#figuradelanoche

«Encuentra el éxtasis de la vida; la mera sensación de vivir es alegría suficiente»

Emily Dickinson

Debes de tener el tabique algo torcido. Me gustaría decírtelo a la mañana, aunque me temo que voy a aprovechar esta acompasada respiración tuya, que algo disfrazará mis pasos, para recoger mi ropa, ponérmela, largarme. Adiós. Nada personal. ¡No! Ahora no me eches el brazo encima, #figuradelanoche. Vale que nos hemos compartido durante un rato, y tras invocar a la Lunesta nos hemos dormido a la vez. Mmm…lo nuestro, hasta ahora, parece ser cosa de sincronía: de miradas, de orgasmos, de dormitares…Seguro que hemos soñado cosas hermanadas, aunque a mí, al poco, me haya arreado el despertar. Uno como tantos otros. Pero no te enfades. Decidido estaba ya de irme cuando de repente tu brazo se me ha derramado por el pecho como un virus, hendiéndose directamente hacia el músculo que intento, intento, intento alejar del timón de mis acciones en ocasiones como esta. Porque has de saber que mi corazón no se roza, #figuradelanoche. Y por si acaso, me voy. ¿Será la madrugada púrpura la que me convierte en fugitivo? No, no. Lo decido yo todo. Mira: ahora estoy decidiendo, en tiempo real, que me gusta como roncas. Tienes un ronquido ligero, superficial, pero con sus matices salvajes —ve a mirarte el tabique, anda—. Algo así como tu sexo. Quizá anoche te elegí por eso. Yo me digo que te elegí y el duende de tus sueños seguro que te está dictando en lenguaje REM que, cómo no, fuiste tú quien me eligió a mí. Pero acordemos lo siguiente, confiando en que mi frecuencia de pensar y la tuya de soñar sean la misma o estén en un espectro cercano, casi mínimo, como ese transistor tan antiguo al que, con un ligero toque de ruleta, transformamos de vocero de malas nuevas a divulgador de violines, trompetas…en fin, de música; decía, acordemos algo sencillo: ahora la cosa no está para peleas, #figuradelanoche. Se discute a cierta distancia, no como estamos tú y yo ahora mismo; pegados. ¿Qué más da quién eligió a quién? Ale, dame la razón, respóndeme un sí en ronquidos, que seguro que será el triple de sincero que el discurso de cualquier politicucho de esos. Venga, dime: Sí. Y a lo mejor me quedo un poquito más. Así como estamos. De todas formas, nunca vas a saber si me quedé lo que dura una breve siesta, un polvo, o me quedé toda la eternidad que engloban las noches de verano limpias como la de hoy. Mierda, me he confundido de brazo. Me picaba el mío y he rascado el tuyo, sin querer. Qué despiste. Menos mal, no te has dado cuenta. Aquí no se ve un carajo, y ahora que lo pienso…¡ni siquiera sé si tienes lo que se dice una cara! Lo curioso es que no me pesas más que mi propio cuerpo; por eso todavía no estoy montado en un veloz VTC rumbo a mi casa. Creo que estoy a gusto, no tengo prisa, aunque siga sin tener ni puta idea de quién eres, quién puedes ser y, mucho menos, quién quieres ser. Por eso te llamaré #figuradelanoche, e intentaré amarte al menos durante unos minutos, hasta que me vea capaz de ponerme los calcetines, y marche. Por fin.

Guillermo Conde

Teorema De Descomposición Espectral

«La salvación del pueblo es la suprema ley, a la que deben responder todas las demás, tanto humanas como divinas»

Baruch Spinoza

Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina’s:

EL MUDO

Hoy son cinco huérfanos, dos menos que ayer. Todos colocaditos en hilera frente a la puerta. El Mudo Pacheta los mira; aguarda al timbre que sonará enseguida desde el interior del despacho. No permite que los niños hablen, que se miren entre ellos, ni siquiera que tosan. El más pequeño tiene nueve años y el mayor, ocho más. Cuando suene el tintineo irán pasando de uno en uno, de izquierda a derecha, por orden de El Mudo. Hace unos cuantos, muchos años, él estaba en la misma situación que esos muchachos y, en su lugar, era Patarringue el que les hacía pasar al despacho del jefe. Patarringue era mucho más burro que El Mudo con los chicos, o eso se cree, hoy, el propio Mudo. Ese viejo se entretenía, en la larga espera hasta que Burton le daba al timbre, de otras maneras: le gustaba pasearse por entre la hilera de huérfanos y les daba tobitas en la cara, les arrancaba algún pelo de la cabeza, o pegaba un moco en la frente de alguno de ellos. Los niños, entre los que se incluía El Mudo, no debían decir ni pío.

BURTON

Firma con la mano izquierda, aunque sea diestro. Por eso algunos investigadores y grafólogos se creen que está más loco de lo que realmente está. A Burton esto le interesa porque mantiene a esos cerdos con la esperanza de que llegue a realizar cualquier maniobra inesperada que eche por la borda el Imperio. Pero tal cosa nunca pasará. El vértice de la pirámide, él, Burton, se sustenta sobre una base de indestructible mármol. Empezando por los huérfanos. Les ha hecho versátiles. Prefiere que se curtan, por igual, en cualquiera de las tareas sobre las que descansa la pirámide. Niños rateros, niños extorsionadores, niños matones, niños recaderos. Un buen ejército. Todos cobran lo mismo, poco, y todos hacen de todo, mucho. Lo único que difiere en ellos, ciertamente, es la edad. 

JUANÍN, EL HERMANO DE TEODORO

Nueve años. Por fin. Hay que ver la de veces que ha deseado tener la edad suficiente para poder acompañar a su hermano y sus amigos en las tareas conjuntas, o de embarcarse en una peligrosa misión en solitario para el jefe Burton. Ahora ya puede hacerlo y le encanta. Solo lleva un par de semanas, pero ya ha roto cinco cristales del barrio, ha apaleado dos mendigos y, lo mejor de todo, se ha comido todos los pasteles que le ha dado la gana. ¡Gratis! Piensa que Burton está muy contento con él, aunque el resto de huérfanos lo insulten y se rían a su costa. Todos menos su hermano, claro; aunque tampoco es que lo defienda ante ellos. Dice que es algo por lo que Juanín tiene que pasar: en cuanto llegue otro novato, a ese es al que le tocará recibir. 

TEODORO

Y ahora también su hermanito pequeño. Debería sentirse contento; al menos lo tiene a su lado, y no en ese infierno de orfanato. Pero ya le ha visto hacer cosas arriesgadas, las mismas que él hizo en su día y que a día de hoy sigue haciendo, que al llegar allí le parecieron divertidas, emocionantes, un regalo de su héroe, del héroe del barrio, de Burton. Escucha a Juanín contarle con ese entusiasmo inocente las tareas del día pasado, y las que vendrán y está ansioso por realizar, y Teodoro no puede evitar sentir repugnancia. Sobre todo, por él mismo. Algo no camina como debiera en sus adentros. ¿Será por las chicas, recién alumbradas? ¿Por su estirón súbito? ¿O será por esa pila de libros que se llevó de la casa de aquel moroso, y que a trompicones ha ido leyendo y disfrutando? Sea gracias a los libros o no, lo cierto es que últimamente Teodoro fantasea mucho. Dormido y despierto. Y tiene claro que su fantasía favorita, y la más pródiga, es desarrollar una forma perfecta de matar a Burton. 

Suena el timbre. Todas las mañanas son iguales en la enorme trastienda del club Gina´s.

Guillermo Conde

Que yo recuerde

«La única patria que tiene el hombre es su infancia»

Rainer Maria Rilke

Cogía yo a esa muñeca pepona, más bien fea, y la mecía con mucha suavidad. Ay, Tinina…ay, Tinina… no te me vayas… Mi Tinina, moribunda, y yo, intentando salvarla por todos los medios. Cerraba los ojos fuerte y me mojaba los carrillos con saliva si acaso no me salían las lágrimas. Oraba. Le echaba ungüentos. Ay mi Tinina…ay… Al final siempre se me moría, Tinina. Moría ahogada. De pena. Por escarlatina, peste, o por suicidio… cada día expiraba de una manera distinta y monstruosa. El drama. Yo pasaba toda la tarde triste por no poder ayudarla. La enterraba debajo de mi cama, para que al menos me protegiese desde el otro mundo. ¡Y, vaya, lo hacía! Conseguía dormirme pronto, y soñaba con otras cosas con más colores que mi vida, a lo mejor con una playa y muchas sombrillas, con manadas de ciervos, globos, caramelos, un camino largo y verde… Al amanecer, con los pies muy fríos, rebuscaba en el cajón de los calcetines y allí, sepultada entre unos cuantos pares, me encontraba a Tinina, rediviva. ¡Milagro! Aparecía bien feliz en la cocina con mi muñeca, para desayunar con mi familia. Pero mi padre, al verme con Tinina en los brazos, ni buenos días ni nada: directamente me arreaba un guantazo sin levantarse siquiera de la silla, y algunas veces sin soltar la taza de café que pendía de esos dedos que ya eran todo sabañones. Yo sentía que se me descolocaban las cejas y me temblaban los dientes, de aquellos golpes. Me caía. Desde el suelo lloraba. Mi padre, al que observaba gigante en su silla, decía: «Niño imbécil. En esta casa no quiero lloros ni muñecas». Cuando podía levantarme ya todos habían terminado su desayuno, y a mí no me quedaba nada que comer. Salía corriendo de la casa hacia la montaña de basura que había enfrente de ella. Quería deshacerme de Tinina. Para siempre. Pero nunca podía abandonarla, aunque ya no la quería como al despertar: por su culpa me zurraban, me quedaba sin desayuno, lloraba. Así que me la escondía debajo del suéter y regresaba a casa.  Luego, enseguida, pensaba que, por otro lado, gracias a ella y a su magia yo era capaz de soñar. Y la volvía a querer mucho. 

Poco antes de comer es cuando comenzaba a morírseme. 

Ay, Tinina…ay, mi Tinina

Y así durante toda mi infancia, que yo recuerde. 

Guillermo Conde

Ah, sí. La guerra…

“La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”

Alejandra Pizarnik

Dudábamos: ¿hoy el río podrá quitarnos esta capa gorda de lodo seco y polvo? Porque  lo cierto es que terminábamos la instrucción sucios como cerdos. Y siempre, siempre, después de la primera zambullida, y del primer chapoteo, se nos formaba un circulo de agua negro a nuestro alrededor y la piel brillante, lisa, de Jorge por fin se me aparecía. Y a mí en ese instante las aguas del Eresma me parecían benditas, purificadoras; me traían la luz divina de Dios. Luego despertaba y me insultaba a mí mismo: «¡hereje, impío, invertido…!», y desviaba la mirada hacía las montañas o agachaba la cabeza para darme cuenta, con espanto, de que mi entrepierna había medrado. Jorge siempre se ponía divertido cuando se bañaba. «¡Lucio! ¡La guerra! ¡La guerra, Lucio!», gritaba mi amigo, imitando la voz del sargento Castro, mientras daba saltos o me lanzaba agua azotando al río. «Ah sí, la guerra…», le respondía yo en voz baja, mirándolo fijamente, aunque él ni me mirase ni mucho menos me escuchase. Yo ya tenía sumergido el cuerpo hasta el cuello, en aquel Eresma de mi perdición, para evitar que Jorge se diese cuenta de lo mucho que él, sus músculos brillantes, sus guasas… me hacían olvidar que muy pronto nos iríamos allí, a la guerra. 

Guillermo Conde

Jonás en su desvelo

«El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos»

William Shakespeare

Jonás acaba de despertarse porque en sueños le ha venido a visitar un recuerdo perdido de su infancia: la mejor amiga de su madre, que fue una bruja buena, un día, pero solo uno, perdió la cabeza y le dio por augurar las muertes de todas las personas que pillaba a su paso. A su propio marido le aventuró que lo mataría ella misma, y a la madre de Jonás solo tuvo que decirle: «cáncer». A él, que todavía era chiquito, cuando se lo cruzó le auguró una muerte novelesca, aterradora y bíblica, en fin: sería devorado por una ballena. Como Jonás nunca había pisado el mar y tampoco tenía intención de hacerlo, por ser de secano y poco dado a las aventuras, ni siquiera se asustó y pronto lo olvidó todo. La bruja volvió a ejercer de bruja buena y jamás volvió a predecirle más muertes ni a él ni a nadie. 

Ahora Jonás, en su desvelo, hace balance. Que él sepa, ninguna de las predicciones de la bruja se ha llegado a cumplir: su madre murió hace dos años de un derrame cerebral, el marido de la bruja todavía sigue vivo y él, Jonás, por el momento también. La bruja. Ella sí que murió. Y lo hizo sin desvelarle a nadie que el acceso de locura de aquel día no fue tal. Que solo se dedicó a lanzar falsos augurios, de manera aleatoria aunque con mucha intención, jugando, por qué no decirlo. La bruja sabía que daba igual si a la madre de Jonás le decía «cáncer» o «derrame», si a su marido le pronosticaba un asesinato o un atropello de camión, y si a Jonás, todavía un niño, le desvelaba que sería pasto de ballena o moriría al explotar su cohete rumbo a Marte o se caería de una moto; ella sabía que, sin excepción, todos habrían interpretado como igual de improbables cualquiera de las muertes que les hubiera augurado.  Porque no hay nada tan lejano para los seres humanos como la muerte, a pesar de que algunos dioses y todos los animales piensen lo contrario. Pero ese es otro cuento. Lo más importante ahora es que Jonás vuelva a dormirse, que intente descansar, a pesar de los ecos y los goterones que suenan tan fuerte en las tripas de la ballena blanca que se lo ha tragado. 

Guillermo Conde

El futuro

«Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado»

Friedrich Nietzsche

«El mayor miedo de un guitarrista de rock no es la guerra, sino que se le rompa una cuerda en mitad de una actuación. El mayor miedo de un cantante de rock, soltar un gallo que le deje en ridículo delante de los fans que tiene entregados en la primera fila. El mayor miedo de un baterista…no, un baterista nunca tiene miedo. O al menos no lo demuestra. Nadie habla de los bajistas porque nadie quiere saber cómo son y a qué se dedican —poco interesantes, mustios, solo saben tocar las tónicas, nunca hablan—. A pesar de esta ensalada de caracteres, los integrantes de una banda de rock tienen algo en común: todos ellos son imbéciles. El rock tiene la verdad siempre a flor de piel. Te da en las narices con ella. ¡Está ahí! ¿No la veis? Qué pena que los rockeros siempre estén demasiado distraídos para encontrarla. Dan vueltas y vueltas. Se mueren —generalmente antes de tiempo— mareados, centrifugados y secados. Lavadoras.  

»La música pop es de la gente y para la gente. No de los músicos y para los músicos. Consiste en adaptarse, sin remisión, a lo que un número amplio de personas, pongamos un mínimo de 50.000, tiene ganas de sentir. Lo que les salga de las narices, el músico de pop se lo da, generoso, abnegado. Es un mártir de la música. Y otro pedazo de imbécil. Su carrera consiste en renunciar continuamente al YO, como diría ese maniaco, Freud, dentro de unos años.

»El jazz y el blues: casos peculiares. Son sinceros y auténticos aquellos que lo hacen —no puedo negarlo—, pero piensan muy mucho en pequeño. Cuanto más enano el cubículo que mendigan para actuar, más cachondos se ponen. Cuanto menos haya para elegir, con vistas a practicar el sexo, entre la concurrencia, más cachondos se ponen. Como piensan así lo mejor es que no molesten y se queden en sus antros llenos de ratas, que invierten lo poco que ganan en luces de neón y strippers, no en altavoces o en un piano decente. Otros ya alcanzarán la auténtica grandeza, la que disfrutan los seres humanos y Dios de la misma manera. ¡Infelices pentatónicos!

»¡Ah, los cantautores! Pero si son la nada más absoluta. Miren, este silencio me aporta algo mucho más intenso que su combinación de gorgoritos y acordes mal tirados y vagos:

¿Y a estos mequetrefes quién les ha dicho que les vale con una guitarra y con cuatro tristes versos para emocionar, para llenar una sala, aunque sea pequeña? Pero ¿quién les ha dicho que son poetas? ¡Farsantes! ¡Amorfos! ¡Frusleros! ¡No os deseo la muerte porque jamás habéis vivido!

»Mi consejo para los músicos llamados “cultos”, o “clásicos”, o “académicos”: ¡Quitaos las pelucas! Estáis en el siglo XXI, a ver si os dais cuenta. La anacrónica peluca que portáis, además de hortera, os tapa los ojos y, lo peor de todo, los oídos. Por vuestra culpa lo que hacemos yo y mis amigos, mis antecesores y mis seguidores, solo lo escuchan las viejas y los viejos con los impertinentes que se les caen de las manos por culpa del parkinson. ¡Yo he acercado la música a la gente! ¡A los pobres! Para hacer lo que hacéis con la belleza ancestral, mejor dejad que las sinfonías, las cantatas, los tríos, los conciertos…se sumerjan en el más profundo lago, junto con vosotros mismos, que sois asquerosos, dicho sea de paso…»

Hay alguien voceando en mitad de la noche y no puede ser otro que el tío Ludwig. Karl, su sobrino favorito, ni siquiera hace el amago de levantarse del camastro para ver lo que le pasa. Es otra de tantas, otro de sus vívidos sueños. Aquí se está calentito, para qué moverse, ya se cansará de gritar, piensa el joven Karl. Hoy habla enfadado sobre cosas que cualquier persona cuerda catalogaría de inimaginables, fantásticas, heréticas. Su tono de voz es más terrible que cuando está despierto y se enfada con su sobrino o con su copista. Esta noche no es como cuando le da por soñar con la sinfonía futura, la definitiva; ahí sí que sueña dulce y bonito, y por lo tanto parlamenta como tal, con palabras que parecen el trino de los pájaros que intenta rememorar en sus paseos matutinos. Cuando sueña filosofía sueña templado, como le gustaría a Platón. Al soñar política llora y habla, o habla y llora; pero siempre, siempre, menciona a Bonaparte y después a un tal Adolf, y los menciona, a ambos, con voz de tener los ojos, a pesar de cerrados, llenos de lágrimas. Pero esto que sueña ahora parece una titánica discusión con el mismísimo demonio; y no un diálogo calmo y sibilino como el que tuvo Fausto con Mefistófeles, sino una lucha que parece sin cuartel, pero de igual a igual. ¿Estará peleando, de nuevo, con el Demonio de la Música?

Karl cierra los ojillos. Sin darse cuenta su habitación se ha ido clareando. Debería intentar dormir un par de horas. Maldita sea, me temo que otra vez es el futuro, piensa. Y se lo vuelve a traer este viejo amargado. ¡Su tío!

Guillermo Conde

Los raspones: Creador

«Crear, es vivir dos veces»

Albert Camus

1

A Monete Mondongo se lo había dado todo. Primero lo sacó de la selva, donde había pasado los primeros años de su vida trepando, brincando árboles, alimentándose de nueces y lagartijas, y robándole por la noche comida rica a los intrusos durmientes. Un día fue atrapado por Rafael, un mercader ambulante, que se dio cuenta de que Monete Mondongo era muy espabilado y se lo llevó con él a una ciudad rosada y enorme para intentar enseñarle a hablar. Esto es lo que se narra en el primer libro de la heptalogía de Monete Mondongo. En el segundo encontramos a Monete siendo capaz de pronunciar ciertas palabras como “casa”, “comer”, y “vivir”; además, tiene muchos momentos cómicos en la ciudad con Rafael, que se ha convertido en su amigo, y así es como aprende a reír. En el tercer libro ya sabe leer con cierta fluidez y en el cuarto, es un mono que cocina y baila. Al final de este volumen se muere Rafael de una repentina fiebre amarilla, y Monete Mondongo se queda solo. “Muerte” era una de los conceptos que todavía no había aprendido. Decidió el creador que era buen momento para poner a Monete a filosofar, precisamente sobre algo que acababa de descubrir, la muerte. Fue un curioso experimento, y a los fans les gustó. Siguiendo esta línea, la quinta parte de las aventuras de Monete se convirtió en una diatriba contra la soledad desde la completa soledad del protagonista, pero en esta ocasión los seguidores no conectaron, ya que lo vieron todo muy contradictorio y aburrido. En la siguiente entrega, presionado por sus editores y por una gaseosa situación económica, el creador tuvo que ceder a algo que llevaba tiempo pidiendo su público: por fin, el amor. Monete conoció a Laruska, cantante de jazz, y se enamoró en tres segundos. Fue rechazado sucintamente por ella, que lo había visto solo en el club y no le había dado buena impresión, allí de pie y con las manos en los bolsillos, encorvado, nada sexy. Se dio cuenta Monete de que es muy recomendable ser algo sociable, o divertido, o un poco canallita, para conseguir enamorar, y el nudo de la novela cuenta la divertida búsqueda de un grupo de amigos, más bien de atrezzo, para el héroe. La cuadrilla acaba formada por Paco, el de los televisores, el mendigo José Fabián, y una tal Cuqui. Laruska y Monete, tras una noche loca de fiesta y jazz, acaban durmiendo juntos. Así comienza la historia de amor que abarcará toda la séptima parte de la novela-rio, la última. Una aventura por la vida en común de la pareja, los distintos estadios del enamoramiento, los redescubrimientos cotidianos, las crisis, la enfermedad, la muerte que aparece de nuevo, en este caso para llevarse a Laruska, Monete volviendo a quedarse solo…y el épico epílogo, que es un monólogo del mono recitado sobre la rama de un árbol, tras su vuelta a la selva. Mil páginas fueron necesarias para apuntalar un cierre que muchos críticos calificaron como perfecto.

2

El creador se levanta a mear en mitad de la noche. La segunda vez. Ya no puede evitar sentirse viejo. Se mete entre las sabanas, quiere dormirse pronto. Cierra los ojos y se vuelve todo negro. Menos un punto. Le queda un punto blanco entre ojo y ojo. Tras dos horas sin poder dormirse, el punto blanco comienza a convertirse en otra cosa. Ahora es una idea, una idea blanca: Me muero. Pasada otra hora, son dos ideas, no una, las que le rondan. Idea 1: Me muero. Idea 2: A Monete Mondongo se lo he dado todo. La primera idea es completa, y mal que le pese al creador, cierta. Se muere. Pero siente que la segunda no le llena el pensamiento. A Monete le he dado conocimiento, amistad, curiosidad, pasión, amor, vida, muerte, y yo qué sé más. Y aun así siente que le ha faltado algo. Pero, ¿qué? Al creador le entra un ataque de tos y se mea encima. Se intenta levantar y le cruje la espalda como la madera rancia. Decide quedarse sentado unos minutos. Cierra otra vez los ojos. El punto blanco sigue allí, pero enseguida comienza a agrandarse, a comerse el negror que encierran sus pestañas, hasta que todo es de un blanco abierto y que esplende tanto que empieza a doler. De repente, el creador vuelve a abrir los ojos. Acaba de caer. ¡La vejez! ¡Se me olvidó darle la vejez, esa mansa bestia! Y se vuelve a levantar para cambiarse el pijama meado. Efectivamente. En casi cuatro mil páginas de historia, Monete Mondongo acaba viviéndolo todo y sabiéndolo casi todo. Pero a su demiurgo se le olvidó envejecerlo, insuflarle el aliento de una muerte cada vez más cercana, darle canas, achaques. Y por culpa de este olvido es muy probable que el joven Monete tenga que quedarse flotando, inmortal, más allá de las páginas y de los días. Qué despiste. 

Guillermo Conde