracias a los libros o no, lo cierto es que últimamente Teodoro fantasea mucho. Dormido y despierto. Y tiene claro que su fantasía favorita, y la más pródiga, es desarrollar una forma perfecta de matar a Burton. 

Suena el timbre. Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina´s.

Guillermo Conde

Que yo recuerde

«La única patria que tiene el hombre es su infancia»

Rainer Maria Rilke

Cogía yo a esa muñeca pepona, más bien fea, y la mecía con mucha suavidad. Ay, Tinina…ay, Tinina… no te me vayas… Mi Tinina, moribunda, y yo, intentando salvarla por todos los medios. Cerraba los ojos fuerte y me mojaba los carrillos con saliva si acaso no me salían las lágrimas. Oraba. Le echaba ungüentos. Ay mi Tinina…ay… Al final siempre se me moría, Tinina. Moría ahogada. De pena. Por escarlatina, peste, o por suicidio… cada día expiraba de una manera distinta y monstruosa. El drama. Yo pasaba toda la tarde triste por no poder ayudarla. La enterraba debajo de mi cama, para que al menos me protegiese desde el otro mundo. ¡Y, vaya, lo hacía! Conseguía dormirme pronto, y soñaba con otras cosas con más colores que mi vida, a lo mejor con una playa y muchas sombrillas, con manadas de ciervos, globos, caramelos, un camino largo y verde… Al amanecer, con los pies muy fríos, rebuscaba en el cajón de los calcetines y allí, sepultada entre unos cuantos pares, me encontraba a Tinina, rediviva. ¡Milagro! Aparecía bien feliz en la cocina con mi muñeca, para desayunar con mi familia. Pero mi padre, al verme con Tinina en los brazos, ni buenos días ni nada: directamente me arreaba un guantazo sin levantarse siquiera de la silla, y algunas veces sin soltar la taza de café que pendía de esos dedos que ya eran todo sabañones. Yo sentía que se me descolocaban las cejas y me temblaban los dientes, de aquellos golpes. Me caía. Desde el suelo lloraba. Mi padre, al que observaba gigante en su silla, decía: «Niño imbécil. En esta casa no quiero lloros ni muñecas». Cuando podía levantarme ya todos habían terminado su desayuno, y a mí no me quedaba nada que comer. Salía corriendo de la casa hacia la montaña de basura que había enfrente de ella. Quería deshacerme de Tinina. Para siempre. Pero nunca podía abandonarla, aunque ya no la quería como al despertar: por su culpa me zurraban, me quedaba sin desayuno, lloraba. Así que me la escondía debajo del suéter y regresaba a casa.  Luego, enseguida, pensaba que, por otro lado, gracias a ella y a su magia yo era capaz de soñar. Y la volvía a querer mucho. 

Poco antes de comer es cuando comenzaba a morírseme. 

Ay, Tinina…ay, mi Tinina

Y así durante toda mi infancia, que yo recuerde. 

Guillermo Conde

Ah, sí. La guerra…

“La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”

Alejandra Pizarnik

Dudábamos: ¿hoy el río podrá quitarnos esta capa gorda de lodo seco y polvo? Porque  lo cierto es que terminábamos la instrucción sucios como cerdos. Y siempre, siempre, después de la primera zambullida, y del primer chapoteo, se nos formaba un circulo de agua negro a nuestro alrededor y la piel brillante, lisa, de Jorge por fin se me aparecía. Y a mí en ese instante las aguas del Eresma me parecían benditas, purificadoras; me traían la luz divina de Dios. Luego despertaba y me insultaba a mí mismo: «¡hereje, impío, invertido…!», y desviaba la mirada hacía las montañas o agachaba la cabeza para darme cuenta, con espanto, de que mi entrepierna había medrado. Jorge siempre se ponía divertido cuando se bañaba. «¡Lucio! ¡La guerra! ¡La guerra, Lucio!», gritaba mi amigo, imitando la voz del sargento Castro, mientras daba saltos o me lanzaba agua azotando al río. «Ah sí, la guerra…», le respondía yo en voz baja, mirándolo fijamente, aunque él ni me mirase ni mucho menos me escuchase. Yo ya tenía sumergido el cuerpo hasta el cuello, en aquel Eresma de mi perdición, para evitar que Jorge se diese cuenta de lo mucho que él, sus músculos brillantes, sus guasas… me hacían olvidar que muy pronto nos iríamos allí, a la guerra. 

Guillermo Conde

Castamere

«Todo lo que empieza mal termina peor»

Edward Aloysius Murphy

Iba a pronunciar los votos nupciales cuando Penélope, la novia, escuchó a su padre jadear. Lo miró y vio que estaba colorado, con los pómulos hinchados. Y corrió hacia él con angustia. Dos minutos después, en el justo momento en que Roberto, el novio, hubiera tenido que leer sus votos, este vio, mientras abrigaba a Penélope con el brazo izquierdo, a su suegro dejar de respirar y perder la consciencia. Una ambulancia se lo llevó a la media hora. Cuando estaba programado que el baile nupcial, a ritmo de Perfect de Ed Sheeran, se celebrase, veinticinco personas se encontraban en la sala de espera del hospital aguardando a que alguien les certificase oficialmente lo que sus ojos, y los de muchas otras personas, unos ciento cincuenta pares de ojos presentes en la boda, ya habían certificado: que aquel amado hombre estaba muerto. Algunos se habían quedado en la finca “El Mago” comiendo y bebiendo, con la mirada perdida, mientras caía en saco roto todo lo que ingerían y sin hablar nada salvo para pedirle algo a los del catering. Hubo quien se emborrachó, con la idea de que no existen mejores ocasiones para beber sin mesura que las bodas y tras la muerte de un ser querido; así que como tristemente se habían conjugado ambos factores, nadie necesitaba disculparse por ello. A las 2:30 cuatro granujas tendrían que haber estado cortándole la corbata a Roberto y, sus amigas de la infancia, el liguero a Penélope, pero en vez de eso ella ahora firmaba un papel del seguro que ni siquiera había leído y él estaba en la puerta del hospital fumando un cigarrillo. El día anterior la pareja había acordado no emborracharse demasiado en el convite y la fiesta: querían estar en unas condiciones aceptables para poder hacer el amor salvajemente en su noche de bodas, acto que se hubiera producido alrededor de las 4:30 en una de las habitaciones más bonitas de la finca “El Mago”; sin embargo, a esta hora, y a pesar de encontrarse por fin solos, Penélope y Roberto estaban muy lejos de orgasmizarse por primera vez como marido y mujer. Se abrazaban, eso sí, en la barra de la cafetería del tanatorio, con sendos cafés a su lado que todavía no habían probado, temiendo lo insoportable que resultaría el día siguiente, que iba a llegar demasiado pronto, sin noche de bodas y sexo salvaje, sin dormir, sin distinguirse este nuevo día del anterior porque la tristeza no lo iba a permitir. Ya casi no pensaban en aquella boda arrebatada apenas unas horas antes, una boda que estaba abocada a perderse finalmente en lo oscuro del tiempo porque, cuanto más fueran, Penelope y Roberto, día tras día, recordando al padre/suegro muriéndose en mitad de sus votos nupciales, más rápidamente se irían evaporando la razones y los sentimientos por los que habían deseado casarse. 

Guillermo Conde

Jonás en su desvelo

«El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos»

William Shakespeare

Jonás acaba de despertarse porque en sueños le ha venido a visitar un recuerdo perdido de su infancia: la mejor amiga de su madre, que fue una bruja buena, un día, pero solo uno, perdió la cabeza y le dio por augurar las muertes de todas las personas que pillaba a su paso. A su propio marido le aventuró que lo mataría ella misma, y a la madre de Jonás solo tuvo que decirle: «cáncer». A él, que todavía era chiquito, cuando se lo cruzó le auguró una muerte novelesca, aterradora y bíblica, en fin: sería devorado por una ballena. Como Jonás nunca había pisado el mar y tampoco tenía intención de hacerlo, por ser de secano y poco dado a las aventuras, ni siquiera se asustó y pronto lo olvidó todo. La bruja volvió a ejercer de bruja buena y jamás volvió a predecirle más muertes ni a él ni a nadie. 

Ahora Jonás, en su desvelo, hace balance. Que él sepa, ninguna de las predicciones de la bruja se ha llegado a cumplir: su madre murió hace dos años de un derrame cerebral, el marido de la bruja todavía sigue vivo y él, Jonás, por el momento también. La bruja. Ella sí que murió. Y lo hizo sin desvelarle a nadie que el acceso de locura de aquel día no fue tal. Que solo se dedicó a lanzar falsos augurios, de manera aleatoria aunque con mucha intención, jugando, por qué no decirlo. La bruja sabía que daba igual si a la madre de Jonás le decía «cáncer» o «derrame», si a su marido le pronosticaba un asesinato o un atropello de camión, y si a Jonás, todavía un niño, le desvelaba que sería pasto de ballena o moriría al explotar su cohete rumbo a Marte o se caería de una moto; ella sabía que, sin excepción, todos habrían interpretado como igual de improbables cualquiera de las muertes que les hubiera augurado.  Porque no hay nada tan lejano para los seres humanos como la muerte, a pesar de que algunos dioses y todos los animales piensen lo contrario. Pero ese es otro cuento. Lo más importante ahora es que Jonás vuelva a dormirse, que intente descansar, a pesar de los ecos y los goterones que suenan tan fuerte en las tripas de la ballena blanca que se lo ha tragado. 

Guillermo Conde

Los raspones: Creador

«Crear, es vivir dos veces»

Albert Camus

1

A Monete Mondongo se lo había dado todo. Primero lo sacó de la selva, donde había pasado los primeros años de su vida trepando, brincando árboles, alimentándose de nueces y lagartijas, y robándole por la noche comida rica a los intrusos durmientes. Un día fue atrapado por Rafael, un mercader ambulante, que se dio cuenta de que Monete Mondongo era muy espabilado y se lo llevó con él a una ciudad rosada y enorme para intentar enseñarle a hablar. Esto es lo que se narra en el primer libro de la heptalogía de Monete Mondongo. En el segundo encontramos a Monete siendo capaz de pronunciar ciertas palabras como “casa”, “comer”, y “vivir”; además, tiene muchos momentos cómicos en la ciudad con Rafael, que se ha convertido en su amigo, y así es como aprende a reír. En el tercer libro ya sabe leer con cierta fluidez y en el cuarto, es un mono que cocina y baila. Al final de este volumen se muere Rafael de una repentina fiebre amarilla, y Monete Mondongo se queda solo. “Muerte” era una de los conceptos que todavía no había aprendido. Decidió el creador que era buen momento para poner a Monete a filosofar, precisamente sobre algo que acababa de descubrir, la muerte. Fue un curioso experimento, y a los fans les gustó. Siguiendo esta línea, la quinta parte de las aventuras de Monete se convirtió en una diatriba contra la soledad desde la completa soledad del protagonista, pero en esta ocasión los seguidores no conectaron, ya que lo vieron todo muy contradictorio y aburrido. En la siguiente entrega, presionado por sus editores y por una gaseosa situación económica, el creador tuvo que ceder a algo que llevaba tiempo pidiendo su público: por fin, el amor. Monete conoció a Laruska, cantante de jazz, y se enamoró en tres segundos. Fue rechazado sucintamente por ella, que lo había visto solo en el club y no le había dado buena impresión, allí de pie y con las manos en los bolsillos, encorvado, nada sexy. Se dio cuenta Monete de que es muy recomendable ser algo sociable, o divertido, o un poco canallita, para conseguir enamorar, y el nudo de la novela cuenta la divertida búsqueda de un grupo de amigos, más bien de atrezzo, para el héroe. La cuadrilla acaba formada por Paco, el de los televisores, el mendigo José Fabián, y una tal Cuqui. Laruska y Monete, tras una noche loca de fiesta y jazz, acaban durmiendo juntos. Así comienza la historia de amor que abarcará toda la séptima parte de la novela-rio, la última. Una aventura por la vida en común de la pareja, los distintos estadios del enamoramiento, los redescubrimientos cotidianos, las crisis, la enfermedad, la muerte que aparece de nuevo, en este caso para llevarse a Laruska, Monete volviendo a quedarse solo…y el épico epílogo, que es un monólogo del mono recitado sobre la rama de un árbol, tras su vuelta a la selva. Mil páginas fueron necesarias para apuntalar un cierre que muchos críticos calificaron como perfecto.

2

El creador se levanta a mear en mitad de la noche. La segunda vez. Ya no puede evitar sentirse viejo. Se mete entre las sabanas, quiere dormirse pronto. Cierra los ojos y se vuelve todo negro. Menos un punto. Le queda un punto blanco entre ojo y ojo. Tras dos horas sin poder dormirse, el punto blanco comienza a convertirse en otra cosa. Ahora es una idea, una idea blanca: Me muero. Pasada otra hora, son dos ideas, no una, las que le rondan. Idea 1: Me muero. Idea 2: A Monete Mondongo se lo he dado todo. La primera idea es completa, y mal que le pese al creador, cierta. Se muere. Pero siente que la segunda no le llena el pensamiento. A Monete le he dado conocimiento, amistad, curiosidad, pasión, amor, vida, muerte, y yo qué sé más. Y aun así siente que le ha faltado algo. Pero, ¿qué? Al creador le entra un ataque de tos y se mea encima. Se intenta levantar y le cruje la espalda como la madera rancia. Decide quedarse sentado unos minutos. Cierra otra vez los ojos. El punto blanco sigue allí, pero enseguida comienza a agrandarse, a comerse el negror que encierran sus pestañas, hasta que todo es de un blanco abierto y que esplende tanto que empieza a doler. De repente, el creador vuelve a abrir los ojos. Acaba de caer. ¡La vejez! ¡Se me olvidó darle la vejez, esa mansa bestia! Y se vuelve a levantar para cambiarse el pijama meado. Efectivamente. En casi cuatro mil páginas de historia, Monete Mondongo acaba viviéndolo todo y sabiéndolo casi todo. Pero a su demiurgo se le olvidó envejecerlo, insuflarle el aliento de una muerte cada vez más cercana, darle canas, achaques. Y por culpa de este olvido es muy probable que el joven Monete tenga que quedarse flotando, inmortal, más allá de las páginas y de los días. Qué despiste. 

Guillermo Conde

Los raspones: Runner

«Anunciad con cien lenguas el mensaje agradable; pero dejad que las malas noticias se revelen por sí solas»

William Shakespeare

Surgió de la nada, el TSSSSSCH. Con el espasmo del susto, el corredor no vio el tronco caído y acabó tropezando. Ambas rodillas aterrizaron a la vez en el crujiente lecho de ramas. Un impacto seco, que dejaría unas marcas en su cuerpo curiosas de observar cuando fueran mudando de color: primero serían de un rojo fresco; luego púrpuras, durante unos cuántos días, hasta desembocar en tinturas verdes y moribundas; y finalmente las marcas se marcharían, junto con el recuerdo de ese momento, para no dejar nada. Tuvo que usar las dos manos para mantener el equilibrio y no acabar desparramado en mitad del parque. Así se quedó un buen rato, a cuatro patas y con la cabeza gacha, en línea recta con la columna. Estaba echando cuentas antes de la caída. El coche nuevo de Jacobo, el de personal, le había dejado impresionado. No podía evitar desear uno igual o mejor. Nunca desconectaba cuando corría, aunque tampoco es que lo buscara. En la postura en la que estaba su nuca recibía el aliento de los chopos. La mano del sol aterrizaba en su cogote, filtrada según el capricho de las altas copas de los árboles. Las ramitas del suelo no eran capaces de pinchar. Sin duda hoy el parque abrazaba a sus huéspedes. Entreabrió la boca y dejó caer saliva. Ni siquiera estaba cansado, solo había estado corriendo durante veinte minutos. Hacía rutinas anaeróbicas de una hora, doce kilómetros, dos veces por semana. Un ritmo aceptable para un no profesional. Erigió la cabeza para recordar dónde se encontraba. Seguía allí, en una zona ligeramente elevada que lindaba con el lago, justo después de atravesar un repecho que conseguía apretar un poco el aliento si se hacía a buen ritmo. Lo más intrigante de todo es que no había nadie a su alrededor. Alguien le había chistado, como para mandarle callar, mientras iba corriendo, y ahora no había nadie cerca. ¿Podría haberse escondido tras alguno de los troncos cercanos?  Concretamente allí, no. Allí los troncos eran tan delgaditos que podrían ser abrazados por un niño. Estaba solo, sí. Pero alguien le había chistado. Eso seguro. TSSSSSCH. Como se chista a los niños traviesos en la sala de cine.Además, lo había escuchado en alta definición, como si hubiese salido de su propia cabeza. Pero eso es imposible, se decía el corredor, demasiado claro, demasiado real. TSSSSSCH. A lo mejor había sido un sonido cualquiera que él había interpretado como un chistido. El vuelo de una libélula pasando cerca de su oreja, por ejemplo. Los sonidos de la naturaleza son interpretables, igual que las nubes, que el cerebro decide que tienen forma de elefante, o de corazón, o en mucha ocasiones, de falo. Eso es. Le había susurrado una libélula o una abeja perdida. Y él, que iba obnubilado pensando en su futuro BMW, se había asustado y había caído al suelo. Algo lógico. Misterio resuelto. Se puso en pie eléctricamente. No quería seguir corriendo. Había decidido ir directamente al banco, a pedir el crédito para el coche, sin pasar por casa para echarse un agüilla. Total, ni siquiera había roto a sudar. 

Guillermo Conde