
«Uno se acerca al final del viaje. Pero el final es un objetivo, no una catástrofe»
George Sand
Martita era una suicida. Así se definía ella misma. Pero una suicida abstracta, eso sí. Para ella lo del suicidismo era más un estado de ánimo o una filosofía de vida que otra cosa, y decía que probablemente nunca fuera a llevarlo a cabo, lo de suicidarse, ni siquiera a intentarlo. Básicamente defendía la posibilidad de ser capaz de terminar algo en el momento exacto en que debe terminarse; intentar empoderarse en todo, hasta en lo más salvaje que hay, que es la muerte. Se lo explicó de todas las maneras posibles a sus padres, porque, objetivamente, bien explicado no era algo tan terrible; pero ellos, acojonados, la vigilaban como búhos porque desconfiaban de que un día Martita no se dejase llevar por una ventolera y se arrojase al río como su heroína, Virginia Woolf. A la mínima fiebre, o que le sangrase la nariz, o al mínimo raspón que se hacía al caerse bailando, pensaban que Martita se estaba autolesionando y que había comenzado a borrarse de la vida, y la querían llevar corriendo al médico de urgencias, al curandero o al exorcista. Que no se preocupasen, les decía ella continuamente, ¡dejadme vivir! Que no se preocupasen, les decían los amigos a los padres, que Martita siempre había sido una chica alegre, estudiosa, se había sacado una carrera difícil, salía por ahí con sus amigos, que no se preocupasen que lo del suicidismo abstracto no era peligroso, que tenía muy buen coco la muchacha y a lo mejor lo de su alrededor se le quedaba corto y tenía que salirse un poquillo de lo convencional. ¿Un poquillo? Gruñían los padres, a coro; y se mostraban agrios el resto de la velada. En una cena de cumpleaños, cuando conocieron al nuevo novio de Martita, guapo y encantador, de nombre Cualquiera, también este les dijo que no se preocupasen, que él se encargaría de esas ideas tan raras de su hija, sabía bien lo que necesitaba, solo un poquito de mano dura, ¡ja, ja, ja! Tenía una sonrisa de verdad que preciosa, Cualquiera. Y los padres: ¡Qué alivio! Por fin alguien, alguien firme, les iba a ayudar a reconducirla, a que no pensase de esa manera. Ojalá te haga caso, Cualquiera, porque nosotros ya no sabemos qué hacer. Todos dirigieron sus miradas a Martita, que agachó la cabeza. Parecía ruborizada, e incluso avergonzada. Y es cierto, muy cierto, que este pavo, Cualquiera, iba a anular de la personalidad de Martita aquello que a sus padres y a él tanto molestaba. Todo comenzaría con comentarios distraídos, del tipo ¡ay, loquilla, qué cosas piensas!, luego algo un poco más serio, ¿de dónde has sacado esas ideas, guapa?, más adelante diría algo como ¡coño, me tienes que hacer caso si quieres curarte!, y casi sin darnos cuenta, nos plantaríamos en el tú estás loca, y al no funcionar esto, en el tú estás jodidamente loca, y después en el eres una loca y una puta, y en el no vales para nada, y finalmente en los estás para encerrarte, no me levantes la voz, no te tapes la cara, tú no vas a ningún sitio, no me dejes, nadie te quiere, solo yo, te juro que si te vas te mato…; y todo esto hubiera ocurrido, con alta probabilidad, si no fuera porque cuando Martita agachó la cabeza en aquella cena no es porque se sintiese avergonzada, ni mucho menos, si no porque su personalidad suicida, abstracta, eso sí, le estaba susurrando que no volviese a ver nunca jamás de los jamases a ese tal Cualquiera; la estaba ayudando en la difícil tarea de terminar las cosas en el momento exacto en que deben terminarse.
Guillermo Conde