Apuntes sobre Korvia I

Korvia, el país de los cerros, regala a vuelo de halcón una topografía realmente curiosa. Las principales ciudades del país se asientan sobre cuatro de los cinco eminentes cerros, de origen volcánico, que se erigieron en el actual territorio korvo a mediados del periodo cenozoico. Las regiones que se encuentran entre los cerros, algunas incluso por debajo del nivel del mar y en su mayoría yermas o inundadas desde tiempos remotos, están pobladas por diminutas aldeas donde sus habitantes están desprovistos de cualquier tipo de recurso para alcanzar una manera digna de vivir. La capital de Korvia es Ordo, cuyo sobrenombre es “La sublime”. Fue establecida en el siglo V sobre el cerro Granda, el más amplio del país, que ocupa un espacio de unos 8.000 kilómetros cuadrados. Le sigue en extensión el cerro Lasta, eternamente bañado por el sol, que lleva cientos de años deshabitado por razones zoológicas, y también religiosas. Durante los últimos nueve siglos la fe predominante en Korvia, a pesar de su localización en el centro de Europa, ha sido el hinduismo. Esto se debe a la figura de Jozefo “el Explorador”, que fue el primer korvo de la historia en llegar a la India. Se desconoce a ciencia cierta de qué manera lo consiguió. La filosofa jozefista Esperanta Junior asegura que la mitad de los 6400 kilómetros del trayecto entre Korvia e India los realizó Jozefo a pie, descalzo; cuando al parecer ya estaba extenuado por lo penoso del camino, surgieron del cielo siete águilas calvas que le transportaron en volandas a su destino final. Al poco de llegar a la sagrada Benarés, Jozefo tuvo una epifanía e inmediatamente abandonó el judaísmo y se convirtió a la fe hinduista. Se le cayó el pelo y perdió un ojo, y aunque esto último no se sabe a ciencia cierta cómo se produjo, hay rumores que dicen que Jozefo, a pesar de estar ya en la senda sin retorno del misticismo, todavía en sus primeros años en India solía frecuentar antros, burdeles y tabernas inmundas, y fue en una de estas donde pudo perder el ojo en una reyerta con algún malhechor o con cualquier marido celoso. Regresó a Korvia tras veinte años de ausencia, y cuentan que tras su paso por la frontera del país, esta ardió en llamas color escarlata. Nada más llegar pudo ver, con una mezcla de espanto y excitación mística, que la antaño próspera ciudad de Gardenova, establecida en el cerro Lasta, había sido primero atacada, luego invadida y finalmente abandonada a causa de una interminable plaga de peligrosas cobras Naja-naja. Jozefo vio en esto una señal manifiesta de que el hinduismo debía dirigir el palpitar de los melancólicos corazones korvos, ya que la cobra, por su poderosa conexión con el dios Shiva, es un animal sagrado para los fieles de esta religión. Comenzó a predicar en su ciudad natal, Mezopolis, el Sanatana Dharma o “camino eterno”, inteligentemente mezclado con cosmogonías y folclore korvo, soflamas populistas, e incluso trucos de magia. En sus emocionados discursos predicaba que el pueblo de Korvia había sido elegido y que el “milagro” de Gardenova era el primero de los muchos mensajes que Brahma iba a dirigirles a ellos, los hasta entonces grises habitantes del ignorado país de los cerros. Así comenzó la conversión al hinduismo de Korvia. Fue una conquista, por lo general, pacífica y florida; solo algunas vergonzosas excepciones le quitan a la hinduización de Korvia la etiqueta de ejemplar, como el episodio de las batallas campales del barrio cátaro de la ciudad minera de Hefaestia, donde murieron quince muchachos y muchachas conversos, todos ellos menores de veinte años; o el extraño asesinato del sobrino predilecto del rabí Simeón a manos, según se ha especulado, de discípulos del guruo Jozefo. En menos de cuatro años brotaron por todo el país de los cerros multitud de templos dedicados a Brahma, a Vishnu, a Ganesha e incluso a Kali. El cerro Lasta, como no podía ser de otra manera, se consagró a Shiva y se amuralló para que nadie pudiese molestar o hacer daño a las sagradas y temibles sierpes, las Naja-naja.

Guillermo Conde

Míster Saturno

«Justicia sin misericordia es crueldad»

Santo Tomás de Aquino

Todos los domingos iba a al cine con mi amigo el gigante. A decir verdad, tampoco era mi amigo, sino que aquella relación nació fruto de un acuerdo entre nuestras respectivas madres: El gigante, que además era ciego, por fin tenía alguien con quien salir a la calle, ya que su madre, aunque lo quería mucho, estaba siempre en cama con dolores en los huesos. Mi mamá, por otro lado, conseguía que su hijo el canijo, el feo, el solitario, abandonase por unas horas la casa para, de esta manera, poder recibir a alguno de sus romances. Así que a la fuerza nos tuvimos que juntar.

No me cayó bien desde el principio. Apenas hablaba, porque yo creo que apenas sabía hablar, y no conocía ni a Jim Carrey, ni a las Spice Girls, ni Bola de dragón. En el camino al cine nos veían los muchachos del barrio y se reían mucho de nosotros. “La rata y el monstruo”, gritaban, y nos lanzaban unas piedras enormes que siempre daban al gigante por una cuestión puramente física. Él callaba y seguíamos caminando.  Yo le llevaba bien agarrado, porque no podía ver nada, ni siquiera figuras borrosas. Alguna vez estuve tentado de dejar a ese mamotreto en mitad de la calzada para ver si le atropellaban, pero luego pensaba en la bronca que recibiría al volver a casa y que el gigante se hubiese muerto por mi culpa. Era un problema ir al cine con él, porque al ser tan grandote tapaba la pantalla a los de detrás, que se quejaban fuertemente, así que teníamos que sentarnos en la última fila y yo, que era muy miope y siempre me dejaba las gafas en casa, solo veía nubarrones y no podía disfrutar a gusto de las muecas imposibles de Jim Carrey o de los escotes de Cameron Díaz. Al otro le daba igual dónde sentarse, era ciego.

Un domingo cualquiera, en vez de al cine, fuimos a la feria. Había atracciones, parrilladas que impregnaban todo el recinto con olor a gallinejas, y tenderetes con pulseras y colgantes. Nos llamó la atención una pequeña carpa con un letrero de madera que exhibía un escueto “Míster Saturno”. Entramos. Sentado tras una enclenque mesita estaba un hombre gordo con trenzas en la barba, túnica de colores chillones y un sombrero coronado por una bola morada. Nos dijo que por trescientas pesetas nos concedería un deseo. Yo tenía seiscientas y el gigante, como siempre, no tenía ni un duro. Avaro, decidí pedir mi deseo y el resto guardarlo para comprarme un helado de pistacho. Tenía que formular lo deseado en voz alta y después pronunciar un ¡Shazam! A mí, de lo hartito que estaba del gigante, sólo se me ocurrió pedir una cosa: No volver a verlo nunca más. ¡Shazam!

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Han pasado treinta años y aún recuerdo con horror el despertar de la mañana siguiente: La voz de mi madre gritó a través de la puerta que ya era hora de levantarse para ir al colegio. Yo estiré mis extremidades y promulgué un sonoro bostezo, tan propio de un lunes por la mañana. A continuación, rompiendo el muro de las legañas, abrí los ojos muy despacio. El primer pensamiento fue que había tenido un despertar fallido y que seguía soñando. Volví a cerrar los ojos y los volví a abrir. Nada. Quizá tenía demasiadas legañas, así que froté con fuerza ambos ojos con las manos. Tras el quinto intento, empecé a constatar algo que no ha cambiado en las siguientes tres décadas: Estaba ciego.

He recorrido el mundo a oscuras buscando a Míster Saturno, para pedirle cuentas por castigar tan duramente a un niño enfadado, rabioso, y con tanto que aprender en la vida. Sortear caminos empedrados, pueblos malditos y montañas nevadas y tenebrosas no ha sido tarea fácil al carecer de visión. Pero me he dado cuenta, y doy gracias, de la suerte que he tenido al tener siempre a mi lado, guiándome, inquebrantable, compresivo, maestro en las tinieblas y en los contratiempos, a mi buen amigo el gigante.

Guillermo Conde